5 de noviembre de 2011

Reseña de Lepanto. La batalla de los tres imperios, de Alessandro Barbero

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El 7 de octubre de 1571 se libró una batalla naval frente en el golfo de Lepanto, esa estrecha lengua de mar que por unas millas separa el Pelopenso del continente europeo. Miguel de Cervantes, combatiente y después escritor, la definió en sus Novelas ejemplares como «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Y pareció que el mundo contuvo la respiración por un instante. Un choque de dos (tres) imperios. Dos religiones. Dos (tres) visiones del mundo. Y, sin embargo, la mitología que rodea Lepanto no es tan completa (y compleja) que no se pueda rastrear un relato, una historia, prácticamente una novela, sobre la batalla… y sobre antes de la batalla. Y a tal empeño se ha dedicado Alessandro Barbero (n. 1959). De este autor ya conocíamos otros libros suyos, también de temática militar: El día de los bárbaros. La batalla de Adrianópolis, 9 de agosto de 378 (Ariel, 2007) y La batalla. Historia de Waterloo (Destino, 2004). Pero son libros más cortos, más escuetos, con objetivos más limitados. Pero para Lepanto Barbero ha navegado no entre galeras y galeazas, sino entre una masa inmensa de documentos. Tantos, y tan variados, que el libro resultante, Lepanto. La batalla de los tres imperios (Pasado & Presente, 2011), no podía ser escueto. Pero tampoco farragoso.

Alessandro Barbero.
Hay que entrar en la historia, dejarse llevar por lo que nos cuentan venecianos, napolitanos, genoveses, toscanos, romanos, españoles, chipriotas y turcos. Hay que rastrear la causa de la empresa (la Liga Santa) que se forjó a tres manos –la Serenísima República de Venecia, Su Católica Majestad el Rey Felipe II y Su Santidad el Papa Pío V– para hacer frente a los designios de la Sublime Puerta de Selim II. Hay que buscar el origen de Lepanto incluso antes de la constitución de la Liga. Hay que ir a Chipre, por entonces bajo dominio de los venecianos, cuyos pendones ondean desde los castillos de Nicosia y Famagusta. Y hay que estar atentos a los rumores que escucha Marcantonio Barbaro, bailío de los venecianos en la Sublime Puerta, justo cuando llega a Constantinopla en octubre de 1568: el sultán está organizando una flota, en el Arsenal de la capital turca hay movimiento, Chipre puede ser el siguiente bocado que se zampe el Turco. ¿O quizá el sultán ha decidido ayudar a sus hermanos en religión, los moriscos de la Península Ibérica, cuya rebelión estalla ese año y se demorarán los hombres del rey Católico en sofocar casi tres años? Barbaro tiembla y se maldice: recién llegado a su nuevo puesto, considera que, si finalmente el Turco ataca Chipre, una guerra naval puede ser catastrófica para una Serenísima República que no está precisamente en su mejor momento.

Y es aquí donde empieza un libro que, casi seiscientas páginas después, nos traslada al golfo de Lepanto y al combate entre dos flotas: el combinado hispano-veneciano-pontificio frente a la escuadra turca. Y el resultado ya lo conocemos. Así pues, se preguntará el lector, ¿a qué dedica tanto espacio Barbero en su libro? A la senda que conduce, Dios/Alá mediante, a Lepanto y que comienza con la decisión del alcoholizado Selim II, hijo del magnífico Solimán, de conquistar, de una vez por todas, una isla que le pertenece, Chipre, y por cuya posesión los venecianos ya le pagan un notable tributo. Basta de componendas. Chipre ha de ser otomana. Cueste lo que cueste. Y Barbaro tiembla. Y se maldice. Y en Venecia se preparan. Hay que responder. De la preparación de la flota otomana que ha de trasladarse a Chipre surge la respuesta de un Occidente amenazado, dice el adagio. Pero es Venecia la que se juega el todo por el todo. Y es un papa, Pío V, quien atiza los vientos de cruzada: sueña con una alianza a tres bandas. Pero Felipe II ya tiene bastante con la lucha contra el Corsario, la revuelta del Morisco y la perfidia del Francés que se ha aliado con el Turco. Y mejor no hablemos de Flandes, vuesas mercedes ya me entienden… Porque el duque de Alba ha reprimido la rebelión de los heréticos holandeses. Y se suceden unos años de paz. Paz que el Turco va a romper. Y guerra a la que el Rey Prudente se aboca también de cabeza. Y en junio de 1570 los turcos desembarcan en Chipre.

Flotas venecianas que acuden al socorro de Chipre, desastres en Nicosia, otomanos y corsarios que suben por el Adriático, emplazamientos venecianos en Albania y Dalmacia puestos bajo asedio, el Egeo bulle, Nicosia se rinde antes de lo previsto, se piden responsabilidades en Venecia a los almirantes implicados, Famagusta resiste, la Serenísima se plantea negociar la paz con la Sublime Puerta, cambios en el almirantazgo de San Marcos, se encallan las negociaciones para la creación de la Liga, el Turco se rearma, Famagusta tiene las horas contadas, la Liga Santa se constituye, el Papa respira, el Rey Prudente resopla y don Juan de Austria sonríe: llegó su momento.

Paolo Veroneses, Alegoría de la batalla de
Lepanto
(1572)
Barbero, con un estilo casi de novela, pero apoyado por numerosísimos documentos y fuentes, nos lleva de este modo a los dos años y medio previos a Lepanto: a los dimes y diretes para forjar la Liga Santa, deseada por el Papa, obligada para los venecianos (que necesitan apoyos para frenar al Turco) y desconfiada por un Felipe II que, a la postre, acaba por poner la mitad de la flota (napolitana, siciliana, peninsular y, también genovesa con un Juan Andrea Doria al frente de la misma). Venecia pone un tercio, el Papa un sexto. ¿Pero quién la comanda? ¿Marcantonio Colonna, el gran almirante de Pío V? ¿Girolamo Zane, capitán general veneciano? ¿El susodicho Juan Andrea Doria, sobrino del gran Andrea Doria? No, el rey impone a su hermanastro don Juan de Austria, arrogante y deseoso de ganar gloria y fama eternas. Por si acaso Felipe II pone como inmediato subordinado suyo al Comendador Mayor de Castilla, don Luis de Requesens, pues del brío juvenil de su hermano bastardo poco se fía. Y de cara a la Liga Santa y quién será el lugarteniente de don Juan, pues que decida el Papa: y Pío V se decide, oh sorpresa, por Colonna. Y Venecia clama al cielo. Y Doria también. Y el Rey Prudente aconseja a su hermano, le tasca el freno, le impone a Requesens y le encamina a Messina. El punto de reunión, discutido por todos los demás, mientras Colonna sugiere ir rápido a Levante, el veneciano Sebastiano Venier sustituye a Zane y se derrite por acudir en socorro de Famagusta y don Juan se lo piensa. Y se retrasa. Y Famagusta cae en septiembre de 1571. Y la flota cristiana se encamina a Corfú. Y de ahí a Lepanto no hay más que un trecho. Y la flota turca se plantea incluso atacar Venecia. Y suben. Y se encuentran. Y combaten.

Y el resultado que Barbero liquida Lepanto en apenas dos capítulos para llegar a concluir que la batalla estaba ganada para los cristianos una vez que abren fuego y su superioridad en este aspecto termina prácticamente con los turcos antes de que se produzca el abordaje de una flota a otra. 
«La infantería cristiana, mucho más numerosa, dotada de morriones y coracinas, armada de arcabuces y adiestrada tácticamente para obetener el mayor provecho posible de la potencia de fuego y de la proetcción que suponían las empavesadas antes de enfrentarse en un combate cuerpo a cuerpo con la espada, disfrutaba de una ventaja abrumadora sobre un ejército enemigo claramente infieror en número, que utilizaba el arco probablemente mucho más que el arcabuz, y que estaba completamente desprovisto de protecciones y de armaduras. En todo ello hace hincapié claramente [el cronista veneciano] Paruta […]: “Combatían nuestros armados contra desarmados: y donde los Turcos, utilizando la mayoría de ellos arco y flechas, dejaban a los nuestros heridos con dichas armas, probablemente sin impedir que regresaran al combate, los disparos de nuestros arcabuceros eran todos mortales; ni por la frecuenncia de las salvas perdían vigor, como ocurría al enemigo, que se agotaba al tener que tensar tan a menudo el arco con la mano”» (p. 609). 
El resultado: victoria aplastante –de 140 a 180 galeras turcas en manos cristianas y cuyo botín atizó los nunca superados resquemores de las tres partes de la Liga Santa–, y sin embargo efímera: en apenas seis meses los turcos tenían otra flota en ciernes y Venecia, perdido Chipre ya definitivamente (el motivo para organizar la Liga), acabó firmando una paz por separado con los turcos. Y el papa Pío V falleció y la posibilidad de prolongar la Liga se esfumó. Y Felipe II, poniendo su flota en manos de su hermanastro, perdía Túnez apenas un año después de haberla conquistado. Y los turcos habían aprendido la lección y cambiaron el arco por el arcabuz, aleccionados por un superviviente de Lepanto, el corsario Uluç Alí. 

Y sí, es cierto, dos capítulos para narrar la batalla y dos más para analizar sus consecuencias. Pero qué casi seiscientas páginas previas, señores. Y, es verdad, sólo dos mapas y no demasiado detallados para ilustrar un libro de casi 850 páginas (anexos incluidos). Pero qué buen trabajo, y qué pulso narrativo, el de Barbero: documentos en mano, nos lleva a seguir lo que se juegan tres imperios, posiblemente algo más que la hegemonía del Mediterráneo.. El recorrido de Barbero se jalona en no pocos capítulos en Venecia (y quizá sea éste uno de los grandes hitos del libro): en sus reacciones, en sus a menudo poco atinadas decisiones, en sus almirantes y en sus miedos. También en el papel, no tan subordinado como pudiera parecer, de un Juan Andrea Doria que sueña con vender la flota genovesa al rey español al tiempo que pugna por influir en los designios de la flota combinada e insiste en su particular enfrentamiento con Colonna, a su vez opuesto a Zane y Venier, y éstos, en consecuencia, quejosos de todos. A todo esto, Felipe II y sus consejeros se plantean cuando la Liga se constituye que mejor dejar la empresa para 1572, sin saber (lógicamente) la que le va a caer por el norte. Y los servidores de Selim II, sus visires (todos ellos nacidos cristianos pero producto del devşirme otomano), sus almirantes, sus aliados corsarios, dispuestos al todo por el todo. A pesar del resultado final, en cierto modo un principio para ellos.

Disfrutad, pues, de un libro diferente. Un libro que no sólo es Lepanto. Y no sólo son tres imperios en liza. Es pura historia.

1 comentario:

Davout dijo...

Este ya está en el bote para Reyes. Gracias por la reseña.