13 de noviembre de 2011

Reseña de El genio austrohúngaro. Historia social e intelectual (1848-1938), de William M. Johnston

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¿Qué imagen tenemos del Imperio Austrohúngaro? ¿La exquisita decadencia? ¿Los intríngulis de la familia imperial, con un caduco y estirado Francisco José, una histérica Sissi, un atormentado Rodolfo en Mayerling y un Francisco Fernando cuyo asesinato a nadie le importó un ardite pero causó una guerra? ¿Los valses de Strauss? ¿La Viena finisecular? ¿El mejunje plurinacional? ¿Las referencias de las películas de Berlanga? Quizá sea esta una imagen distorsionada, esperpentizada e incluso minimizada. Pues, tras los visillos de palacio y la prensa en los cafés, en el Imperio de los Habsburgo hubo, pareja a la complejidad institucional y al desarrollo político de un gigante con pies de barro, una riqueza cultural e intelectual impresionante. Y podemos hacernos una amplia idea de esta riqueza en El genio austrohúngaro. Historia social e intelectual (1848-1938), de William M. Johnston (KRK Ediciones).

Un libro como éste,que llega a las 1.150 páginas en un formato muy manejable, quizá requiera de una pormenorizada disección a fondo. Si el lector de esta reseña queda decepcionado con mis impresiones, siempre puede acudir areseñas más completas que la mía.

Primera precisión: este no es un libro estrictamente de narración histórica. Desde luego se habla de los Habsburgo, de la corte, del Ausgleich o compromiso que dio paso a la monarquía dual en 1867, del imperio de los burócratas, del ejército, etc. Pero, para una contextualización del período, se recomienda, por ejemplo, la lectura de El imperio de los Habsburgo (1273-1918), de Jean Bérenger (Crítica, 1993). Del mismo modo, se recomienda tener a mano un mapa del Imperio de los Habsburgo; el libro cuenta con uno, aunque algo esquemático.

Segunda precisión: el título. El original en inglés es The Austrian Mind, circunscribiendo el escenario, aparentemente, al núcleo austriaco. No caiga el lector en un error conceptual: Johnston ha escrito un libro sobre pensadores, escritores, artistas y músicos que escribieron en alemán (también en checo y en húngaro), pero la «acción» no se circunscribe al territorio de habla germánica del Imperio, sino que recoge lo que sucedió, a nivel intelectual, en las principales capitales, en Viena, Praga y Budapest, e incluso en Lemberg, Czernowitz o Brno.

Tercera precisión: el libro fue publicado en 1972, revisado y reeditado en 1983, y editado ahora por primera vez en castellano. Una primera edición en castellano que cuenta con un largo prólogo del autor especialmente para esta edición, en el que Johnston repasa, casi cuarenta años después de haberlo escrito, el origen del libro, los rasgos esenciales del sistema que ha empleado para escribirlo, la cuestión judía (muchos de los autores seleccionados son judíos) y los avances (o estancamientos) que la investigación han significad para la historia intelectual del período analizado y, en consecuencia, nuevas vías a desarrollar.

Cuarta precisión: sí, estamos ante un libro que, como ya se menciona en el subtítulo, es una «historia intelectual» del período 1848-1938, desde las revoluciones de mediados del siglo XIX a la anexión de Austria al Reich nazi. Para Johnston, el principio de su libro estaba claro, pero también tenía en mente que el final del mismo no podía ser 1918, cuando desapareció el Imperio Austrohúngaro, pues la cultura y la historia intelectual que emergió bajo los Habsburgo continuó en las dos décadas posteriores a su caída. La llegada de los nazis a Austria marca una ruptura, el exilio de muchos autores, el punto y final de una sociedad y de su cultura. Y es una «historia intelectual» que recoge a un centenar largo de filósofos, científicos, escritores, músicos, pintores, sociólogos, economistas, teóricos de la ley, pensadores austromarxistas, estetas, etc. ¿Nombres? Entre los conocidos, Sigmund Freud, Ludwig Wittgenstein, Egon Schiele, Arnold Schönberg, Martin Buber, Arthur Schnitzler, Joseph Shumpeter, Otto Bauer, Karl Renner, Gustav Klimt, Hans Makart, Otto Weininger, Ernst Mach, Karl Krauss, Robert Zimmerman, Hermann Broch, Georg Lukács, Karl Mannheim, etc.



¿Por qué una «historia intelectual», a la par que social? Johnston lo tiene claro cuando afirma que su libro
«surgió a partir de una reflexión en torno a la cultura de expresión alemana correspondiente al período 1815-1848. Más en concreto, lo que me movió a escribir este libro fue mi interés por las diferencias entre la manera de pensar de la Alemania anterior a 1848 y del Imperio Austriaco posterior a 1848. Ambas culturas fueron pródigas en polígrafos cuyo alcance y profundidad de análisis, no sólo en uno o dos ámbitos de conocimiento, sino en muchos, continúa deslumbrándonos e impresionándonos.[…] Sin embargo, todavía a la altura de 1970 los historiadores del pensamiento decimonónico continuaban obviando este despliegue de excelencia intelectual, tanto austriaca como húngara. De hecho, nunca antes se había escrito un libro sobre los pensadores creativos del Imperio de los Habsburgo posterior a 1848. Estaba pues pendiente de redactar la historia intelectual de la Austria del siglo XIX y primeras décadas del XX». (pp. 25-26)
También lo tiene claro cuando se pregunta:
«¿Por qué […] emigraron a Viena tantos políticos en potencia? ¿Cómo se influyeron unos a otros, una vez allí? ¿Hasta qué punto los provincianos recién llegados a Viena desarrollaban carreras profesionales distintas a las de colegas que optaron por permanecer en Praga, Budapest, Cracovia, Lemberg o Trieste? ¿Por qué algunos se quedaron sólo un breve período en Viena, para pronto retornar a su región de origen o bien continuar su periplo hasta Graz u otra ciudad universitaria a veces, e incluso a Alemania en ocasiones? Así pues, y aunque pueda sobar paradójico desde la perspectiva actual, mi libro no surgió como un tratado sobre la Viena de fin de siglo, ni tampoco lanzó una interpretación novedosa de ese florecer cultural y su gestación. Por el contrario, el objetivo del estudio consistía en presentar al público una historia intelectual del pensamiento de expresión alemana en todo el ámbito geográfico de la monarquía habsburguesa. Y, más en concreto, pretendía ofrecer detalles sobre la pléyade de destacados polígrafos surgidos en casi todos los ámbitos en que llegaron a destacar los intelectuales austriacos». (p. 33)
A grandes rasgos, dos terceras partes del libro se centran en los personajes austríacos y en Viena, ciudad cosmopolita, mientras que el tercio restante se divide a partes bastante iguales entre Praga y Budapest. Porque este es un libro de ciudades, una peculiar «guía de viaje» intelectual, en la que, además de hablarse de la cultura Bidermeier, los cafés, los folletines, la (reprimida) sexualidad y la (exacerbada) estética, pasamos de la economía y la sociología a las artes visuales, de la música y el psicoanálisis a la filosofía del derecho y la crítica literaria. Y todo ello de un modo ameno, deliciosamente encadenado y poderosamente atractivo (si hojeáis el índice en la librería os costará, de verdad, no llevaros el libro a casa). Y aunque es cierto quemuchos de los personajes que aparecen no son muy conocidos (otro de los alicientes del libro, devolverlos al lugar al que merecidamente pertenecen), el lector no podrá evitar sentirse fascinado por ellos.

¿Recomiendo esta lectura? Encarecidamente, a pesar del elevado precio del libro; un precio que, sin embargo, está más que justificado y, cuando lo leáis, estaréis de acuerdo conmigo. Un libro que mantiene su vigencia, que es una preciosa rara avis, que tiene mucho que contar y que destila una impresionante erudición no reñida con un exquisito estilo literario. Un libro que tiene fragmentos simplemente deliciosos: personalmente, destaco la primera parte, «La burocracia de los Habsburgo, entre la inercia y la reforma» (pp. 73-294), y la segunda, «El esteticismo vienés (pp. 295-403), que devoré con fruición». Un libro quenos ilumina sobre la «historia intelectual» del Imperio Austrohúngaro (con permiso de Berlanga), sobre Viena, más que una capital, y sobre un período que puede, y de hecho debe, verse con la luz que merece.

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