9 de agosto de 2018

Reseña de The Third Reich: A History of Nazi Germany, de Thomas Childers

Digámoslo de entrada y aunque pueda sonar banal: «lo nazi, vende». No hay quizá otro tema tan atractivo para lectores de todo tipo –además de la Roma imperial y la Segunda Guerra Mundial, que de por sí ya suele incluir el este tema de la historia alemana– como el del Tercer Reich nazi. Atrae, seduce y atrapa por mucho que se haya publicado y se siga publicando. Cierto es que también hay una visión en ocasiones sesgada que asocia, no sin una cierta base, a los nazis con lo oculto, lo esotérico, con el Mal por antonomasia.* El cine y más recientemente las series de televisión han exportado también una imagen sobre el período nazi, el Holocausto –un género en sí mismo–, la conformación de una comunidad nacional regida por factores populistas, “socialistas” y racistas, las campañas militares que convirtieron a la Wehrmacht –Blitzkrieg mediante– en uno de los ejércitos más poderosos de la historia de la humanidad (a pesar de sus muchas flaquezas). Lo nazi es tremendamente poderoso e incluso ha originado una cierta pasión por su estética y su legado en la segunda mitad del siglo XX: véase, por ejemplo, el muy sugerente ensayo de Fernando Fernández Lerma, Algo más que belleza: influencia de la estética nazi en la cultura contemporánea (Biblioteca Nueva, 2015).  Lo nazi, como decíamos,… vende.
* Son muchas las razones que explican por qué Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal fue mal recibida por la audiencia en 2008 (y no es una mala película; de hecho, explota la misma fórmula de las tres películas anteriores), pero entre una de las que se adujo (y constaté en círculos de amistades) es que los soviéticos no eran “tan” malvados como los nazis de En busca del Arca Perdida (1981) e Indiana Jones y la última Cruzada (1990). Malvados y susceptibles de ser caricaturizados como villanos de antología. En este sentido, no les falta razón… 

Canciones para el nuevo día (2534/1753): "Only You (And You Alone)"

The Ringo Starr Week (IV):Only You (And You Alone) 

Disco: Goodnight Vienna (1974) 



27 de julio de 2018

Crítica de Misión: Imposible - Fallout, de Christopher McQuarrie

Con sus 56 años recién cumplidos, ya hace un tiempo que tenemos la sensación que Tom Cruise se está confundiendo con el personaje de Ethan Hunt en la saga Misión: Imposible. Han pasado 22 años –y se dice rápido– desde que se estrenó la primera película de la franquicia (y por la que no pasa el tiempo), dirigida por Brian de Palma, y su protagonista está más incombustible que nunca. ¿Podrá seguir Cruise con Ethan Hunt en una futurible séptima entrega (de la que ya se está hablando), que, en caso de realizarse, llegaría a la gran pantalla a inicios de la tercera década de este siglo y con el actor a punto de entrar en los sesenta? ¿Se mantendrá tan en plena forma como, de manera harto curiosa, parece hacerlo entrega tras entrega? ¿Y hasta qué punto seguirá siendo “creíble”, si es que podemos emplear esta palabra, un héroe tan resolutivo como Hunt? Imaginando un eventual retiro (¿alguna vez se jubilará?) y una vejez del personaje (¿llegará vivo a ella?), uno tiende a sospechar que para entonces Hunt necesitará algo más que terapia psicológica. Tomemos, si se me permite el ejercicio de montar un paralelismo, a un personaje histórico como Alejandro Magno: murió a los 33 años de edad, posiblemente de malaria, pero con el cuerpo cosido de cicatrices; como Hunt, el rey macedonio no eludía el combate en primera línea y a menudo había que insistirle en que no se jugara a la vida (al menos en dos ocasiones estuvo en un tris de morir en plena batalla). Su prematura muerte le abrió las puertas de la leyenda, prácticamente del mito, pero, con la ventaja que aporta la perspectiva a toro pasado, cuesta imaginar que Alejandro hubiera llegado a anciano y, en caso de haberlo hecho, uno se pregunta en qué estado habría llegado. Con Hunt, obviando las comparaciones odiosas, también podemos preguntarnos hasta qué punto llegará a una venerable edad (el personaje, no el actor) y en qué momento resultará ridículo que vuelva a asumir el papel de salvador del mundo (o de la mitad del mismo), como el caso de Indiana Jones interpretado por un septuagenario Harrison Ford en una quinta entrega de su serie; será entonces cuando nos planteemos qué es más ridículo: que el héroe consiga resolver la situación una vez más y en el último minuto, cuando (una vez más) parecía imposible, o que el actor pueda seguir encarnando a un personaje que no parece envejecer. Y es que, lo dicho, han pasado 22 años desde que viéramos a Hunt/Cruise colgarse del techo para penetrar en la cámara más sellada de la sede de la CIA en Langley o estar a punto de ser degollado por el aspa de un helicóptero en el interior del Eurotúnel.

Canciones para el nuevo día (2525/1754): "Pictures of You"

The Cure - Pictures of You 

Disco: Disintegration (1989) 



20 de julio de 2018

Crítica de cine: Happy End, de Michael Haneke

Crítica publicada previamente en el portal Fantasymundo.

Hay dos cosas que debe tener claras el espectador que se acerque a una sala de cine a ver Happy End, la última película de Michael Haneke hasta el momento: que el título, cómo no, es irónico y que no va a ser de las mejores cintas del director austriaco que se vaya a encontrar; tampoco resulta tan desdeñable como la crítica especializada la recibió cuando se presentó en el Festival de Cine de San Sebastián hace casi un año. Cierto es que una película de Michael Haneke no deja indiferente –recordemos el caso de Funny Games (1997), el original y el remake que una década después el propio director hizo de su obra para el público estadounidense–; también es verdad que estábamos demasiado mal acostumbrados con sus dos anteriores y espléndidas películas, La cinta blanca (2009) y Amor (2012), y que en otros casos, como Caché (2005) o La pianista (2002) nos quedamos tan pasmados como atrapados. En todas ellas hay temas que se repiten en esta última apuesta personal: la familia como institución y objeto de crítica descarnada; la burguesía como material que despiezar y, por qué no, masacrar (aunque no literalmente como en Funny Games, claro); la violencia soterrada bajo la máscara de la indiferencia y el egoísmo como seña de identidad del individuo y de la sociedad actuales. Temas a los que añadir la mirada sarcástica y también lúcida respecto a cómo las tecnologías han hecho mella en nuestro comportamiento y en el día a día.