25 de mayo de 2022

«Reseña» de Roma soy yo, de Santiago Posteguillo

¿La «verdadera historia» de Julio César?


Nota: esta reseña, en cierto modo un ensayo, ha «crecido» a medida que se reflexionaba y escribía, y quizá por ello el formato HTML de un blog no sea el más adecuado para leerla: el scroll del ratón puede acabar por convertirse en una tortura. Para el lector que desee leerla en un formato más "agradable", puede descargarla completa en un PDF desde aquí. Las traducciones castellanas de las fuentes  griegas y romanas citadas proceden de la Biblioteca Clásica Gredos.


«En muchos sentidos el trabajo de un crítico es fácil: arriesgamos poco porque gozamos de una posición que está por encima de los que exponen su trabajo y a sí mismos a nuestro criterio. Nos regodeamos en las críticas negativas, que son divertidas de escribir y de leer. Pero el hecho más amargo que debemos afrontar los críticos es que, a la hora de la verdad, cualquier producto mediocre tiene probablemente más sentido que la crítica en la que lo tachamos de basura.»
Anton Ego

I

Desde hace ya un tiempo, la novela histórica se ha convertido, dentro de esa ecuación que combina la forma literaria con un fondo histórico, más en un receptáculo de lo segundo que en un expositor de lo primero: es decir, en muchos casos ya no es una muestra del talento y la capacidad de un novelista para recrear una (h)istoria en la que el contexto histórico es lo más verosímil posible y forma parte relevante de la trama que se desarrolla. Un contexto, un ámbito, una época, que nos trasladen al pasado, muy a menudo el de la antigüedad grecorromana, y que nos hagan «sentir» durante el tiempo que leemos la novela que «estamos» allí, que «reconocemos» o nos dejamos «llevar» por lo que asumimos que «es» ese momento histórico en el que transcurre la trama.

Desde luego, esta de idea de «reconocer» un pasado no deja de ser una ilusión, una «ficción» que nos hemos creado nosotros mismos, a partir de lo que «sabemos» de esa época por haberlo aprendido en el colegio o en la universidad, por haberlo leído en libros que tratan sobre tal personaje, tal civilización o tal episodio histórico… o también por haberlo leído en otras novelas. La novela histórica, en este sentido, es muy poderosa: tiene la capacidad de configurar mentalidades, las de los lectores y no tanto las de los personajes que aparecen en ella, y se convierte por ello en un «objeto» ideal para «divulgar». Pero no debería ser así y aquí entran en juego dos responsabilidades: en primer lugar, la del del propio novelista, que debe tener claro que lo que escribe, aun «ubicado» en una época histórica concreta, es ficción, no un ensayo encubierto; y en segundo lugar, y no menos importante, la responsabilidad del lector, que debe asumir como tal, como esa ficción, lo que está leyendo.

Pero esta doble responsabilidad, cada vez más, se olvida o se deja a un lado: muchos, no diré todos los, novelistas se dejan llevar por la pasión por un personaje o un período concreto; en vez de recrear una (h)istoria, novelizan la que existe o conocen en detalle tras haberla leído en biografías y ensayos que transitan en la autopista de la (ocasionalmente) alta divulgación y, en el mejor de los casos, en las carreteras secundarias del mundo académico. Y los lectores buscan (y saben que encontrarán) en esas novelas el recipiente en el que «aprender» (H)istoria, asumiendo muchos de ellos, si andan escasos de lecturas o son neófitos en esa (H)istoria que lee, que lo que leen es «realmente» la (y no una) (H)istoria. El resultado es la confusión de géneros a la que nos vemos abocados desde hace tiempo y que ha convertido una novela en el producto por antonomasia para acercarse a la (H)istoria. Y para hallar la «verdad» de los hechos.

Además, el hecho de que, en un proceso que empezó hace tiempo como una serie de sugerencias para indagar en los hechos y los personajes que se recrean en la novela, se haya pasado a incluir elaboradas bibliografías, con decenas de referencias a libros y artículos en revistas de tipo, incluso académicas, y en otros idiomas además del castellano, lleva a una carrera que parece no tener fin. Una carrera en la que el novelista de turno «muestra» la detallada bibliografía que parece haber utilizado y en la que, a la postre, el objetivo que tiene una novela –entretener y animar a la lectura–,  se convierte en ya no sabemos qué. Pues, ¿qué propósito hay en añadir sesudas bibliografías al final de un texto de ficción histórica? Quizá la clave esté en que la ficción es lo que cada vez interesa menos y de lo que se trata, de un modo encubierto o más o menos voluntario, escribir (H)istoria y no tanto una novela histórica. Si, añadimos, la novela de marras ya no está protagonizada por personajes ficticios que se desenvuelven en un contexto histórico determinado, sino personajes históricos sobre los que se ha escrito mucho en el ámbito de la no ficción, de la Historia a la Filosofía, pasando por la Historia del Arte y las Relaciones Internacionales, el problema se agudiza y a la vez se complejiza.

Pues no es lo mismo escribir una novela en la que el personaje es ficticio y, por tanto, puede inventarse lo que se quiera, siempre que se respete el verosímil contexto histórico en el que se ubica, que hacerlo sobre un personaje real que tuvo una vida y realizó una serie de acciones que se han conservado en fuentes heterogéneas y que pueden contrastarse entre sí. Al tratar sobre un personaje histórico, la capacidad para «recrear» o «inventar» se reduce: hay unas líneas rojas que no pueden cruzarse sobre hechos comprobables y admitidos como «ciertos», y ya sea sobre un personaje de hace dos mil años como de unos hechos que transcurrieron unas pocas décadas atrás. Se puede indagar en las lagunas de las fuentes, en los fragmentos de una vida o de un proceso histórico que se han perdido y sobre los que hay, si no discusión, al menos un espacio para la especulación.

Meterse, pues, en esos intersticios deviene para el novelista un campo virgen para recrear, inventar y mostrar detalles sobre un personaje o unos hechos que, desde la ficción, ayudan a matizar la interpretación que hacemos, en el presente, de ese personaje y esos hechos. Y para un lector una novela supone un entretenimiento que además puede picar el gusanillo de la curiosidad y animarle a profundizar sobre la (H)istoria que se ha recreado en libros más adecuados para ello: las biografías, monografías divulgativas o académicas, las propias fuentes primarias que se han conservado de esos hechos, etc. Pero, por desgracia, esta manera de escribir/leer se está dejando de lado en pos de una erudición impostada en la escritura y de una lectura malentendida de una novela.

La promoción y el márquetin también parecen haber cambiado, como es evidente que han hecho muchos (no todos los) lectores, menos pacientes y dispuestos a arriesgarse, más pendientes a menudo de las pequeñas pantallas y cada vez más acostumbrados a novelas de capítulos cortos, ideales para leer entre cuatro o cinco paradas de metro o autobús, personajes más sencillos en su caracterización, recreaciones más visuales, referentes más propios del cine y las series de televisión y, especialmente, sobradas de tópicos y lugares comunes y recurrentes sobre lo que se «asume» que fue un personaje o una época concreta del pasado. Añadamos a ello lecturas, más o menos interesadas, del pasado en clave actual y una «divulgarización», más que una divulgación, de ese mismo pasado. Es por ello por lo que los que nos hemos formado en estudios históricos y nos dedicamos a ellos desde el rigor, la honestidad, la crítica de fuentes y una lectura especializada que no acaba nunca, asumimos que el éxito de una determinada manera de hacer novelas históricas es un fracaso colectivo. Y, además, parafraseando la cita de Anton Ego, el personaje de la película Ratatouille (Brad Bird, 2007), el hecho más amargo que debemos afrontar es que, a la hora de la verdad, cualquier novela mediocre tiene probablemente más permanencia que la crítica en la que la tachamos de basura… o que cualquier ensayo o monografía que trate el mismo tema de esa novela.

Hemos de reconocer que es una batalla perdida, pues muy probablemente tendrá más alcance, arraigo y permanencia una novela de un autor superventas que la vasta bibliografía que sobre un tema, personaje o periodo pueda haber. Y en cierto modo es «lógico»: ¿cuánto tiempo se le puede dedicar a leer una novela de Santiago Posteguillo? ¿Una semana? (unos la devorarán en unos pocos días, otros necesitarán más). Con esa lectura un lector no especialmente curioso y que quizá no tenga demasiado tiempo puede que haya «saciado» la curiosidad sobre el personaje y el período que trata. ¿Cuánto tiempo se necesita para conocer con bastante profundidad, a partir de una lectura crítica de las fuentes, del manejo de la vastísima bibliografía secundaria (y en varios idiomas), y de una constante reflexión y análisis? Una vida entera, y quizá solo hayamos rascado la superficie. Un lector que busque entretenerse con una novela no necesitará eso; incluso un lector que quiera «aprender» sobre ese personaje y esa época es probable que te pregunte que le recomiendes un libro, a poder ser sólo uno y no más, sobre dicho personaje o tema. Con ese libro, y si además es una novela, ¿qué necesidad hay de leer más? Se ha leído, se ha asumido como «verdad» y a otra cosa.

En este sentido, la novela histórica –y determinadas novelas históricas– lo tienen fácil para llegar a un amplio público, que no requiere de una formación específica, que se quedará con detalles concretos, que «aprenderá» (aunque no debiera ser esta su función) y que recomendará la novela en una conversación con amigos. Pero eso no significa que debamos conformarnos y que la dejemos pasar por la «verdadera historia de» un personaje, un episodio o una época históricos. Pues al hacerlo, perpetuamos el problema y, parafraseando una serie de televisión que comentaremos en breve (y que viene muy al pelo del trasfondo de esta reseña), cada falsedad, manipulación, tergiversación o incluso invención es una deuda a la verdad; a la «verdad» de unos hechos que nos han llegado, a menudo con divergencias, a través de unos textos y unas fuentes, que se han contrastado e interpretado, y que asumimos que son aquello que sucedió sobre un personaje o una época. Falsear y manipular esos hechos, en aras de una burda simplificación o, peor aún, de una interesada manera de leer el pasado, es algo que no debemos permitir, o, al menos, advertir sobre el daño que hace a la «verdad histórica». Y sobre esto versará esta reseña de Yo soy Roma, la novela de Santiago Posteguillo publicada a principios de abril de 2022 por Ediciones B y que en su cubierta aparece el subtítulo «La verdadera historia de Julio César»; ya lo anticipamos: no es una [H]istoria «verdadera».

Antes de analizar los problemas que presenta esta novela, nos parece conveniente incidir, siquiera brevemente, en una campaña de márquetin desaforado en medios de comunicación acríticos, cuando no complacientes con autor y novela, y que nos permite observar hasta qué punto se llega para «vender» libros. Nos extenderemos también en el análisis de una serie de televisión reciente, que parte de unos hechos históricos bien conocidos y que, no obstante, manipula, tergiversa, inventa y, en última instancia, pervierte lo que se considera la «verdad» de esos hechos y por un afán de entretener e impactar. Al denunciar unas mentiras, en este caso las de un régimen político que encubrió unos hechos, no se puede caer en el falseamiento de unos hechos, por mucho que se pueda justificar como una «simplificación» de los mismos en aras de una narración ágil. Toda mentira, insistimos y como se menciona en esa serie, es una deuda a la verdad.

 

II

En su clásica obra La novela histórica, editado en formato libro en 1955, pero redactado entre 1936 y 1937 y publicado poco después por entregas en una revista rusa, Georg Lukács comenta: «La relación directa e intelectual con el presente, relación hoy predominante, muestra de manera implícita la tendencia a transformar la representación del pasado en una parábola del presente, a extraer de la historia un "fábula docet" en forma inmediata, lo cual se opone a la naturaleza de la concreción histórica del contenido tanto como a la redondez real y no formal de la plasmación» (p. 426 de la traducción castellana, publicada en México, Ediciones Era, 1966). Esta «parábola del presente» puede convertirse, a su vez, en un «presentización del pasado», como a menudo leemos en entrevistas de promoción de novelas y en las que hay autores que, en aras del márquetin que ha de llegar al potencial lector, establecen paralelismos para atraer su atención.

En la promoción de Yo soy Roma, Santiago Posteguillo ha repetido en diversos medios frases del tipo «existen momentos en la historia en que un personaje puede cambiar una época. Julio César es el Volodímir Zelenski de su época» (artículo/entrevista de Javier Ors, edición digital de La Razón, 3 de abril de 2022). En esa misma entrevista, e «interpretando» sin rubor el pasado en clave actual, se puede llegar a decir que

«la república tardorromana ha derivado en una oligarquía tipo Putin, donde muchas familias amontonan riquezas. Julio César, punto de inflexión en la historia, arremeterá contra ellas. El problema es que las familias romanas estaban repartidas en dos partidos que dirimen su influencia en la asamblea del pueblo y el Senado. Este conflicto genera un montón de tensiones que llenarán las calles de una enorme violencia y de sicarios que intentan liquidar a enemigos políticos (…). El debate político en el que está involucrado César, en el fondo, es totalmente actual. El ambiente que vive es muy parecido a esta Rusia con oligarcas que maneja los modos de una pseudodictadura. César no se enfrenta a una república moderna, democrática y justa, parecida a las nuestras, sino a esto…» (la cursiva es mía).

Más adelante, Posteguillo afirma (y el periodista recoge):

«los lectores reconocerán muchos de los problemas actuales. La corrupción política, los tribunales politizados… [resaltado en negrita en el artículo] a través de este juicio [el de Dolabela, planteado en la novela] observamos que nuestro derecho es una evolución del romano. Una de las lecciones que deja esta parte de la biografía de César es que sui la Justicia falla, la sociedad se resiente y las tensiones sociales crecen. Si esto ocurre, por lo general, los conflictos se resuelven con violencia y, en ese caso, puede vencer cualquier parte que se haya postulado. Por eso es crucial disponer de buenos sistemas judiciales».

En otro artículo/entrevista, a cargo de Luis Alemany y publicado en la edición digital de El Mundo el 4 de abril de 2022, leemos lo siguiente por parte del articulista: «¿Para qué sirven las novelas de romanos, además de para embellecer algunas tardes de Semana Santa? ¿Para entender el mundo contemporáneo? Si esa es la respuesta ideal, bien está Roma soy yo, de Santiago Posteguillo (Ediciones V), 700 páginas que tratan de política y de derecho, de relaciones internacionales y de clases sociales». Ya de entrada se plantea la novela como un ejercicio de aprendizaje de una serie de disciplinas y no tardará en llegar la búsqueda de paralelismos con el presente; por ejemplo, con la «independencia de los jueces», tema en discusión ante el bloqueo de los principales partidos políticos en España para renovar los órganos del poder judicial. Así, y ya citándose a Posteguillo, leemos ahí:

«Sila (138-78 a.C.), al convertirse en dictador, se dio cuenta de que la independencia de los jueces era un problema para la élite a la que representaba. Hasta ese momento, en la justicia hubo representantes de la clase ecuestre, gente de la Asamblea, había fórmulas que tendían a la división de poderes (en negrita en el texto del artículo). Había un senado elitista, sí, pero también había tribunos de la plebe con derecho a veto. Sila acabó con esa complejidad a base de sicarios. El sistema falló y apareció una disfunción brutal, la mayor disfunción de su época. Pero hubo quien siguió luchando por repararlo como Julio César. A partir de ahí, podemos hacer paralelismos con muchas cosas que pasan ahora» (la cursiva es mía).

La confusión entre la (h)istoria se lee en una novela y la (H)historia que se debería aprender fuera de la novela se ha sembrado.


III

En su discurso de agradecimiento [desde minuto 1:59] por el premio Emmy a la miniserie Chernobyl (HBO: 2019), su creador, el guionista Craig Mazin, dijo: «Y espero que, de alguna pequeña manera, nuestra serie haya ayudado a la gente a recordar el valor de la verdad y el peligro de la mentira» (la cursiva es mía). Los aplausos del público interrumpieron brevemente el discurso de Mazin, mientras detrás de él veíamos a Jared Harris, que interpretaba al ingeniero Valery Legásov, asentir firmemente con la cabeza. Mazin terminó sus palabras de agradecimiento: «Y les dejo sólo con esto y lo que escuché al final de… dije vechnaya pamyat, que significa memoria eterna, y me gusta pensar que en televisión podemos hacer con las historias como en When They See Us [miniserie de Netflix también nominadas y sobre la condena a cuatro jóvenes negros por un crimen no cometido]. Podemos hacer que las historias sean conocidas de manera permanente, y ese es un poder extraordinario y una responsabilidad para todos nosotros» (la cursiva también es mía). Resulta enormemente curioso, además de cínico, que Mazin hiciera un alegato del valor de la «verdad» y el peligro de la «mentira» cuando su miniserie –una excelente producción dramática en cuanto a desarrollo de tramas y de personajes… en su mayor parte; queremos remarcarlo–, que recoge los hechos sucedidos a raíz de la explosión nuclear del Reactor Núm. 4 de la Central Nuclear Vladímir Lenin de Chernóbil en la madrugada del 26 de abril de 1986, cruza a menudo la línea de lo que es «verdad»  y lo que es, en este caso, pura ficción… sobre unos hechos históricos ampliamente conocidos.

Por poner un ejemplo (de muchos); tenga paciencia el lector, nos vamos a detener un rato en esto. En el capítulo 2, tras una reunión de urgencia en el Kremlin en la mañana de ese 26 de abril de 1986, el premier soviético, Mijaíl Gorbachov, encarga a Boris Scherbina (Stellan Skarsgård), vicepresidente del Consejo de Ministros y un hombre que tenía maña arreglando crisis, que vaya a Chernóbil: «quiero que revise el reactor y que me informe directamente (…) y llévese al profesor Legásov» (allí presente). Scherbina no quiere que [Valery] Legásov le acompañe, pero Gorbachov es tajante al respecto: «¿Sabe cómo funciona un reactor nuclear? [Scherbina admite que no] ¿Entonces cómo sabrá lo que revisa?». La siguiente escena muestra a Scherbina subir en un helicóptero y viajar a Chernóbil… desde Moscú. Durante el vuelo, Scherbina pregunta a Legásov: «¿Cómo funciona un reactor? (…) La pregunta es sencilla». «Pero la respuesta no», responde Legásov. En ese momento, Scherbina le espeta: «Claro, cree que soy demasiado estúpido para entenderlo… Como quiera. ¡Dígame cómo funciona un reactor o haré que mis hombres lo tiren del helicóptero!». Legásov mira a los dos hombres con uniforme que le flanquean a izquierda y derecha, impertérritos, y le explica con un lenguaje sencillo cómo funciona la fisión nuclear, comparando los neutrones con «balas» y especificando cómo el grafito con el que están envueltas las barras de uranio de un reactor RBMK modera, reduce, el flujo de neutrones en la fisión. «Bien, ya sé cómo funciona un reactor. No le necesito», zanja Scherbina la “conversación”. La siguiente imagen muestra al helicóptero en un plano medio dirigiéndose a Chernóbil. 

Dos escenas seguidas que resultan largas (casi 9 minutos) y muy ilustrativas, pero llenas de falsedades, y recordemos que estamos hablando de una serie que se basa en hechos reales y que defiende «el valor de la verdad». Para empezar, en la reunión del Kremlin Scherbina no estaba presente: en la mañana de ese 26 de abril, estaba de viaje de visita a la ciudad siberiana de Barnaul. Como detalla Serhii Plokhy en el capítulo 8 de su libro Chernobyl: The History of a Nuclear Catastrophe (Penguin Books, 2019), Scherbina regresó a Moscú, convocado por su jefe, el primer ministro Nikolái Ryzhkov, con quien mantuvo una charla de veinte minutos sobre el accidente; entonces, Scherbina, designado para presidir una comisión que incluiría a miembros del Partido Comunista en Ucrania, escogió a un grupo de expertos (entre ellos, Legásov) que todavía estaban en Moscú y voló con ellos a Kíev en avión. Durante el vuelo, Scherbina recibió un curso acelerado de la historia de los desastres nucleares por parte de Legásov, que por entonces era subdirector primero del Instituto Kurchatov de Energía Atómica. Legásov había pasado la mañana de aquel día, un sábado, en una reunión del partido y de personal en el Ministerio de Construcción de Máquinas Medianas (organismo que supervisaba la industria nuclear soviética), convocados por la dirección, y aunque ya era conocida la noticia de la explosión nuclear en Chernóbil, apenas se mencionó; pero Legásov se dio cuenta pronto de que aquello parecía importante. Legásov supo que Scherbina le había nombrado para participar en la comisión y recibió órdenes de estar en el aeropuerto Vnukovo de Moscu a las 16 horas. Recogió materiales diversos en el Instituto Kurchatov y durante el vuelo puso en antecedentes a Scherbina. Hay que tener claro, pues, que el viaje de Moscú a Kíev se hizo en avión, no en helicóptero, y no directamente a Chernóbil: hay casi 750 kilómetros entre Moscú y Kíev, distancia que requería la rapidez de un avión, que de todos modos no tardaría menos de una hora y media en realizar el trayecto. En Kíev les esperaba una «procesión de coches gubernamentales de color negro y una agitada aglomeración de líderes ucranianos», y viajaron hasta Chernóbil y de ahí a Prípiat, la ciudad cercana a la central nuclear y que fue creada juntamente con esta en los años setenta. Hasta las 20.20 horas, ya de noche, Scherbina y su séquito no llegaron hasta el edificio del comité del Partido en Prípiat.

Podemos ver, pues, que hay notables diferencias entre lo que sucedió en la realidad histórica y lo que el espectador ve en la serie: en el Kremlin no se reunieron Scherbina y Legásov con Gorbachov y otros altos cargos del Gobierno; no partieron directamente de Moscú, pues había que esperar que Scherbina regresara de Siberia; no viajaron en helicóptero, prácticamente solos Scherbina y Legásov, junto a dos guardaespaldas del primero; y desde luego Scherbina no amenazó a Legásov con hacerle arrojar del helicóptero. Un diálogo en la serie que, además, requería ser pronunciado para resaltar ese poder omnímodo de Scherbina como alto funcionario soviético y la prácticamente inane situación de Legásov como científico y nada más (recordemos, no obstante, que era uno de los subdirectores del Instituto Kurchatov); y que estaban en un helicóptero: una amenaza de ese tipo no tendría sentido si se hubiera pronunciado en un avión y que en todo caso el Scherbina «real» tampoco habría dicho, pues no era el típico funcionario soviético kageberizado con un poder absoluto, como a menudo se pinta a los altos cargos del régimen soviético desde Occidente. Scherbina era respetado porque resolvía problemas y precisamente por eso ejercía el cargo que ocupaba en el Gobierno soviético.

Se dirá: «bueno, tampoco es para tanto, se simplifican hechos para que la trama fluya». Y diríamos: «¿a costa de faltar a la verdad? ¿A esa misma verdad que se pretende reverenciar en esta serie?». Pues una cosa es simplificar o resumir acontecimientos, otra inventar para apuntalar una tesis: en este caso, hasta dónde eran capaces de llegar los jerarcas soviéticos ante una situación determinada que se les escapaba de las manos. Y, añadimos, ¿era necesario recargar las tintas sobre el poder dictatorial soviético cuando sabemos que la maquinaria institucional de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas era mucho más complicada, a nivel de burocracia, y no tan «peliculera»? Y ello sin negar que en el régimen soviético no se estaban con componendas…

No es la única secuencia que falta a la «verdad», en esta serie; ni mucho menos, y no vamos a detallarlas todas aquí. Pero, pedimos otra vez paciencia al lector, sí nos detendremos en el capítulo 5, sobre el del juicio a los responsables de la explosión nuclear, que en la miniserie se reducen a tres: el director de la central nuclear Víktor Briujánov, el ingeniero jefe Nikolái Fomin y el jefe adjunto del Reactor Núm. 4 Anatoli Diátlov. Pero antes un breve inciso. En agosto de 1986, casi un año antes del inicio del juicio (que tuvo lugar en julio de 1987), Legásov presentó en la sede de la Agencia Internacional de la Energía Atómica en Viena un informe; en su declaración, a grandes rasgos, se maquillaron muchos de los defectos estructurales que causaron el desastre en la central de Chernóbil, se aseguró ante los gobiernos occidentales y la comunidad científica que la catástrofe había sido contenida y se dejó claro que se podía «confiar» en el futuro de la energía atómica en la URSS y de su industria en todo el mundo. Pero fue un informe que ocultó la enorme cantidad de errores que se cometieron. «No mentí en Viena», afirmó Legásov en un informe presentado dos meses después ante la Academia Soviética de las Ciencias, «pero no dije toda la verdad» (citado por Adrian Higginbotham, Midnight in Chernobyl: The Untold Story of the World’s Greatest Nuclear Disaster, Corgi Books [Penguin Books], 2019, p. 277; traducción propia en esta y otras citas textuales).

Volvamos al capítulo. El juicio se produce, dentro de «cronología» de la miniserie, muy poco después del viaje de Legásov a Viena: en realidad pasó casi un año entre ambos sucesos, pero aceptaremos pulpo (o elipsis temporal, cual cuervos en Juego de tronos). Al inicio, Legásov mantiene un encuentro con vicepresidente del KGB, Charkov (Alan Williams) –personaje ficticio probablemente basado en quien fuera presidente del KGB en aquellos años, Víktor Chebrikov– en un coche y con unos modos claramente amenazantes para él, claro. Ambos comentan brevemente la intervención de Legásov en Viena y Charkov le traslada la «recompensa» que recibirá después de que Legásov testifique en el juicio: la medalla de Héroe de la Unión Soviética («nuestro mayor honor, no me lo han concedido ni a mí», apostilla Charkov) y un ascenso a director del Instituto Kurchatov. Legásov insiste en que los científicos no han visto cumplidas las promesas que el Estado hizo con ellos: «que mejorarían todos los reactores, han pasado meses y no ha habido ningún cambio». Charkov le corta en seco: «primero, el juicio; cuando termine tendremos villanos, a nuestro héroe y nuestra verdad. Y después se arreglarán los reactores» (la cursiva es mía). Aquí encontramos unos hechos ya manipulados y que luego comentaremos.

En el juicio, y después de reconstruirse lo sucedido aquella noche en la central nuclear de Chernóbil, un Legásov dispuesto a decir la verdad, como le pidiera previamente Ulana Khomyuk –la científica ficticia que se utiliza en la trama para representar a la comunidad científica que investigó el desastre nuclear, interpretada por Emily Watson–, afirma al final de su testimonio: «Lo que dije en Viena fue mentira. Mentí al mundo», mientras el público cuchichea y el juez se remueve incómodo en su butaca y le llama al orden: «Profesor Legásov, si intenta sugerir que el Estado soviético es responsable de lo que pasó le advierto que está entrando en terreno peligroso». Pero Legásov se viene arriba: «Ya he estado en terreno peligroso. Todos lo estamos ahora, por nuestros secretos y mentiras. Y eso es lo que nos define. Cuando la verdad ofende, nosotros mentimos y mentimos hasta que olvidamos que la verdad sigue ahí, y aun así sigue ahí. Cada mentira que decimos supone una deuda a la verdad. Tarde o temprano esa deuda se paga. Así es como explota el núcleo de un reactor RBMK: con mentiras» (la cursiva es mía).

Hay un gran problema en esta escena: Legásov no fue testigo del juicio, no se le llamó a declarar. Tampoco sucedió la secuencia inmediatamente posterior a su testimonio, en una habitación que parece dispuesta para una sesión de interrogatorio/tortura, en la que Charkov le amenaza: «Puedo hacer lo que quiera con usted. Pero sobre todo quiero que sepa que lo sé. No es un valiente, no es un héroe: sólo un hombre moribundo que ha olvidado quién es»; para Charkov, Legásov no es más que un científico al servicio del Estado soviético y de su verdad, por lo que, si no cumple con su «deber», será purgado (en la tópica visión de los años treinta y cuarenta, no en la de la época de Brezhnev, claro). Legásov reitera que mintió en Viena: «Yo sé quién soy y sé qué he hecho. En un mundo justo me matarían por mis mentiras, no por esto: por la verdad» (la cursiva es mía). Charkov, olvidando esa «recompensa» prometida en el coche, le castiga de una manera especialmente cruel:

       «—No van a matar a nadie, Legásov. El mundo entero le vio en Viena, matarle sería humillante. ¿Y para qué? El Estado no aceptará sus declaraciones de hoy, no van a llegar a la prensa. Esto no ha pasado. No, vivirá lo que le quede, pero no como científico, eso se acabó. Conservará su título, su despacho, pero sin funciones, sin autoridad. Sin amigos. Nadie hablará con usted. Nadie le escuchará. Otros hombres, inferiores a usted, se llevarán el mérito de sus logros. Su legado es ahora de ellos y vivirá para verlo. (…) No volverá a verlos [a Sherbina y Khomyuk] ni a comunicarse con ellos. Y no volverá a hablar con nadie sobre Chernóbil. Será tan invisible para la gente que cuando por fin muera apenas recordarán que ha existido.

—¿Y si me niego?

—¿Por qué preocuparse por algo que no va a pasar?

—[Legásov suelta una risita] Claro, por qué preocuparse por algo que no va a pasar. Ah, es perfecto, ponga eso en los billetes» (la cursiva es mía).

No sucedió nada de todo esto, nada tan indignante para la memoria de Valery Legásov. Lo que sabemos, lo que los hechos nos cuentan, es que, en los dos años posteriores al desastre nuclear, la salud de Legásov se resintió por su presencia en la central nuclear de Chernóbil, tan cerca del reactor siniestrado y de la radiación. Siguió trabajando y su figura fue respetada en la comunidad científica, aunque algunas de sus decisiones en Chernóbil, como arrojar toneladas de arena y plomo sobre el reactor explosionado para sellarlo (como se ve en el capítulo 2 de la miniserie), fueron cuestionadas. Escribió diversos informes para la Academia Soviética de las Ciencias con propuestas de reformas en la industria nuclear, que, no obstante, recibieron una tibia respuesta, incluida la de su jeje, Anatoly Aleksandrov, director del Instituto Kurchatov.

En su último año de vida, Legásov, deprimido por lo inane de sus informes y el silencio recibido. intentó suicidarse dos veces; y aunque volvió al trabajo, ya no lo hizo con el ánimo de antaño. Por sugerencia de un colega, y para animarle, escribió un artículo para Pravda, periódico oficial del PCUS, en el que desarrolló sus ideas para mejorar la seguridad nuclear, pero una vez publicado sólo hubo silencio. En entrevistas en otros medios, Legásov advirtió que Chernóbil podía volver a ocurrir y que no había nadie pudiera detenerlo; citando a Higginbotham, Legásov apuntó a un problema de ética en la comunidad científica: «Los hombres y mujeres detrás del gran triunfo de la tecnología soviética –aquellos que crearon la primera central nuclear y enviado a Yuri Gagarin al espacio– se habían esforzado por una nueva y mejor sociedad, y habían actuado con una moralidad y una fortaleza en el objetivo heredado de Pushkin y Tolstói. Pero el hilo de un propósito virtuoso se había escurrido de sus dedos, dejando detrás una generación de personas jóvenes sofisticadas tecnológicamente, pero sin ataduras morales. Era este profundo fracaso del experimento social soviético, y no sólo un puñado de imprudentes operarios de un reactor, lo que Legásov creyó que había que responsabilizar por la catástrofe que floreció desde el Reactor Núm. 4» (ibid.., pp. 324-325). Sabemos que en sus últimos meses de vida Legásov grabó las cintas que se encontrarían tras su suicidio.

Por otro lado, Legásov no recibió ninguna mención honorífica. En junio de 1987, estuvo en una lista preliminar para recibir la medalla del Héroe del Trabajo Socialista [Guerói Sotsialistícheskogo Trudá], título honorífico creado en 1938 para premiar aportaciones excepcionales a la cultura y la economía de la URSS –y no la de Héroe de la Unión Soviética [Guerói Sovétskogo Soyuza], la máxima distinción que se podía recibir en el país desde 1934, como se afirma en la miniserie–, pero en el último momento Gorbachov decidió que no se debería condecorar a ningún miembro del Instituto Kurchatov por acciones en la contención de un desastre que, en su opinión, el propio instituto había ayudado a precipitar (ibid., pp. 323-324). En cuanto al ascenso a director de este organismo, sustituyendo al ya veterano Aleksandrov, a principios de 1988 Legásov tenía esperanzas de que podía conseguir la promoción, contando además con el apoyo del propio Aleksandrov, «como reconocimiento de su papel en la liquidación de las consecuencias del mayor accidente nuclear de la historia» (p. 325). No fue así. El 26 de abril de 1988, exactamente dos años después de la catástrofe nuclear de la central nuclear de Chernóbil, Legásov recibió la confirmación de que sus propuestas para crear un nuevo instituto de seguridad nuclear habían sido rechazadas. Al día siguiente, su hijo Alexéy encontró en el hogar familiar el cuerpo ahorcado de Legásov. No había dejado ninguna nota.

Valery Legásov tuvo un triste final. Cometió errores, junto a otros científicos, en los días posteriores a la explosión nuclear, pero fue consciente desde el principio de que lo sucedido desnudaba las flaquezas de la industria nuclear y del propio Estado soviético. Y tampoco se merecía ese final en una miniserie que, prácticamente desde el inicio, al recrear unos hechos bien conocidos, falta a la verdad, incluso en referencia al propio Legásov. «Y este, al menos, es el regalo de Chernóbil: antes temía el precio de la verdad, ahora sólo me pregunto cuál es el precio de la mentira», le hace decir Craig Mazin a «su» Legásov (una persona real, que existió, recordemos) al final de la serie. Y uno se pregunta: ¿vale todo para contar una historia? ¿Una historia documentada, contrastada? ¿Era necesario falsear episodios concretos cuando la propia historia real en sí misma ya resulta estremecedora y la respuesta del régimen soviético fue tan catastrófica como el propio desastre nuclear? ¿Merecía Valery Legásov que su historia fuera manipulada de esa manera y que se inventara hechos que sabemos que no sucedieron? ¿Merecía que su figura fuera manipulada tan burdamente en una producción televisiva, dándole un final que no tuvo y que desde luego no mereció? ¿Qué pensaría su familia al ver ese capítulo final?

En última instancia, nos podríamos preguntar: ¿merece la Historia que se recrea en una miniserie de televisión ser tergiversada del modo que hemos visto en esos cinco episodios? Y no es una mala serie dramática, pues pone el acento en cómo un régimen político mintió y ocultó la extrema gravedad de un desastre nuclear, poniendo no sólo en peligro las vidas de millones de ciudadanos soviéticos sino de las de millones de europeos a los que también afectó la radiación expulsada del Reactor Núm. 4 de la central nuclear de Chernóbil. Pero, al denunciar la mentira y en aras de nos preguntamos qué verdad, la miniserie conculca esa misma «verdad» para cargar las tintas sobre un sistema, el soviético, que de sobras mostró sus flaquezas y que solito se puso la cuerda alrededor del cuello. No era necesario manipular la Historia para contar esta historia; no era necesario mentir, no hacía falta inventar en aquello que sabemos que no sucedió.

No será la única «verdad» que veamos manipulada en esta reseña.

 

IV

Entramos ya de lleno en Roma soy yo de Santiago Posteguillo, una novela que no necesita inventarse la (H)istoria para contar una historia que, aun con sus lagunas en las fuentes clásicas, se conoce (bastante) bien. Sobre los años de juventud de Gayo Julio César hay lagunas en las fuentes: nos faltan, por ejemplo, los primeros capítulos de la biografía de Plutarco, escrita casi dos siglos después del nacimiento del personaje, y que estarían dedicados a la vida del personaje antes de la dictadura de Sila, y de las fuentes coetáneas apenas quedan fragmentos a través de otros autores. Del César maduro, ya en los años cincuenta y cuarenta antes de nuestra era, tenemos muchos datos y además coetáneos: los propios comentarios cesarianos y las cartas de Cicerón (así como algunos de sus discursos); Salustio nos transmite una imagen de César durante la conjura catilinaria del año 63 a.C., Veleyo Patérculo (contemporáneo del emperador Tiberio), Plutarco, Floro (siglo II d.C.), Apiano (mediados de esa centuria) y Dión Casio (que escribe en las primeras tres décadas del siglo III d.C.), así como epítomes posteriores, ofrecen una panorámica amplia sobre el César de sus últimos quince años de vida.

Estas lagunas sobre el César joven son, por contra, un campo virgen ideal para recrear y fabular desde la ficción, que es lo que hace una novela, o debería hacer, y desde lo que sabemos de cierto sobre el contexto en el que vivió el personaje (las décadas de los años 80 y primeros años 70 a.C.), para el caso del género de la novela histórica. Diversos autores lo han hecho, de Rex Warner (El joven César) a Colleen McCullough, quien en dos tomos de su saga (La corona de hierba y Favoritos de la Fortuna) recrea la juventud y primera carrera política de César, pasando por Conn Iggulden en su desastrosa primera entrega de la serie Emperador, titulada Las puertas de Roma. «Conocemos» también, gracias a novelas como Laureles de ceniza de Norbert Rouland, Sangre romana de Steven Saylor y Sila, el último republicano de Josep Maria Albaigès, la época de la dictadura silana. Por tanto, el género, aunque con bastante menor amplitud que sobre el César de la guerra de las Galias y de la guerra civil, ha tratado la juventud de este personaje.

En las últimas coinciden en las librerías la novela de Posteguillo y la de Andrea Frediani, La sombra de César (Espasa), primer tomo de una trilogía publicada hace una década en Italia que, al margen de primer capítulo sobre César niño durante la marcha de Sila sobre Roma (88 a.C.) y de un segundo sobre su propretura en Hispania en el año 61, sitúa el grueso del texto en la guerra gálica. Posteguillo inicia con Roma soy yo una serie de novelas sobre el personaje, entre cinco y ocho, no está claro aún, pues es un proyecto en construcción que, como ha avanzado en entrevistas, le ocupará los próximos diez o doce años. El propósito es ambicioso y bastante trillado dentro del género (para que nos vamos a engañar): recrear la biografía de Gayo Julio César, como ya hiciera con sus trilogías sobre Escipión el Africano y Trajano, o su díptico sobre Julia Domna (sobre Yo Julia ya escribimos en su momento). Surge una cierta pereza en el lector de largo recorrido cuando oye hablar, desde hace meses, sobre esta nueva saga literaria, pues, a fin de cuentas y siendo un personaje tan conocido, qué más se le puede ofrecer al seguidor del género.

César, además, suele ser un personaje idealizado y romantizado en la novela histórica (ni McCullough se escapó de hacerlo): qué grande fue, qué genio militar, qué habilidad política la suya, qué ambición, qué perfecto/genial/maravilloso fue, qué leyenda generó. Y es sobre la leyenda, promovida por el personaje en vida y aumentada tras su luctuoso final, sobre la que la novela histórica suele escribirse. Visiones teleológicas se presentan sobre cómo el personaje estaba predestinado al poder supremo, prácticamente desde la cuna: Posteguillo también lo remarca con un «Principium» en su novela en el que Aurelia acuna al bebé César y le habla, incidiendo en los orígenes míticos de su familia, de Venus a Eneas, de Julo a Rómulo y Remo, y en el que ya marca distancias entre el bebé y los senadores optimates de esos años 100-99 a.C.:

«Sólo tú eres especial. Sólo tú, mi pequeño. Sólo tú. Y ruego a Venus y a Marte que te protejan y que te guíen tanto en la paz como en la guerra. Porque vas a vivir guerras, hijo mío. Ése es tu destino. Ojalá seas, entonces, tan fuerte como Marte, tan victorioso como Venus. Recuérdalo siempre, hijo mío: Roma eres tú» (sólo le faltó tararear: «importas tú, y tú, y tú, y nadie más que tú…». 

Luego está el añadido: 

«Y Aurelia repitió al oído de su hijo de apenas unos meses aquella historia una y otra vez como si fuera una oración, y así, sin darse cuenta, aquellas palabras entraron en la mente del pequeño y lo acompañaron durante años. Y las palabras de Aurelia permearon en su interior y quedaron en su recuerdo, grabadas, como talladas en piedra, forjando, para siempre, el destino de Julio César».

Toma ya...

Y es que se podría decir que la teleología está implícita en la novela histórica. Por poner otro ejemplo reciente, en el capítulo 2 de la reciente novela de Frediani, La sombra de César, el personaje responde a Labieno, en relación con la dicotomía entre optar al consulado o al triunfo concedido por su campaña hispana:

«Claro que quiero el consulado (…). El triunfo solo me sirve paras contentar al pueblo e inducirlo a que vote por el general que ha puesto a raya a los terribles pueblos ibéricos. Una vez decretado, si el Senado concede que presente mi candidatura in absentia, bien: podré celebrar el triunfo y concurrir a la elección incluso estando fuera de los muros. Pero sin duda, el despreciable Catón hará de todo para crearme dificultades y me obligará a elegir: entonces, renunciaré al triunfo, adquiriendo así más crédito entre el pueblo, que me considerará agraviado en mi derecho y votará más a gusto por mí. Es inútil decir, por otra parte, que el oro que juntemos de los lusitanos servirá para reforzar la convicción de los electores, en el caso de que no estén en especial impresionados por nuestras empresas militares…» (p. 35; la cursiva es mía).

A continuación, leemos: «Notable, como de costumbre. Labieno ya estaba lo bastante impresionado. Pero sabía que César era capaz de planes mucho más sofisticados» (ibid.). Claro, cómo no… Pero el César de Frediani no se queda ahí en su presciencia: «Ya verás como Catón y compañía hacen lo imposible para ponerme al lado un cónsul que me sea hostil. ¿Acaso quieres que vuelva a encontrarme al lado de ese idiota de Bíbulo, al que ya me ha tocado soportar como edil? Y luego, quiero ganarme un proconsulado en provincias decentes. Y en cuanto Catón sepa que me presento, intentará hacer asignar a los cónsules unas provincias ridículas» (pp. 35-36; la cursiva es mía). Y cuando Labieno le pregunta cómo piensa ganarse el apoyo de «esos dos charlatanes», en referencia a Craso y Pompeyo, César no tiene «duda» alguna:

«Sencillo (…). Para empezar, a los ochenta y tres mil talentos que debo a Craso por haber saldado mis deudas, añadiré considerables intereses, siempre gracias a los lusitanos. Luego, le prometeré que actuaré para eliminar cualquier gasto a sus amigos recaudadores de impuestos. A Pompeyo le aseguraré la aprobación de la ley a favor de sus veteranos, por la cual ha lamido de forma inútil el trasero del Senado durante tanto tiempo. Es una verdadera suerte que esté Catón: si no hubiera sido por él, Pompeyo tendría mucho que agradecerle al Senado, y yo ahora no podría ponerlo de mi parte…» (p. 36).

Terminamos con Frediani, remarcando lo siguiente que escribe: «Labieno sonrió. Siempre había pensado que, de no ser por Catón, César habría ascendido con más rapidez a la grandeza a la que estaba destinado» (ibid.). Es cierto, como nos transmiten las fuentes (Cicerón, por ejemplo), que Catón se estaba erigiendo entonces, a pesar de su juventud (35 años) y no haber sido más que tribuno de la plebe, una figura en auge entre los optimates –sobre todo tras la muerte de Quinto Lutacio Cátulo, uno de los principales sullani–, y especialmente como enemigo personal de César; pero de ahí a mover los hilos y decidir qué hará el Senado y qué impedir a nuestro personaje, pues es bastante más que ventajismo y aposteriorismo; y obviando que nada estaba escrito antes del consulado de César, nadie podría haber predicho de antemano que este renunciaría al triunfo para optar al consulado (cuando las posibilidades de conseguir un desfile triunfal eran mucho más escasas que las de volver a optar al consulado) o que conseguiría aliar a Pompeyo y Craso, claramente muy superiores en influencia que un propretor endeudado (otra cosa era un cónsul electo), para acabar formando el mal llamado «Primer Triunvirato» y conseguir un extenso mando proconsular…

La telelología, pues, esa «creencia» de que los acontecimientos tienden a a desarrollarse hacia un destino final preestablecido, y no como una sucesión de causas y efectos (con obstáculos y cambios entre medio), es parte consustancial de muchas novelas históricas… y no pocas biografías y ensayos de no ficción. El escritor (y el lector, en cierto modo) saben qué pasó al final y resulta tentador, escribiendo a posteriori, desarrollar una trama que lleve a ese resultado postrero, que lo explique e incluso «justifique». Por eso tal o cual personaje actuó como lo hizo, viene a decirse, por eso sucedió de esa manera. Pero es un ejercicio ventajista, claro está: los personajes de una novela no lo saben «aún» y si les inducimos a «actuar» de una manera «predeterminada» en realidad, independientemente de que nuestra trama tenga más o menos «matices» respecto a la realidad histórica, lo que hacemos no es ficción histórica: salvando las distancias, sería «ciencia-ficción».

En Roma soy yo, y como ya anticipamos antes en esa (tópica) escena de la madre acunando al bebé César y «metiéndole en la cabeza» la grandeza que adquirirá, el predeterminismo y la teleología están presentes a lo largo de la novela. Y más aún con un personaje joven, apenas 23 años al final de la novela, tras la sentencia del proceso judicial en el que se ha embarcado, y con una madurez que, desde la ficción (ya no hablamos de la propia «realidad» del contexto histórico) resulta exagerada. O la manera en que el niño César de 9 o 10 años interactúa con su tío Gayo Mario, lo que este ve en su sobrino o lo que parece «intuir» o siquiera «presagiar» en un mocoso de buena familia, sí, pero un niño; el joven César de apenas 13-14 años, durante el gobierno de la facción populares liderada por su eventual suegro, Lucio Cornelio Cinna, o el de 18-19 años que se enfrenta al dictador Sila y sobre el que se pinta, como veremos más adelante, una imagen de prácticamente «el hombre más buscado» en Roma, exagerando una importancia que, aplicando la lógica, no tenía el personaje.

Pero, claro, si asumimos las leyendas que se construyeron a posteriori, empezando por la frase «veo muchos Marios en este joven» por parte de Sila, y que se ha asumido como certeza absoluta –pensemos con un poco de lógica: si Sila realmente pensara eso del joven César y anticipaba que daría muchos quebraderos de cabeza o sería un peligro para la estabilidad del régimen que el dictador estaba consolidando, ¿acaso no lo habría hecho desaparecer? Pero resulta más cómodo quedarse con la leyenda que anticipa al futuro del líder de los populares–; si lo hacemos y añadimos el carisma que ya «anticipamos» que el personaje tenía y deslumbraba; si vemos a César como un joven «abogado» talentoso, capaz de tretas para despistar a sus rivales en el juicio contra Dolabela, cómo no llegar a la conclusión de que César, ya desde joven, estaba predestinado al poder supremo. «Miradlo, ya con 23 años era capaz de poner nerviosos a Sila durante su dictadura y a los herederos del orden silano en el año y pico posterior a la muerte del dictador», nos viene a decir Posteguillo en su novela. Pero no cuela. No con este personaje tan conocido, no con una época que conocemos en detalle (aunque haya lagunas en algunos personajes o situaciones concretas) en la que había un orden de cosas y unas mentalidades y políticas que chocan irremediablemente con esa «actitud» del personaje, y de quienes le rodean.

El César de Posteguillo no es el César histórico, claro está, y por mucho que nos vendan la moto con la frasecita en la cubierta que reza «La verdadera historia de Julio César»; pero es que ni determinadas actitudes de Sila, o de Mario, y sobre todo del Pompeyo que el novelista, como dice en la «Nota histórica» final, sitúa como «un emergente líder de la facción conservadora en Roma»; cualquiera que se haya tomado la molestia de indagar un poco en las dos décadas posteriores a la muerte de Sila difícilmente etiquetará a Pompeyo como un líder emergente de la «facción conservadora en Roma»; líder emergente, sí, pero no de los optimates, que en esas dos décadas mencionadas (de hecho, durante toda su vida) lo temieron y despreciaron a partes iguales. Y es que volvemos a la teleología: «sabemos» que Pompeyo se enfrentará a César en la guerra civil de los años 49-45 a.C. y «sabemos» que se producirá el acercamiento a los optimates dirigidos por Catón, Bíbulo, Metelo Escipión y Domicio Ahenobarbo, entre otros, tras enviudar de Julia, hija de César, pero será de manera gradual. Causa y efecto, acción y reacción, no predeterminación. Sabemos el resultado final, pero eso no significa que, ni siquiera dentro de una ficción histórica, resulte plausible trasladarlo al pasado, a treinta años atrás, como Posteguillo anticipa en su novela.

 

V

Para quien haya leído noticias y entrevistas diversas en la prensa, Roma soy yo nos traslada a los años mozos de César. Pone el foco en la acusación que realizó contra quien fuera cónsul en el año 81 a.C. y procónsul en Macedonia entre 80 y 78, ganando un triunfo por una campaña contra los tracios a su regreso a Roma en 77. Precisamente tras ese regreso el joven César, que iniciaba su formación política en el Foro –aún faltarían unos años para iniciar el cursus honorum– inició un proceso contra Dolabela al que acusó de extorsión en la provincia. Dolabela fue defendido por Quinto Hortensio, el «Perry Mason» de la época (y futuro cónsul en 69 a.C.), y Gayo Aurelio Cota, tío materno de César (y cónsul poco después, en 75 a.C.).

La novela, pues, tiene su trama central en ese proceso judicial y en sus diversas fases, pero con constantes flashbacks (o analepsis, al tratarse de una novela) a algunas etapas del pasado reciente: el asesinato del tribuno de la plebe Lucio Apuleyo Saturnino en 100 a.C. –si bien Posteguillo, en uno de los numerosos errores históricos de su libro, sitúa en 99 a.C.–; la guerra contra (sobre todo) los teutones entre 104-102 a.C. y con Gayo Mario como comandante supremo y cónsul sucesivo de 104 a 100; los años previos a y durante la guerra civil de Sila contra Mario y Cinna; la Dominatio Cinnae (86-84 a.C.) y la espera del retorno de Sila desde Oriente; y la guerra civil inmediatamente a continuación, entre 83 y 82 a.C., y la dictadura silana hasta su retiro en 79 y su muerte al año siguiente. En todos estos episodios, se va mostrando, por un lado, las pugnas entre las facciones optimate y popular (si bien Posteguillo lo simplifica alrededor de unos pocos personajes alrededor de Sila y Mario, respectivamente); y por otra, la «biografía» de César (y su entorno familiar), de niño a joven acusador de Dolabela.

De este modo, presente y pasado se van alternando, y siguiendo una hoja de ruta, para mostrar cómo César llegó a ser el que era en esa etapa de juventud y, tras el juicio a Dolabela, partir a Oriente, con unos sucesos que se recrearán en detalle en sucesivas novelas. La idea de fondo de Posteguillo sobre su «héroe» queda enunciada en dos secciones: una inicial y de contextualización («Proemium») y otra final y de explicación por parte del autor («Nota histórica»).

En el «Proemium» –sobre algunos errores incidiremos más adelante– leemos:

«Apareció entonces un joven romano, patricio de origen, pero sensible a las reclamaciones de los populares y de los socii, que se percató de que había un cuarto grupo en liza [antes se mencionó a «populares, optimates y socii»], al que nadie prestaba atención aún: los provinciales, los habitantes de las nuevas provincias que Roma iba anexionándose desde Hispania hasta Grecia y Macedonia, desde los Alpes hasta África.

Este joven pensaba que las cosas tendrían que cambiar de una vez por todas, pero él apenas tenía veintitrés años y estaba solo. De hecho, muy pocos repararon en él hasta un juicio que tuvo lugar en el 77 a.C., donde este hombre aceptó intervenir como fiscal acusador, pese a su juventud.

(…) 

El nombre del joven e inexperto fiscal era Cayo Julio César» (la cursiva es mía).

Estamos ante una nota de contextualización inicial y de presentación del protagonista de la novela, pero el lector (y el propio autor) deben ser conscientes de que no tenemos la certeza de que el joven César «pensaba que las cosas tendrían que cambiar de una vez por todas». Como mencionamos antes, son escasos los datos que tenemos de César antes de iniciar su carrera política; y es lógico: la vida pública de un personaje de este tipo es lo que suele quedar por escrito y, sin fuentes que lo traten específicamente, cualquier ejercicio de tratar de «saber» qué «pensaba» ese personaje no deja de ser un ejercicio de especulación; y más en un joven de apenas 23 años, que está iniciando los primeros pasos que le llevarán, a los treinta, a optar al primer peldaño de la carrera pública, la cuestura. Pero ya podemos ver la visión teleológica alrededor del personaje, si bien se basa en la pura especulación.

En la «Nota histórica» se explican, «interpretan» e incluso «justifican» los hechos que se han relatado en la novela… y con esa aura de «historicismo» impostado a la que Posteguillo es muy aficionado: «Los acontecimientos posteriores mostraron que tal derrota [en el juicio de Dolabela], como se dice en la novela, no fue una derrota real, sino un punto de inflexión en la vida de César y en la historia de Roma» (la cursiva es mía). Lo que se escribe en una novela como, suponemos, esa «verdadera historia de Julio César» destacada en la cubierta, y teleología a saco. Ya previamente escribe en ese apéndice: «Sólo el tiempo haría ver a César y al resto de sus coetáneos que este juicio contra Dolabela, aunque lo perdiera, sirvió para que el pueblo viera en César a un nuevo líder popular, con arrojo, inteligencia y audacia, un perfecto sustituto de su tío Mario. Y eso es lo que se muestra en la novela» (la cursiva es mía). El tiempo visto a posteriori, podríamos decir. También más adelante, justo de la primera cita incluida en este párrafo, Posteguillo comenta: «Da igual que formalmente perdiera. Moralmente ganó, y desde el punto de vista de darse a conocer, este juicio marcó un antes y un después en su vida política» (la cursiva es mía). Ante la parquedad de datos sobre el personaje antes de su cuestura en 69 a.C., resulta aventurado, incluso en una nota final en una novela que trata de sentar cátedra, llegar a una conclusión tan palmaria.

No deja de ser una especulación, desde luego: no sabemos hasta qué punto el proceso a Dolabela sirvió políticamente a César, y más tratándose de una derrota. Que César reivindicó la figura y el legado de Mario, lo sabemos por el discurso pronunciado en el funeral de su tía Julia, viuda de aquel, pero eso fue en el año 69 a.C. Comenta Plutarco al respecto: «tuvo la osadía de sacar imágenes de Mario en el cortejo fúnebre (fue entonces la primera vez, después del gobierno de Sila, que se vieron imágenes suyas, pues Mario y su familia habían sido declarados enemigos públicos). Esto provocó que algunos comenzasen a gritar contra Cesar, pero el pueblo salió brillantemente en su defensa, recibiéndole con aplausos y admiración por haber, después de muchos años, devuelto por así decir del Hades a la ciudad los honores públicos de Mario» (Vida de César, 5, 2-3).

Aparte de que, entre los populares, hubo diversos paladines, tribunos de la plebe en particular y a lo largo de la década de 70 a.C., que lucharon por recuperar los poderes perdidos a raíz de la legislación silana. César no estuvo entre los que lo hicieron y el pueblo romano difícilmente pudo ver por su parte actos de reivindicación del «programa popular» en esos años o de la figura del propio Mario. Pero Posteguillo utiliza (desde la ficción, suponemos) el juicio contra Dolabela para que César haga un alegato «contra la corrupción y la injusticia» de los optimates en las provincias (en este caso, Macedonia), al tiempo que propone otra manera de hacer las cosas: la popularis. En el capítulo LXIII, escribe: «He anticipado que este proceso versa sobre nosotros mismos, sobre qué es Roma y qué justicia estamos dispuestos a tener, para nosotros y para todos aquellos sobre los que gobernamos. Y esto es muy importante porque podemos imponernos por la fuerza de nuestras armas en la conquista, pero sólo podremos preservar en el tiempo lo conquistado si sabemos mantenerlo por la fuerza de nuestra justicia para con todos, no con una justicia que sólo funcione para unos pocos». Y a continuación el novelista incluye una cita de Tucídides, en boca de Pericles (consúltese Historia de la guerra del Peloponeso, II, 37, 1-3), primero en griego y después traducida, pues «César no quería hablar sólo para los pocos jueces del tribunal que pudieran entender bien el griego, sino que quería hablar, es más, anhelaba hablar sobre todo para el pueblo de Roma representado en la multitud de ciudadanos congregada entre las cuatro paredes de la basílica Sempronia». Y por si no fuera suficiente con ese recuerdo del argumentario de los populares, «su» César declama:

«Examinemos, consideremos bien el significado de estas palabras. Puede que nosotros no demos el nombre de “democracia” a nuestra forma de gobernarnos y de gobernar a otros, pero bien cierto es que nuestras leyes apuntan en la misma dirección que promulga Pericles: velar por los intereses no de unos pocos, sino de la mayoría. O así las interpreto yo. E igual de importante, y estoy seguro de que en eso habrá consenso general entre todos los que hoy me escucháis: queremos ser modelos para otros y no imitar nosotros a otros. Y este punto es clave.

         (…)

Soy yo no ya el abogado de los macedonios, sino el abogado de la justicia, el abogado de todos los ciudadanos de Roma hartos de ver cómo un senador corrupto busca salir indemne después de haber cometido crímenes sin fin y después de haber enfangado el nombre de Roma allí donde ha gobernado y después, en consecuencia, de haber generado el caldo de cultivo para una rebelión y una guerra, en lugar de haber administrado la paz romana».

Que César se alineó con los populares, hasta cierto punto como «heredero» del legado de su tío Mario y sin duda por ambición personal, es evidente a lo largo de su carrera. Pero la influencia política que pudiera tener un muchacho de 23 años, de familia patricia y sin haber empezado el cursus honorum, era escasa. Comenta Plutarco (op. cit., 4, 4-5):

«En Roma su elocuencia como abogado [con posterioridad al caso Dolabela] le proporcionó un gran brillo y renombre, y tanto su afabilidad como la gracia de su conversación le granjearon una gran simpatía por parte de los ciudadanos, a los que adulaba con precocidad para su edad; además sus banquetes, su mesa y en general la brillantez de su modo de vida iban haciendo aumentar poco a poco su influencia en la vida política».

Simpatía, un nombre que estaba en boca de muchos, sus agasajos, la novedad del momento… pero ni tanto ni tan calvo; de ahí a que «el pueblo viera en César a un nuevo líder popular, con arrojo, inteligencia y audacia, un perfecto sustituto de su tío Mario», estaba por ver. De hecho, cuesta creer que el pueblo romano –no sólo la plebe, como Posteguillo a menudo confunde una cosa con otra– aceptara sin más lo que este César pronuncia al final de su alegato: «En este juicio no se juzga sólo a Dolabela y sus crímenes, como he dicho. En este juicio se juzga mucho más. Y no soy sólo el abogado de los macedonios. Soy el abogado de Roma. Los abogados de su defensa han intentado hacernos creer que Dolabela es Roma, pero no es así. En este juicio, Roma no es Dolabela, Roma no sois vosotros, jueces. Roma y el pueblo de Roma están representados por mí. Y es que hoy y ahora, Roma soy yo» (la cursiva es mía). Más que popularis, este César es populista… y no es lo mismo.

Y es que, como puede intuirse, Posteguillo sigue creando personajes protagonistas de cartón piedra, concebidos más para «hablar» de cara a la galería que para ser creíbles. Perfectos, ya desde la cuna, con un destino marcado y un aura de perfectibilidad que le restan credibilidad: César, y este César joven, era, como somos todos, personas en proceso de maduración. Cierto es que al morir su padre en 85 a.C., se convirtió en pater familias y esa maduración tuvo que adelantar algunos pasos. Como Escipión el Africano, desde muy joven se vio obligado a tomar decisiones, acertadas o erróneas, pero eso no lo convierte sin más en alguien que lo tiene todo claro. La pérdida del padre, en medio de un contexto de guerra civil latente, y lo que vino en los años inmediatamente después hasta el triunfo final de Sila, nos hace pensar en un muchacho que se vería superado por las circunstancias, como muchos otros personajes de familias senatoriales, y que tuvo que calibrar bien con quién aliarse y en quién poner su confianza.

El matrimonio con Cornelia afianzó la amicitia familiar con Cinna, padre de la muchacha, pero pondría a la familia, empezando por el propio César, en una situación comprometida. Plutarco nos dice cómo Sila ordenó a César divorciarse de Cornelia y le confiscó la dote; pero también comenta: «Al principio Sila, ocupado como estaba en innumerables asesinatos, no se preocupaba de Cesar»; ni él ni otros miembros de su familia estuvieron entre los proscritos por la lex Cornelia de proscriptione, proceso que se produjo durante los primeros meses de una dictadura con una extensa legislación. César hasta entonces no era importante para César, si acaso una ligera molestia en relación con el cargo de flamen Dialis.

Al respecto del despojo de este flaminado, de la huida de César y del perdón final por parte de Sila, las principales fuentes (Plutarco y Suetonio, casi dos siglos posteriores) narran el suceso con ligeras diferencias. No queda claro qué pasó con este importante sacerdocio: Plutarco no lo menciona, sí lo hace Suetonio, que especifica que lo recibió al año siguiente de la muerte de su padre (por tanto, en 84 a.C.). Según el relato del autor romano, Sila, «no halló medio de obligarle a repudiarla [a Cornelia]. Por este motivo, le despojó del sacerdocio, de la dote de su mujer y de los bienes heredados de su familia, y lo considero del partido contrario, de modo que César se vio incluso obligado a ocultarse y a cambiar de escondite casi cada noche, a pesar de que le consumía la fiebre cuartana, teniendo además que recurrir al soborno para librarse de los espías, hasta que obtuvo el perdón a instancias de las vírgenes vestales y de Mamerco Emilio y Aurelio Cota, sus parientes y afines. Es de sobras conocido que Sila, tras haberse resistido por algún tiempo a las súplicas de sus mejores amigos, personas del mayor relieve, y en vista de que seguían insistiendo, se dejó vencer al fin y exclamó, por inspiración divina o siguiendo algún tipo de conjetura, que de acuerdo, que se lo quedaran, pero que supieran que esa persona, cuya salvación con tanta ansia deseaban, algún día acarrearía la ruina al partido de los optimates, que junto con él todos ellos habían defendido; pues en César había muchos Marios» (Vida de los doces césares, I, 1, 2-3).

Plutarco, por su parte, añade que César «no dándose por contento, se presentó ante el pueblo para solicitar el sacerdocio, aunque era apenas un muchacho. Sila, oponiéndose en secreto, consiguió que Cesar fracasara en su intento y comenzó a pensar en hacerlo desaparecer; cuando algunos le decían que no tenía sentido matar a un muchacho de tan poca edad, él replicó que eran ellos los que no tenían seso si eran incapaces de ver en ese muchacho a muchos Marios. Cuando este rumor llegó a oídos de Cesar, fue a ocultarse durante bastante tiempo entre los sabinos, moviéndose de un sitio para otro; más tarde, cuando a causa de una enfermedad se hacía trasladar de noche a otra casa, cayó en manos de unos soldados de Sila que iban haciendo pesquisas por aquellos lugares para apresar a quienes se escondían. Cesar consiguió persuadir a Cornelio, el comandante del grupo, para que lo dejara libre previo pago de dos talentos, y acto seguido bajo a la costa y se embarcó para Bitinia con el fin de presentarse ante el rey Nicomedes» (Vida de César,1, 3-8).

 

VI

Dejemos claro que, aparte de lo que refieran las fuentes, un escritor puede narrar los hechos a su manera, pero siempre dentro de una cierta plausibilidad y en aras de la credibilidad del personaje; es más: en pos de la creación de un personaje sólido.

Permítaseme, una vez más, una digresión. Colleen McCullough escribió una saga de extensas novelas sobre la República romana entre los años 110 y 27 a.C., y precisamente empezó en unos años en los que, de sus primeros protagonistas Mario y Sila, sabemos poco o las fuentes son fragmentarias. A medida que se suceden las novelas y surgen hechos y personajes de los que tenemos más datos, la capacidad para inventar se limita, pero ello no impide, desde el talento literario, «crear» personajes con una profunda, matizada y gran personalidad; quizá no haya en la novela histórica un Sila literario que el recreado por McCullough, y eso es posible porque fue capaz de dotar de muchas aristas a un personaje sobre el que ha quedado una imagen peyorativa y que actúa y vive no como un malvado que persigue la consecución de un plan determinado, sino alguien que en su contexto decidió e hizo lo que sabemos, o lo que las fuentes nos dicen que hizo, por una serie de circunstancias y haciendo frente a las situaciones, problemas y obstáculos que se fueron presentando. Y no lo convirtió en un villano de película de acción ni en alguien plano; no hizo de él un arquetipo ni un monigote maniqueo, esclavo de sus ambiciones y pasiones (más o menos) secretas. No presentó tampoco la sociedad en la que vivió el personaje como una reduccionista imagen de la violencia más exagerada, la sexualidad más promiscua y la opulencia más ostentosa.

El Sila de McCullough, patricio y de buena familia, aunque empobrecida desde al menos dos generaciones atrás, se crio en la pobreza, pero aprendió a sobrevivir, y se rodeó de personas de extractos sociales bajos que los de su propia clase despreciaban, pero con los que al mismo tiempo también podían disfrutar de puertas para adentro. Es un personaje ambicioso y con la suficiente inteligencia, arrojo y don de la oportunidad para medrar y llegar a lo más alto. Y es alguien que reconocemos en las fuentes, pero no se ve limitado por ellas, pues hay muchos vacíos en las mismas que se pueden rellenar para crear una personalidad rica en matices y verosímil en sus actitudes y, sobre todo, en las mentalidades de la época en que vivió. La novelista australiana fue capaz de, a partir de una escueta serie de datos, rellenar el panorama general y recrearse en la pequeña distancia, legando así una saga de novelas que, con mayor o menor calidad entre ellas, pintar un lienzo sobre el último siglo republicano que, incluso hoy en día, ha deleitado a varias generaciones de lectores.

Y lo ha conseguido porque ha sido capaz de respetar, interpretando a menudo y especulando en algún momento, el tapiz que ha llegado a partir de las fuentes clásicas. Su relato se nutre del detalle en prácticamente cualquier aspecto de la cultura material y llena secuencias con diálogos naturales y plausibles en boca de personajes que no actúan como autómatas ni declaman como malos actores de teatro, sino como personas. Nos muestra sesiones del Senado en la que se escuchan largos discursos y se observan animadas asambleas del pueblo romano en las que se presentan y aprueban leyes, se presentan candidatos a las magistraturas y se ve cómo funcionan las instituciones romanas. Leemos discursos de defensa o acusación en determinados procesos judiciales y se recrean casos de los que apenas han llegado unos pocos datos. Con excepciones, y a diferencia de Posteguillo, que ha creado una seña de distinción con ello, McCullough no se interesa por la narración de batallas, pero sí presenta el camino que conduce a ellas y el resultado de los combates, sobre todo cuando afectan al funcionamiento de la República romana y a la carrera política y militar de determinados personajes, los que por un momento o durante un largo período serán los «señores de Roma». Y sobre todo lo hace sin presentismos ni paralelismos con la actualidad, con erudición, pero sin pedantería, construyendo a partir de las fuentes y guardando después el andamiaje de la obra. No ha tenido necesidad de mostrar sus fuentes (aunque un lector avezado puede seguir el rastro de migas de pan); y si el lector está interesado en bibliografía, le sugiere que le escriba al editor.

Los personajes de Posteguillo, por desgracia para el lector, carecen de profundidad y solidez, y suelen ser unidemensionales: los buenos son muy buenos –aquí, César (sobre todo), Mario y Cornelia–, y los malos muy malos –Sila y Dolabela, especialmente–, y luego queda una pléyade de secundarios de lujo, al servicio de los protagonistas: Aurelia, Labieno, Pompeyo, Hortensio, Cota, Lúculo, que a menudo sirven a otros, buenos y malos, como paredes en las que rebotar sus ideas o decisiones, y que en ausencia de los personajes principales apenas tiene más desarrollo. Al margen quedan los personajes ficticios, en este caso los macedonios que han sufrido los abusos de Dolabela o serán testigos de César en la acusación del caso: los agraviados Pérdicas, Aéropo, Arquelao y, especialmente, Myrtales, y Orestes, el sacerdote del templo de Afrodita en Tesalónica; Myrtale servirá, de hecho, con un elemento fantástico para «concluir» el caso cuando la justicia romana no sea suficiente.

Sila se erige en el principal villano de la novela, caracterizado prácticamente como tal desde el inicio. Como Fabio Máximo en la trilogía escipiónica. Sila obstaculiza a César, una vez asumido el poder supremo, y le persigue de modo prácticamente enfermizo desde entonces. Dolabela, una vez ausente Sila y acusado por César por sus abusos en Macedonia, relevará a Sila como su némesis, mientras que Pompeyo se anticipa como su futuro enemigo. Que haya que saltarse lo que sabemos de los personajes por las fuentes no parece importar a Posteguillo, que vuelve a hacer gala del maniqueísmo tan propio de sus personajes, sobre los que se carga las tintas como villanos o se exagera sus virtudes si se trata de los héroes, como sucedió en novelas anteriores con Escipión, Trajano y Julia Domna. Centrémonos en el villano de esta novela: Lucio Cornelio Sila.

En el capítulo LVII Sila convoca a César (acompañado de Labieno) a su casa, donde también está presente Dolabela. César, ante el ofrecimiento del dictador de unos frutos secos («Tenéis hambre?», responde: «Hambre sí tenemos: hambre de libertad… clarissimus vir». Claro que sí, hombre... Cuando César se niega a divorciarse de Cornelia, Sila lo abofetea –Labieno muestra ademán de intervenir, «pero vio cómo emergían de entre las sombras de las cuatro esquinas del atrio decenas de legionarios armados desenvainando sus gladios»; ojo, «decenas» de soldados (Posteguillo se empeña en llamarlos siempre «legionarios») en el atrio de una domus, no una mansión enorme–; César persiste en su negativa, pero le sorprende que «Sila mostraba hacia su nombramiento como flamen Dialis. Eso no había entrado en sus cálculos». Curioso, porque si Sila consideraba ilegal su designación, qué respeto iba a mostrar hacia su persona; de hecho, en el siguiente capítulo, el LVII, el propio César dice: «En cualquier caso, no reconocía mi nombramiento de flamen Dialis porque no acepta como legales ninguna de las leyes ni nombramientos de Mario o Cinna». Sila le responde:

«Me desprecias porque te crees mejor que yo, que él [señala a Dolabela] (…). Te crees mejor que todos los senadores optimates. Crees que tienes una superioridad moral sobre todos nosotros porque te preocupas de la escoria de Roma, de todos esos harapientos que no son patricios, que son pobres, que han nacido para servirnos, como todos los habitantes de Italia que claman por una ciudadanía que no merecen. Te crees mejor que yo, te consideras más justo, más sabio, mejor romano que yo. Pero ni eres más justo ni más sabio ni mejor romano. Llevas la sangre de tu tío en las venas: el mayor traidor que Roma haya conocido nunca, dispuesto a acabar con el orden natural de las cosas, pero para esto estoy yo, para devolver todo a su estado lógico, donde las familias patricias más antiguas mandamos, dirigimos y conducimos el Estado romano. Para eso estoy yo, para establecer un nuevo orden me aseguraré de que el disenso deje de existir, y para ello estoy dispuesto a aplicar tanta fuerza y violencia como sean necesarias. Me desprecias por me impongo con violencia» (la cursiva es mía).

Hay bastante que decir sobre este diálogo. Para empezar, Mario no era tío carnal de César, sino el marido de su tía Julia, ¿qué sangre suya va a tener César en sus venas? A continuación, el César de esta escena apenas tiene 18 o 19 años, difícilmente sería ya conocido por preocuparse «de la escoria de Roma, de todos esos harapientos que no son patricios, que son pobres, que han nacido para servirnos, como todos los habitantes de Italia que claman por una ciudadanía que no merecen». Sila no es Coriolano, el personaje legendario de las primeras décadas de la República, más de cuatro siglos atrás, que despreciaba abiertamente a la plebe; en la época de Sila, la lucha entre patricios y plebeyos ya no está en la mesa de discusión, con el tiempo (mucho tiempo) se formó una nobilitas patricio-plebeya, que además se nutriría de itálicos que recibieron la ciudadanía: pensemos en los Claudios, por ejemplo, de origen sabino y que, según la tradición, entraron en el patriciado un poco antes del establecimiento de la República.

El Sila de Posteguillo, también su Dolabela, son personajes anacrónicos para esta época: de Sila sabemos que procedía de una familia empobrecida y que hacía décadas que no alcanzaba el consulado; el Sila histórico se crio entre la plebe, gozaba de gustos «populares» que muchos senadores optimates despreciarían y sobre todo era consciente de los cambios producidos en la sociedad romana en el último siglo. Alguien, pues, de su época, no alguien que pretendiera restablecer la preponderancia patricia… que en esos años 80 a.C. ya no estaba en la agenda política. El Sila histórico quiere volver a los tiempos inmediatamente anteriores a los Gracos y Saturnino, no a la época previa a las leyes Licinias-Sextias (367 a.C.), que garantizaban al menos uno de los dos cargos de cónsul a un plebeyo, o a la lex Hortensia (287 a.C.), por la que los plebiscitos (o deliberaciones de la plebe) afectan a todos los ciudadanos romanos, patricios y plebeyos. Este Sila histórico, pues, aun imponiéndose por la fuerza de las armas, respeta la tradición y las leyes de siglos atrás, pero quiere preservar el dominio del Senado (formado por patricios y plebeyos) por encima del vaivén de legislaciones aprobadas por tribunos de la plebe en el concilium o asamblea plebeya (luego volveremos sobre aspectos básicos de la sociedad y las instituciones romanas que Posteguillo no parece entender).

Regresamos a esta escena (capítulo LVII). Sila tienta a César: «Pero yo, a diferencia de ti. No te desprecio. Sé juzgarte en tu auténtica dimensión. Veo lo que hay en ti y lo quiero a mi lado. Nosotros, las grandes familias senatoriales, necesitamos a lo mejor de Roma con nosotros en este nuevo orden, pero para ello has de jurarme sumisión y lealtad absoluta, empezando por divorciarte de la hija de Cinna y desposándote con quien yo designe. Te estoy dando una oportunidad, muchacho, mucho más de lo que seguramente mereces». César le responde: «Yo no soy como tú, clarissimus vir, y preveo que, bajo tu régimen, nunca seré senador. Y lo siento. Ya entiendo que mi carrera política no llegará ni a iniciarse con lo que digo, pero, aun así, no pienso divorciarme de Cornelia». La familia de César es de rango senatorial: cuando, más adelante, gane la corona cívica en el asedio de Mitilene o acceda a la cuestura (ambas circunstancias sucederán), entrará directamente en el Senado. Pero es que, bajo «el régimen de Sila», César nunca en el Senado, básicamente porque no reunía los requisitos para hacerlo; y eso el personaje lo sabría, no parece que el autor esté al tanto.

Para Posteguillo, César es una amenaza directa a Sila, que asume su destrucción como una misión  personal. «(…) he jurado que este nuevo orden no será amenazado por ningún familiar de Mario. Me queda la cuestión de Sertorio, el veterano lugarteniente de tu tío, atrincherado en Hispania, que resolveré, no lo dudes, y me quedas tú, aquí, en Roma». Sertorio y un patricio que aún no es nadie, he ahí las amenazas al «nuevo orden» silano. Más adelante, César opta a un puesto en el colegio de los quindecemviri sacris faciundis (no «faciendis», como escribe; otro colegio sacerdotal), pero Sila amaña las elecciones para impedir ser elegido. «Aislarlo paso a paso, ir estrechando el cerco en torno a él, despacio. Es como asfixiarlo poco a poco. Es más divertido», le dice a Dolabela. Por consejo de su madre Aurelia, César huye. En el capítulo LIX, al recibir esta noticia, Sila dice: «No debería haberse presentado a esas elecciones habría escapado con lo que tenía de reputación intacta ante los suyos [¿qué reputación tiene un muchacho de 19 años?, te preguntas como lector]. Pero fueran como fueran las elecciones, limpias o amañadas, sus seguidores han visto que no tiene nada que hacer contra mí, contra nosotros, que son muchas ansias y muchas ínfulas, pero poca inteligencia». Inteligencia, dice… Inmediatamente a continuación, escribe:

«Dolabela asintió varias veces. Todo lo que decía Sila, como siempre, tenía perfecto sentido.

—¿Cuántos legionarios tenemos en Italia? 

—Ciento veinte mil —respondió Dolabela. Todo el ejército que habían empleado contra Mitrídates en Oriente y que habían usado luego contra los populares durante la guerra civil, añadiendo las legiones de Ancona, seguía establecido en Italia para asegurar la consolidación del régimen de Sila.

—Bien. Que lo busquen todos. Quiero a César vivo o muerto en mi casa. De rodillas ante mí o su cadáver a mis pies. Que lo cacen. Como se caza a los lobos o a la peor de las alimañas».

Cuesta mucho no soltar una carcajada ante este diálogo. Veamos: un prácticamente don nadie como era el joven César de 19-20 años, que no supone una amenaza real (¿qué influencia política tiene y más en una Roma en la que los partidarios de los populares han sido derrotados y purgados a conciencia?) y que se ha quedado sin prácticamente recursos al serle confiscada la dote de su esposa, ¿va a ser buscado por 120.000 soldados? ¿Por todos? Eso para empezar. Luego está, y aún más importante, que Sila, ese momento, no tendría 120.000 soldados en Italia: dejó a dos legiones en Asia bajo el mando del propretor Marco Licinio Murena, ahora legado (Apiano, Historia romana: Sobre Mitrídates, 64), y con ellas iniciaría una particular guerra contra el rey póntico. El grueso de esos «ciento veinte mil legionarios» fue desmovilizado y se les otorgó tierras arrebatadas a las ciudades y pueblos itálicos que persistieron en su lucha contra Roma en los años 83-82 a.C., como también nos cuenta Apiano: «Asentó como colonos en la mayoría de las ciudades a los que habían servido a sus órdenes como soldados, a fin de tener guarniciones por Italia, y transfirió y repartió sus tierras y casas entre ellos. Este hecho, en especial, los hizo adictos a él, incluso después de muerto, puesto que, al considerar que sus propiedades no estaban seguras, a no ser que lo estuviera todo lo de Sila, fueron sus más firmes defensores, incluso cuando ya había muerto» (Historia romana; guerras civiles, I, 96). Y es que no tienes más de cien mil soldados desperdigados en Italia: ¿dónde, en particular? ¿Quién se encarga de su manutención y de las pagas? ¿Quién impide que no hagan desmanes contra la población local? Y, sobre todo, ¿con qué propósito? No tiene sentido alguno… a menos que sea el «perfecto sentido» que este Dolabela le atribuye a este Sila, claro. 

Finalmente, en el capítulo LX, Sila se aviene a perdonar a César tras mantener una reunión con Dolabela y Pompeyo. Los argumentos de estos dos no pueden ser más dispares: para Dolabela, «la habilidad de ese joven César de desvanecerse una y otra vez y no ser arrestado nunca empieza a ser un problema. Es como si estuviera abriendo otro frente popular contra nosotros en Italia [¿perdona?]. Sin apoyo militar, sólo político, y relativamente escaso, pero quizá sería cuestión de considerar… […] Sí, sería quizá oportuno plantearnos su perdón»; para Pompeyo: «Yo coincido con Dolabela […]. César no es nadie. Con esta larga e interminable persecución infructuosa sólo engrandecemos su figura, como ya han apuntado Craso y Metelo esta jornada». Sila no opina igual: «Por Júpiter Óptimo Máximo, qué simples podéis llegar a ser los dos… y todos los demás»; lo dice el tipo que ordenó poner a «ciento veinte mil» legionarios a «cazar» al joven César. Y agarraos que vienen curvas: «Estamos hablando del sobrino de Cayo Mario, el más terrible enemigo que ha tenido la aristocracia romana jamás. Cayo Mario estuvo a punto de destrozarnos, de acabar con el poder de los senadores. Parece que lo olvidáis, cuando no hace ni un año que luchábamos contra sus hombres en Italia. Y, como decís, sus partidarios aún están combatiendo contra nosotros en Hispania al mando de Sertorio» (la cursiva es mía).

Sólo en un simplismo para vender libros de «buenos contra malos» se olvidará que Mario también era senador y con mucha ambición personal, por cierto. Una cosa es defender un programa popularis –y hasta cierto punto en el caso de Mario, cuya habilidad política era, en cierto modo, inversamente proporcional a su destreza militar– y otra querer «acabar con el poder de los senadores»; cuando se entra en una dinámica de blanco o negro, y esta se explota al máximo, no sea que el lector se pierda en los matices –y el mundo está a rebosar de matices–, es «lógico» presentar un régimen republicano en el que sólo hay senadores muy conservadores por un lado y otros (también senadores) muy opulistas; por esa regla de tres, Tiberio y Gayo Sempronio Graco, nietos de Escipión el Africano, eran «revolucionarios», ¿no? Y eso si no nos ponemos a analizar qué tenía de «revolucionaria» la reforma agraria de Tiberio o la legislación judicial de Gayo, por poner dos ejemplos.

Aunque no quiere, Sila perdona a César y con una razón bastante peregrina: «Sea, concederé el perdón a ese maldito Julio César. Sin embargo, mi único motivo para tomar esta decisión es que no hagamos más el ridículo, pues, y en eso Cneo Dolabela tiene razón, cada día que pasa y que nuestros ciento veinte mil legionarios son incapaces de arrestarlo quedamos en evidencia. No quiero contribuir a engrandecer su figura, a crear una leyenda de alguien que, ciertamente, por el momento, no es nadie. Ni ha intervenido en ninguna causa pública de renombre ni ha participado en acción bélica alguna, eso es verdad» (la cursiva es mía). Como dicen los clásicos: cágate lorito; o en román paladino: a buenas horas mangas verdes.

En este mismo capítulo LX y a continuación de lo antes citado, el Sila posteguillano profetiza:

«Todos se equivocan con respecto a ese al que todo consideráis insignificante, porque si no muere joven, crecerá y se hará fuerte y entonces todos correremos un gran riesgo. Pero yo soy perro viejo. Seréis vosotros, tú, Dolabela, o tú, Pompeyo, los que os las tendréis que ver con ese de quien tanto os reís ahora, de ese a quien tanto menospreciáis ahora. Ya no será entonces de mi incumbencia. Mi rabia, mis entrañas, me piden seguir la caza, pero mi razón me dicta que el perdón, a corto y medio plazo, me dará sosiego en los últimos años de mi vida, pues así cortaré de raíz, por un tiempo, la leyenda de que ese César es irreductible. Contra las leyendas es imposible luchar. Hay que actuar siempre para evitar que el enemigo tenga leyendas en las que creer, en las que encontrar esperanza. Sin leyendas no hay esperanza, y sin esperanza, entonces sí, el enemigo está, por fin, completamente derrotado. Por eso perdonaré a César aquí y ahora, pero recordad bien mis palabras: ¿por qué no deberías despreciar a ese joven Julio César?» (la cursiva es mía).

Teleología en vena. Entonces añade suspense: «Sila calló un instante, que aprovechó para tomar un buen trago de vino. Acto seguido dejó la copa sobre la mesa frente a su triclinium y, primero a uno y luego al otro, miró fijamente a los ojos de Dolabela y Pompeyo». Y la frase: «Nam Caesari multos Marios inesse». En latín, claro; si el lector quiere (en realidad, necesita) saber lo que significa, consulte la nota (la número 39).

 

VII

Además de todas estas derivaciones «historicistas» a las que Posteguillo no resiste la tentación de caer –y no es la primera vez que lo hace–, los personajes históricos como Sila, Dolabela, Pompeyo, Hortensio o incluso un Cicerón que aparece en plan «cameo», no dejan de ser monigotes unidimensionales y sin matices, como anticipábamos antes. Sobre Pompeyo hablaremos más adelante, pero el Lucio Cornelio de Sila o Gneo Cornelio Dolabela son reducciones muy simplonas del villano de turno; como lo eran Fabio Máximo en la trilogía escipiónica, Adriano en la trajanea o Plauciano y Caracalla en el díptico de Julia Domna. Villanos con defectos morales muy marcados para que el héroe de turno –entonces Escipión y Julia Domna, ahora César– «brille» y destaque: un héroe solar muy descafeinado frente a un malvado que no deja de ponerle obstáculos o que buscará su destrucción. Un héroe arquetípico en clave junguiana, pero escaso de matices (como sus villanos), con perfecciones que se alternan con aparentes debilidades, pero que en realidad no son tal: sólo una excusa argumental para postergar brevemente lo «inevitable»: la perfección.

Así, en el capítulo LXIX, durante el asedio de Mitilene (81 a.C.), el joven César, por entonces tribuno militar, se queda paralizado de miedo. Encargado de encabezar una acción militar prácticamente suicida por parte del propretor y gobernador de Asia, Marco Minucio Termo, y el procuestor Lucio Licinio Lúculo, que comandaba la flota romana, a César le entra el pánico. Su fiel amigo Labieno no sabe qué hacer. Leamos lo que escribe Posteguillo:

«En ese momento, a Labieno se le ocurrió una cosa. Se acercó al oído de César y le musitó seis palabras:

—Eres el sobrino de Cayo Mario.

Aun así, ni eso parecía funcionar: el sobrino de Mario continuaba como una estatua, paralizado, y con esa inmovilidad de César, la historia del mundo quedó… detenida» (la cursiva es mía).

Leí estas frases cuando caminaba por la calle (costumbres que tiene uno), y … me detuve; pasmado, claro.

Pero este pánico poco puede durar, claro, y en el inicio del capítulo LXXI leemos: «[Labieno] No dudaba de su valor, pero era el primer combate y nadie sabe nunca cómo va a responder frente a la lucha real cuando ésta llega. Labieno había visto a su amigo entrenándose en el Campo de Marte en Roma y, luego, en los campamentos militares por donde habían estado y donde había concluido su adiestramiento. César era bueno en todo: en la lucha cuerpo a cuerpo, en velocidad, en pericia y en resistencia a la hora de los ejercicios físicos. Si superaba aquel ataque de pánico inicial, Labieno estaba seguro de que César lo haría bien» (la cursiva es mía). Se dirá que una cosa es el entrenamiento y otra cosa el combate real, pero ¿era necesario crear una «crisis» que sabemos perfectamente que no impedirá que se cumpla la hoja de ruta (teleológica) marcada por el autor desde el principio a y a partir del ventajismo de saber que César acabó por ganar una corona cívica? Lo que queda es mostrar cuán perfecto es «en realidad» un personaje, capaz de superar una parálisis por miedo, que, de todos modos, tampoco fue para tanto.

Hay que llenar páginas para crear una falsa tensión y mantener en vilo a un lector al que, por otro lado, tampoco hace falta ponérselo muy arriba. De hecho, los títulos de los capítulos dejan meridianamente claro lo que se va a encontrar el lector, ni más ni menos. Así, en esta sucesión de sucesos que forman la «Memoria quinta. Labieno» (capítulos LXIV-LXXIII) los títulos de cada sección destripan al lector lo que va a leer: «La tierra de Safo», «Las órdenes de Lúculo», «La exterminación de César», «Una misión imposible», «Un mensajero», «El miedo de César», «Los ojos de Roma», «La vida de un amigo», «Las órdenes de César» y «La corona cívica». O el planteamiento de una subtrama durante el juicio de Dolabela, en la que surge un contratiempo –la defensa parece conocer en detalle la estrategia de César como acusador y descalifica con argumentos bastante endebles, la verdad sea dicha, a sus testigos– y el joven protagonista descubrirá que alguien le ha traicionado. El título en el que se descubre eso, el LIII («La traición de quien más quieres») deja intuir al lector de quién salió todo, como se dejó entrever brevemente en el capítulo LI; ni siquiera hay que sumar dos y dos son cuatro para descubrir quién ha cometido la «traición».

Tampoco es algo nuevo en las novelas de Posteguillo, que no destacan por tramas elaboradas, sino por más bien ser una yincana o pantallas de un videojuego, con pruebas o retos que superar, de modo que el héroe o la heroína de turno alcance un triunfo final que el lector más o menos informado (hablamos de personajes históricos) ya conoce. Apenas hay una intriga desarrollada, se trata de llenar páginas y páginas con una acción escasamente trabajada, con personajes maniqueos (buenos muy buenos, malos muy malos) y situaciones que apenas aguantan dos o tres capítulos. Y así durante prácticamente toda la novela.

 

 

VIII

Esta novela, como las anteriores del autor, aporta bibliografía; lo mencionamos al principio: ya es habitual añadir una relación de referencias bibliográficas, como si una novela histórica fuera una monografía o un ensayo histórico en los que el autor, generalmente un historiador, muestra sus fuentes. La confusión de géneros lleva a estas prácticas en la novela histórica que cada vez más rozan el ridículo. En este caso tenemos 142 referencias bibliográficas (no supera las 163 de Yo soy Julia); hay monografías de no ficción que no tienen ni la mitad. Suficientes, se dirá, para que la novela tenga una base documental contrastada y sin errores. Lamentablemente, no es así: nos encontramos con errores de bulto, manipulaciones y tergiversaciones de datos, e incluso invenciones sobre hechos históricos fácilmente comprobables. Sería harto cansino, y esta «reseña» se está alargando, comentar todos los detalles en los que el autor patina sin necesidad alguna, pero es de justicia señalar algunos.

En el «Proemium», a modo de contextualización histórica de la novela, el autor escribe: «la Asamblea del pueblo romano, liderada por sus máximos representantes, los tribunos de la plebe»; más adelante leemos: «La Asamblea de Roma terminaría eligiendo nuevos tribunos de la plebe, una y otra vez, intentaría poner en marcha las reformas promovidas por los Gracos años atrás». Cualquier estudiante de historia antigua sabe que en la Roma republicana había tres asambleas que reunían al pueblo romano, patricios y plebeyos: los comicios centuriados (el «pueblo en armas», por centurias a partir de las cinco clases censitarias), los comicios tributos (por tribus territoriales) y los comicios curiados (una institución originada en la época monárquica y que se reunía para algunos, muy pocos, actos formales); y también estaba el concilium plebis, la asamblea exclusiva de los plebeyos, convocada (y no «liderada») por los tribunos de la plebe, y cuyas decisiones (plebiscita) tenían vigencia para todo el pueblo romano. Ya me dirá el lector si esto que acabo de escribir en unas pocas frases y de manera sencilla no podría haberse incluido en la novela y no esa tergiversada (cuando no errónea) simplificación.

En ese mismo capítulo, sobre la muerte de Tiberio Sempronio Graco, Posteguillo escribe: «(…) pero el Senado envió decenas de sicarios a emboscarlo en la explanada del Capitolio y fue asesinado a plena luz del día a mazazos». Se repite la manipulación de lo que rezan las fuentes. Tenemos dos sobre la muerte de Tiberio Sempronio Graco. Empecemos por Plutarco, y en la misma edición que cita Posteguillo en la bibliografía de su novela:

«Sus adversarios, al verlo, corrieron al senado a anunciar que Tiberio pedía la diadema y que este era el sentido de que se tocara la cabeza. Todos, entonces, armaron alboroto. Nasica pedía que el cónsul socorriese a la ciudad y acabara con el tirano, a lo que aquel respondió, con mucha calma, que no se tomaría ninguna iniciativa por la fuerza ni se ejecutaría a ningún ciudadano sin juicio; ahora bien, si el pueblo votaba algo al margen de la ley convencido u obligado por Tiberio, no lo tendría por valido. Levantándose Nasica, dijo: “Una vez que el cónsul traiciona a la ciudad, vosotros, que queréis salvar las leyes, seguidme”. Y al tiempo que decía esto, colocando en tomo a su cabeza un borde de la toga, marcha hacia el Capitolio. Todos los que lo seguían, con la toga enrollada en el brazo, empujaban a los que los estorbaban y nadie se oponía a hombres de esa dignidad, sino que se apartaban y se pisaban unos a otros. Los que los acompañaban llevaban mazas y palos de sus casas; ellos mismos, cogiendo los trozos y las patas de los asientos destrozados por la muchedumbre que huía, marchaban contra Tiberio golpeando al tiempo a los que estaban delante de el, causando su derrota y provocando una matanza. Al propio Tiberio, cuando huía, lo agarro uno de la toga; soltándola y huyendo solo con la túnica, se cayó y fue a dar junto a algunos que había sido abatidos antes que él. Cuando se levantaba, Publio Satureyo, uno de sus colegas, a la vista de todos y el primero, lo golpeo en la cabeza con la pata de un asiento. De la segunda herida se reclamaba autor Lucio Rufo, como queriendo señalarse con una gran hazana» (Vida de Tiberio Graco, 19, 3-10).

Como pude observarse, hay notables diferencias: no hubo sicarios enviados por el Senado para asesinar a Graco (¿en qué cabeza cabe?), sino que todo surgió espontáneamente (o más o menos preparado) por parte de una pequeña facción, liderada por Publio Cornelio Escipión Nasica, primo de Graco, y que el primero en golpear a Graco fue otro tribuno de la plebe, Publio Satureyo; no cuesta nada consultar la relación de tribunos de la plebe, año por año, en la mismísima Wikipedia, que parte del trabajo de T. Robert S. Broughton, The Magistrates of the Roman Republic, 1952).

La otra fuente es Apiano y en su historia de las guerras civiles leemos:

«Una vez que tomaron las resoluciones que les parecieron oportunas, emprendieron la subida al Capitolio. El primero que abría la marcha era el pontífice máximo Cornelio Escipión Nasica, el cual gritaba con fuerte voz que le siguieran todos aquellos que quisieran salvar a la patria. Y se plegó en torno a su cabeza la extremidad de la toga, sea para inducir a mucha gente a seguirle por medio de este signo externo de la dignidad de su cargo, sea haciendo de ello, para los que le viesen, un símbolo de la guerra, cual si de un yelmo se tratase, o sea para ocultarse a sí mismo de los dioses por lo que se disponía a hacer. Cuando llegó al templo y corrió al encuentro de los partidarios de los Gracos, éstos retrocedieron como impresionados ante la dignidad de un hombre insigne y, al mismo tiempo, al ver que le seguía el senado. Los senadores, tras arrebatar las estacas a los partidarios de Graco y romper cuantos bancos y demás mobiliario había sido llevado como para una asamblea, los golpearon, persiguieron y arrojaron por los precipicios. En medio de este tumulto perecieron muchos partidarios de los Gracos, y el mismo Graco, cogido en los alrededores del templo, fue muerto junto a sus puertas, al lado de las estatuas de los reyes. Y todos sus cuerpos fueron arrojados de noche a la corriente del río» (Historia romana: guerras civiles, I, 16).

Con esto sólo queremos decir una cosa: nadie obliga a nadie a escribir esto o aquello en una novela; pero, ya que uno se pone (y ya que parece que se documenta), lo correcto es no inventar o tergiversar lo que las fuentes dicen. Y eso que Posteguillo es muy dado a incluir citas textuales de autores griegos y romanos en sus novelas. Nadie lo pide, pero si el propósito es pedagógico, qué mejor razón para no inventar o manipular las fuentes. Somos conscientes, lo comentamos antes, que llega mucho más lejos lo que se lee en una novela histórica que en un ensayo especializado, o en este caso las fuentes primarias, que quizá un lector profano no conozca. Tiene más permanencia, aunque no debiera ser así: a riesgo de repetirnos, una novela debe entretener, no «enseñar», ni siquiera divulgar; puede (y de hecho es muy de agradecer) que pique la curiosidad del lector, que le abra el apetito y le lleve a indagar en obras más adecuadas sobre aquello que, desde la ficción histórica –ficción, sí, verosímil [que no veraz] y plausible, y a partir de una base histórica, contrastada y cierta en sus principales elementos– ha leído y le ha interesado lo suficiente como para ir más allá. Me temo que Posteguillo olvidó hace tiempo, si es que alguna vez lo tuvo claro, qué está escribiendo: novela o historia novelada, o ni quizá ninguna de las dos. Y en estos tiempos en que, parafraseando a Zygmunt Bauman, todo es tan «líquido» –o, también en clave moderna, se ha impuesto la «posverdad»–, resulta desolador constatar cómo la confusión de géneros produce mamotretos como el que comentamos (y los ocho anteriores) en los que la Historia, con mayúsculas, es utilizada toscamente para crear novelas de escasa calidad. Como esta misma.

Comenta Posteguillo en ese mismo «Proemium»: «Roma estaba partida en tres: populares, optimates y socii». Simplismo llevado al extremo, incluyendo a unos aliados itálicos, los socii, que no teniendo la ciudadanía romana plena (sólo en derecho latino) difícilmente pueden ser incluidos en «Roma» antes de la guerra de los años 91-88 a.C. y, durante la misma, las leges Iulia de Civitate Latini et Socii Danda y Plautia Papiria de Civitate Sociis Danda que les garantizaban esa plena ciudadanía. Lo dicho: puestos a meterse a «historizar», hágase con buen criterio.

Sigamos. En la primera de las analepsis de la novela –«Memoria prima. Aurelia»– encontramos que se ubican unos hechos, el linchamiento de Lucio Apuleyo Saturnino, en un año («99 a.C.») que no fue, pues tuvieron lugar en el presente, el 100 a.C., cuando Gayo Mario fue cónsul por sexta vez y, obligado por un senatus consultum ultimum, tuvo que actuar contra Saturnino y Gayo Servilio Glaucia. Posteguillo limita los hechos a ambos personajes, ninguno más, cuando sabemos que el tribuno de la plebe y el aspirante al consulado actuaron con más personas. Apiano es claro al respecto; después de que Saturnino y Glaucia utilizaran a unos sicarios para asesinar a un candidato consular, Gayo Memio:

«La asamblea se disolvió presa del miedo, pues no existían ya ni leyes, ni tribunales, ni el menor sentido del pudor. El pueblo, al día siguiente, corrió a reunirse, lleno de cólera, con la intención de matar a Apuleyo. Pero éste, tras reunir a una masa de gente procedente del campo, se apoderó del Capitolio junto con Glaucia y el cuestor Gayo Saufeyo. El senado decretó la muerte de ambos y Mario, a pesar suyo, armó, no obstante, a algunos hombres con cierta vacilación. Mientras él se demoraba, otros cortaron el suministro de agua al templo, y Saufeyo, a punto de morir de sed, propuso incendiarlo, pero Glaucia y Apuleyo, en la creencia de que Mario los socorrería, se entregaron los primeros y, tras de ellos, lo hizo Saufeyo. Mario, cuando todos le exigían de inmediato que les diera muerte, los encerró en el edificio del senado con la idea de tratar con ellos de una forma más legal. Los demás, sin embargo, juzgando que se trataba de un pretexto, levantaron las tejas del techo del edificio del senado y asaetearon a los secuaces de Apuleyo hasta que los mataron incluyendo a un cuestor, a un tribuno de la plebe y a un pretor, que conservaban todavía los atributos de su cargo» (Historia romana: guerras civiles, I, 32).

Posteguillo, en la mejor «tradición» del cherry picking, coge lo que le interesa de las fuentes para crear una «trama»: en su novela, solamente Saturnino es encerrado en la curia senatorial y Dolabela, con un grupo de asesinos contratados –siempre hay «sicarios» al servicio de los villanos de esta novela y en muchos momentos de la misma–, se encargará de asesinar al tribuno. Sólo a él. ¿Por qué? Pues para presentar a este personaje y marcar su «maldad» desde el principio, como la de Lucio Cornelio Sila.

Antes de que suceda eso, en el capítulo IV, Mario acude a casa de Quinto Cecilio Metelo, hijo de Metelo Numídico, rival del cónsul, y que pronto añadirá el cognomen Pío a su nombre, para pactar el regreso de su progenitor, exiliado, a cambio de un juicio justo para Saturnino y Glaucia. En la casa también se halla Sila, que aún lleva la túnica salpicada de la sangre de Glaucia, asesinado en su presencia por un grupo de sicarios. Mario tiene a Saturnino encerrado en la curia senatorial, custodiada por «mi mejor oficial, Sertorio, al frente de mis mejores veteranos en sus puertas». Metelo y Sila se niegan a pactar; por entonces Dolabela y sus hombres se encargan de romper el cerco de los soldados de Mario, escalar al tejado de la curia, levantar las tejas y golpear con ellas al detenido. Y en ese momento de la reunión, leemos: «Metelo clavó la mirada en el veterano cónsul. Llegó incluso a pensar en ordenar su muerte allí mismo, en ese instante». El lector con cierto espíritu crítico no puede dejar de preguntarse cómo se puede plantear el asesinato de un cónsul –por cierto, el otro cónsul ni está, ni se le menciona y ni se le espera–, encargado de ejecutar el senatus consultum ultimum y, no lo olvidemos, máxima autoridad del Estado durante ese año.

Lo más curioso es lo que leemos, en el capítulo VII, de vuelta al juicio a Dolabela en el 77 a.C., en relación con l presidente del tribunal formado por senadores, ese mismo Metelo:  este «aún recordaba el episodio de la lapidación de aquel maldito tribuno de la plebe. ¿Cómo se llamaba?, no podía recordarlo». ¿En serio? Apostilla el autor: «Los nombres de los tribunos de la plebe en rebelión contra el Senado no merecían hueco en la memoria, según la mente fría y dura de Metelo». Ah, vale, que no vale la pena recordarlo… ¿en qué quedamos?

Más adelante, capítulo IX, se reincide en un error que el autor ya cometió en su díptico sobre Julia Domna, entonces en referencia a Macrino: «(…) Su familia pertenecía a la clase ecuestre —intermedia entre los patricios y los plebeyos—, pero sin demasiados recursos. (…)» (Yo Julia, página 160). En esta ocasión Posteguillo escribe: «Tito Labieno no era hijo de patricios, sino perteneciente a la clase ecuestre que, por jerarquía, desde la conservadora perspectiva de los optimates que controlaban Roma en aquel momento, estaba por debajo de los patricios». Pertenecer al orden (más que clase) ecuestre no tiene nada que ver con ser patricio o plebeyo. Esto es de primero de romanidad. 

En el capítulo XII leemos: «El Senado aceptó prorrogar el consulado de Mario durante el año 104 a.C.». Dos cosas: el Senado no prorroga consulados, sino mandos proconsulares; pero es que en este caso Mario fue elegido cónsul para el año 104 a.C., tras el desastre de Arausio ante cimbrios y teutones el año precedente. Y fue reelegido, bajo dispensa senatorial, anualmente hasta el año 100 a.C., acumulando seis consulados, cinco de ellos consecutivos. Y ya la puntilla: dentro de la novela, en la narración de un capítulo, se pone una fecha como «104 a.C.» Ole tú, ¿pero esto no es una novela? Pues si no se pretende que el lector salga de la narración, quizá hubiera convenido poner la fecha según el calendario romano: 650 desde la fundación de la ciudad. Y recordar que Mario no era cónsul único, sino que tenía un colega: poquísimas veces se hace. Por ejemplo, en el capítulo XXIX leemos: «El Senado nombró a Sila cónsul de Roma». ¿El Senado «nombra» cónsules? ¿Y el otro cónsul de ese año, Quinto Pompeyo Rufo? ¿Qué fue de él?

Y es que los errores de bulto, no una mera simplificación, son abundantes en esta novela. En el capítulo XXXII se dice: «Cinna recuperó el proyecto del decapitado Sulpicio Rufo para ampliar el censo electoral romano incluyendo como ciudadanos a muchas de las tribus aliadas. Octavio [Ruso, cos. 87 a.C.) intentó negociar con Cinna, pero éste no aceptaba otra que la incorporación, nada más y nada menos, que de treinta y cinco nuevas tribus al censo». Error sobre error: no se trataba de una ampliación del censo, sino de distribuir a los nuevos ciudadanos romanos de origen itálico entre las 35 tribus territoriales, en especial en las 31 tribus rurales, y no solamente en las cuatro tribus urbanas, de modo que su influencia no quedaría diluida; un antecedente, en positivo, del gerrymandering moderno. Apiano comenta que la ley fue iniciativa de Mario y con el apoyo del tribuno de la plebe Publio Sulpicio Rufo: «Hizo concebir también las esperanzas a los nuevos ciudadanos itálicos, que tenían muy poco poder en las elecciones, de que los iba a distribuir entre todas las tribus, sin mencionar para nada su interés personal, con el fin de tenerlos bien dispuestos para todo. Sulpicio presentó de inmediato una propuesta de ley en este sentido; si esta ley era ratificada, iba a suceder todo aquello que Mario o Sulpicio deseaban, pues los nuevos ciudadanos eran mucho más numerosos que los antiguos» (Historia romana: guerras civiles, I, 55). Incluso llega a ir más lejos, como cuando en el capítulo XXXVIII, escribe: «Los legionarios procedentes de la plebe romana dudaban. Los socii, no obstante, aún se mostraban más leales a Cinna: al menos a ellos les había concedido la ciudadanía romana». Como se ha mencionado antes, fueron las leyes Julia y Plaucia Papiria, las que extendieron la plena ciudadanía romana a los aliados itálicos en dos momentos de la guerra contra ellos.

¿Por qué deformar unos hechos históricos cuando no había necesidad ninguna dentro de la trama de la novela? Apenas se menciona estas cuestiones, ¿por qué alterarlas? ¿Qué partido ha sacado Posteguillo de la extensa bibliografía referida al final de su novela si luego se cometen tamaños dislates? Por una escueta mención en las Períoca 80 de Tito Livio sabemos que Cinna hizo aprobar el proyecto de ley de Sulpicio, que ya no fue discutido ni por el propio Sila durante su dictadura, que promulgó una lex Cornelia de novorum civium et libertinorum suffragiis que ratificaba la legislación cinnana y aprobaba la manumisión de 10.000 esclavos, que adoptaron el nombre de Cornelio, y los repartió entre las 35 tribus, concediéndoles así una plena ciudadanía. Sí, el mismo Sila que, según Posteguillo en su novela, decía estar en «contra todos los habitantes de Italia que claman por una ciudadanía que no merecen».

 

IX

En relación con el joven Pompeyo, el futuro Pompeyo Magno, Posteguillo yerra constantemente a lo largo de la novela. Ojo, es una novela y el autor puede concebir a «su» Pompeyo como personaje del modo que desee, del mismo modo que Colleen McCullough «creó» un estupendo personaje en su saga literaria, como también su Sila; pero, claro, «inventando» en aquellas lagunas que hay en las fuentes y sin faltar a la «verdad» que estas nos ofrecen. Leemos en el capítulo XXXVIII: «Pero entonces les hizo saber que Pompeyo, Metelo y Craso habían llegado a Italia. Eran tres de ellos los legati más eficaces en la guerra contra los socii, y los aliados recordaban sus nombres y la crueldad para con ellos». Metelo [Pío] sí, pero ni Pompeyo ni Craso destacaron en la guerra itálica: Pompeyo apenas tenía quince años cuando estalló el conflicto y, si acaso, sirvió como contubernalis en el ejército de su padre Gneo Pompeyo Estrabón (cos. 89 a.C.); por su parte, no hay constancia de que Craso participara en el conflicto, aunque por edad pudo (nació alrededor del año 115 a.C.). Difícilmente los aliados itálicos podrían recordar «sus nombres y su crueldad para con ellos».

Pero el problema con el Pompeyo de Posteguillo no acaba aquí. En el capítulo XL, con Sila ya desembarcado en Italia a su regreso de Oriente, leemos: «la llegada de Metelo desde África y de Pompeyo desde Italia». ¿Había «otra» Italia? Más adelante, en el capítulo L, de vuelta al juicio de Dolabela, Labieno se asombra ante la entrada de Pompeyo a la basílica Sempronia a la cabeza de los cincuenta y dos jueces que juzgarán el caso, pues lo considera demasiado joven, el joven César le responde: «Tiene sentido (…). Pompeyo ya destacó en la guerra contra los socii por su eficacia brutal en el campo de batalla. Ahora quieren ver si es igual de eficaz en el ámbito judicial». Pompeyo no «destacó» en la guerra itálica, apenas tenía 18 años cuando terminó; ¿está confundiendo Posteguillo a este Pompeyo con su padre Pompeyo Estrabón, que sí fue conocido por su crueldad contra los itálicos?

En ese mismo capítulo el lector, al mismo tiempo que César y Labieno, descubre que Pompeyo ha sido elegido presidente del tribunal que se encargará de juzgar el proceso contra Dolabela. Pompeyo, Gneo Pompeyo Magno, quien por entonces no sólo no tenía 30 años, la edad mínima para ser cuestor, y por tanto acceder al Senado, sino que no podía presidir un tribunal, pues no era senador. Recordemos: un tribunal formado sólo por senadores según la legislación silana y para juzgar a senadores. Aparte, claro está, de que por las fechas de este juicio Pompeyo no estaba en Roma: tras autodesignarse como general de un ejército (suyo, claro está) contra el ya consular Lépido, que se había alzado contra la constitución silana, y vencer a los colaboradores de este en el norte de Italia, y tras negarse a licenciar su ejército, forzó al Senado a entregarle un amplio mando proconsular en Hispania, junto a Metelo Pío, a quien Sila había enviado allí unos años antes, Pompeyo debía de estar de camino, si no había llegado ya, a Hispania para luchar contra Sertorio con un mandato senatorial y en lugar de los cónsules de ese mismo año 77 a.C. (imperium pro consulibus), como menciona Plutarco en su biografía del personaje: «Se dice también que en esta ocasión, en el Senado, alguien preguntó sorprendido si Filipo [el senador que presentó la propuesta de enviar a Pompeyo a Hispania] pensaba que era necesario enviar a Pompeyo como procónsul, a lo que Filipo respondió: “como procónsul no, sino en lugar de los cónsules”, dando a entender que los dos cónsules de ese año no valían para nada» (Vida de Pompeyo, 17). Pompeyo no estaba en Roma para presidir algo a lo que no tenía derecho ni competencias. Ello no impide, como leemos en el capítulo LXX, que el Sila de Posteguillo diga: «Y pronto enviaré a Pompeyo a Hispania para que extermine a Sertorio y al resto de los populares allí escondidos». El Sila histórico no lo hizo y los acontecimientos sucedieron, como hemos visto, de otra manera.

Aún hay más. En el capítulo LV leemos: «Pompeyo era uno de los jóvenes senadores en ascenso fulgurante. Demoledor en el campo de batalla. Por algo lo bautizaron con el sobrenombre de adulescentulus carnifex, el “carnicero adolescente”, durante sus intervenciones brutales y despiadadas en la guerra contra los socii, llevadas a cabo por un patricio muy joven y con una ambición sin límites. Sila lo tenía claro: ésos eran los hombres que interesaba tener de su parte». Empecemos por el final, que aún tengo la mandíbula en el suelo desde que lo leí: ¿Pompeyo un «patricio muy joven»? ¿En serio? Una vez recuperados del golpe, cabe repetir que no, que Pompeyo no era senador, pero sí alguien «en ascenso fulgurante», y que el mote no se lo ganó en la guerra contra los aliados itálicos (se vuelve a confundir al personaje con su padre en este aspecto), sino en las campañas en Sicilia y África en los años 82-81 a.C., enviado por Sila, y en especial por el trato crudelísimo e inhumano contra el cónsul Gneo Papirio Carbón y el tribuno de la plebe Quinto Valerio Soriano (Plutarco, Vida de Pompeyo, 11; Valerio Máximo, Hechos y dichos memorables, VI, 2, 8).

En el capítulo LXIII aún encontraremos esta frase: «(…) Pompeyo, el emergente joven líder de los optimates»; como dejamos antes escrito, Pompeyo estaba a décadas de erigirse en líder de los optimates, y eso con permiso de Catón, Bíbulo, Léntulo Crus, Ahenobarbo, Favonio y otros optimates que lo necesitaban en la guerra civil contra César, pero desde luego no lo apreciaban como su «líder». Por cierto, resulta curioso el simplismo, durante cientos de páginas en esta novela, de poner a Pompeyo como ese «emergente líder de los optimates» y ni siquiera mencionar a quien fuera, y muy por encima del más bien oscuro Dolabela, heredero político de Sila: Quinto Lutacio Cátulo (cos. 78 a.C.); apenas dos menciones de su nombre en el capítulo LXX y una de ellas en la que se le define, por fin, como «el otro cónsul» del año. ¡Aleluya, por fin!

 

X

A tenor de lo señalado, quizá lo de menos es lo que encontramos en el capítulo XXIV leamos: «Quiero que vayáis hasta Kypsela, que ya está en la de Tracia», cuando dicha provincia no se creó hasta más de un siglo después. Incluso el lector puede que suelte la carcajada cuando lea en el capítulo LII y de boca del abogador defensor de Dolabela, Quinto Hortensio, la siguiente frase: «Una mujer, muchacha (…), una mujer no sólo ha de ser honesta, sino además parecerlo»; no sé cómo César no se levantó en ese momento y no le acusó de «plagiarle» la frase que pronunciaría (ligeramente diferente), en relación con el juicio de Clodio, dieciséis años después; es broma, claro. O que en el capítulo LX leamos, en boca de Dolabela: «Que la madre suplique por el perdón de su hijo es lógico, y lo mismo que lo haga su tío Aurelio Cota, que es, con toda seguridad, el más moderado de la familia Julia»; quizá haya que echarle en cara a Dolabela su craso error de considerar a un miembro de la gens Aurelia como el más moderado de la «familia» (en realidad, gens) Julia, pero me temo que habrá que hacerlo con la ignorancia supina de quien escribió esa frase.

Más propio de la ignorancia o, queremos pensar, de no comprobar lo que escribe (quizá en alguna de las 142 referencias bibliográficas de la novela), Posteguillo menciona en el capítulo LIV: «Desde ese momento, por fin Sila decidió adoptar, en un gesto que dejaba claro que nada de reconciliaciones, el título de Felix. Feliz por la victoria absoluta por la debacle total de los populares, feliz porque Roma era ahora suya». Todos aquellos que se hayan aproximado un poco a la figura de Lucio Cornelio Sila saben que este se consideraba un «favorito [o un hijo] de la Fortuna», una de sus deidades preferidas, junto a Venus y Apolo. Remitimos a Plutarco, quien comenta que, tras su triunfo en Roma en el 81 a.C., pronunció «un elogio de sus logros y hazanas en un discurso público en el que enumeró tanto lo que debía al concurso de la Fortuna como lo que había sido fruto de su valor como hombre. Al final de su intervención les exhortó a que se le diera el sobrenombre de Afortunado, pues es esto principalmente lo que significa la palabra latina Félix. El propio Sila cuando escribía a los griegos y trataba negocios con ellos se daba a sí mismo el nombre de Epafrodito, que es como aparece en los trofeos que hay entre nosotros: Lucio Cornelio Sila Epafrodito» (Vida de Pompeyo, 32, 2); véase también en Veleyo Patérculo, Historia romana, II, 27; Apiano, Historia romana: guerras civiles, I, 97, y Plinio el Viejo, Historia natural, VII, 44.

Y hay cosas que, directamente, no pudo saber algún personaje de la novela, Sila en particular. Leemos en el capítulo LXX que, ante una pregunta de Sila sobre Lúculo en Oriente (y en relación con una «misión» que le ha encargado), Dolabela le dice que no y añade: «Tengo cartas de Cátulo y Pompeyo. Han resuelto lo del levantamiento de Lépido», a lo que Sila responde: «Lo sé, lo sé. Eficaces ambos en particular Pompeyo». Era imposible que Sila lo supiera: ya estaba muerto, y desde hacía meses, para cuando Lépido fue derrotado por Cátulo y Pompeyo. Hay que tener en cuenta que Lépido se rebeló después de la muerte de Sila: sabemos bien que intentó evitar, como cónsul de ese mismo año de la muerte de Sila (78 a.C.), que este recibiera un funeral público; y que, una vez dejó de ser cónsul y designado gobernador de la Galia Transalpina, se negó a regresar a Roma para convocar elecciones consulares, marchó contra la ciudad y fue derrotado a sus afueras por Cátulo, también procónsul, quien, junto al interrex Apio Claudio Pulcro (cos. 79 a.C.) y otras personas con imperium, había recibido el encargo del Senado de defender la República tras aprobarse un senatus consultum ultimum contra Lépido y sus secuaces en la conjura, a principios del 77 a.C. En su «Nota histórica» final, Posteguillo se justifica por hacer coincidir el asedio de Mitilene con la muerte de Sila (no menciona que también con la rebelión de Lépido), «cuando –según la fuente que se consulte– bien podría haber entre un suceso y otro una distancia de meses o hasta de un año. En cualquier caso, los acontecimientos ocurrieron más o menos en el mismo tiempo» (la cursiva es mía). No, no sucedieron en el mismo tiempo: Sila no pudo recibir noticias de la derrota de Lépido, pues estaba muerto desde hacía meses. Lo sabemos bien.

Ya entra en el terreno del estilo literario, y de cómo lo valore el lector, escribir lindezas de este calibre: «Cinna cayó muerto al instante. Se derrumbó como se derrumban las dictaduras: de golpe y con cara de sorpresa en la faz del dictador, como si no terminara de creer lo que estaba ocurriendo» (capítulo XXXVIII). Un matiz, dos, de hecho: ni Cinna era «dictador» ni en el momento de su muerte la dictadura romana había adquirido el matiz peyorativo de los tiempos modernos. O escribir una cuenta atrás en griego, como leemos en el capítulo LXXI: «Contó de diez a uno, entre dientes, para no anticiparse al momento que sabía correcto: Δέκα, ἐννέα, ὀκτώ, ἑπτά, ἕξ, πέντε, τέτταρες, τρεῖς, δύο, εἵς...»; está claro que el lector medio sabe leer en griego clásico… y si no, que acuda a la nota número «53».


XI

Es hora de concluir. ¿Esta es la «verdadera historia» de Julio César? ¿Esta es la imagen que tendrá a partir de ahora un lector que apenas conozca superficialmente a este y otros personajes de las décadas finales de la Roma republicana? Nos tememos lo peor al respecto en un mundo actual en el que una novela histórica tiene más predicamento que biografías y monografías académicas y divulgativas. Ya no es sólo la manipulación y tergiversación de los datos que pueden leerse en las fuentes –aprovechamos para señalar que hemos utilizado en estas páginas las ediciones de Gredos–; y no es solamente la sucesión de errores y la constante deuda a la «verdad» histórica. Hay que añadir, al maniqueísmo de los personajes, una visión teleológica que adultera la propia plausibilidad y credibilidad de los personajes. 

En el «Epilogus» de la novela, leemos en madre de Aurelia, y enlazando con lo que había susurrado al bebé César que acunaba en el «Principium»:

         «Cota se acercó a su hermana.

—Sabes que al final los senadores lo matarán, ¿verdad?

—Es posible —admitió Aurelia—, pero tal vez, para cuando lo hagan, si es que lo consiguen, él ya lo habrá cambiado todo. Como bien ha dicho mi hijo: esto es sólo el principio. Él va a cambiar el mundo. Y ni tú ni todos los senadores de Roma llegaréis a tiempo de detenerlo. Mi hijo desciende directamente de Julo, del hijo de Eneas, es sangre de la sangre de Venus y Marte. Y ruego a Venus y a Marte que lo protejan y que lo guíen tanto en la paz como en la guerra. Porque va a vivir guerras, eso lo sé. Ése es su destino» (la cursiva es mía).

Quizá nuestro destino sea que nos sigan dando gato por libre cuando se trata de novela histórica…