Un 10 de septiembre de 1919 tuvo lugar la firma
del Tratado de Saint-Germain-en-Laye, ciudad cercana a París, y que
certificaba la defunción y desmembramiento del finado Imperio
Austro-húngaro, que como tal, había nacido en 1867 como consecuencia de
una derrota militar (la debacle austriaca ante los prusianos en
Könnigrätz o Sadowa un año antes) y para fortalecer un imperio
multiétnico con fisuras y en el que los húngaros ansiaban una mayor
autonomía… por no decir igualdad respecto a los habitantes de etnia
alemana. El resultado fue el Compromiso austrohúngaro que creaba una
monarquía dual –la ‘Österreichisch-Ungarische Monarchie’ en alemán; la
‘Osztrák-Magyar Monarchia’ en húngaro–, bajo la fórmula de un ‘König und
Kaiser’ (un rey y un emperador) común, y que, más a trancas y barrancas
que con una dirección firme, perduraría hasta 1918. El acuerdo, sin
embargo, dejaba en un lugar secundario a checos, eslovacos y otras
minorías dentro de cada una de las dos partes de la monarquía imperial.
Todo empezó con el final de la Gran Guerra, en octubre de 1918: los
checos y eslovacos habían proclamado el día 28 la república en (o de)
Checoslovaquia, el Estado que, ‘à la austro-hongroise’ (dos naciones en
una), habían acordado crear al margen del mamut habsbúrgico; los
húngaros hicieron lo propio el 31, separándose del moribundo; el 3 de
noviembre los aliados firman el armisticio con un descompuesto gobierno
austro-húngaro; el 7 de noviembre los polacos proclaman su Estado, con
el apoyo de Reino Unido y Francia, y se anexionan la Galitzia; y el 1 de
diciembre Serbia (unida a Montenegro un mes antes) crea el Reino de
los Serbios, Croatas y Eslovenos, quedándose con la Croacia que formaba
parte de Hungría, la Carintia y Carniola de Austria y
Bosnia-Herzegovina, un territorio bajo dominio real de los Habsburgo (y
cuya anexión en 1980 fue uno de los pasos que condujo al clima prebélico
que terminaría en la guerra 1914), lo que luego pasaría a conocerse
como Yugoslavia (“eslavos del sur”), con Serbia como rectora. ¿Qué
quedaba del Imperio Austro-húngaro? Austria. Mejor dicho: Viena, la gran
capital de un nuevo Estado irrisorio y al que le costaría ser el que
conocemos hoy en día.
Château de Saint-Germain-en-Laye. lugar de firma del tratado. |
Durante la Conferencia de París (enero-junio de 1919), y mientras
Alemania era el tema estrella a tratar –Tratado de Versalles
resultante–, qué hacer con un Imperio Austro-húngaro que oficialmente
existía sobre el papel fue otra de las muchas tareas que romperían la
cabeza a los Cuatro Grandes (USA, UK, France e Italia; al salir Italia
de las negociaciones, fueron los Tres Grandes). Si ya era complicado
comprender qué se podía hacer con el mamut en vida, un imperio
multiétnico difícil de gobernar, no lo era menos decidir cómo lo que
cada parte había ido haciendo por su cuenta se resolvía de una forma
“diplomática”. Para empezar, se decidió que, ya que el imperio era dual,
pues había dos tratados de paz: uno con la parte alemana y el otro con
la húngara (el Tratado de Trianon, que se firmó al año siguiente y
“oficializaría” algunas cuestiones). Para el caso “alemán” del fenecido
Imperio, se decidió que Austria sería un país independiente y pequeño, y
al que se prohibió la unión (Anschluss) con su “hermano mayor”, es
decir, Alemania. Austria, con 80.000 km² y 6 millones de habitantes (dos
de ellos en la capital), hubiera preferido la unión con Alemania, pues
su viabilidad como Estado era complicadísima: tuvo antes el problema de
la hiperinflación que los alemanes sufrirían en 1923 y necesitó de
muchas ayudas para reconvertir lo que había sido un Imperio en la
eficiente (y limitada) maquinaria para que Viena funcionara y, ya de
paso, el resto del país. También, durante los años treinta, debió lidiar
con las apetencias de Italia, que con Mussolini al frente y antes de
que Hitler lo hiciera también barajó un Anschluss ‘alla italiana’.
Austria, de hecho, no funcionaría como Estado hasta la década de 1950,
tras la ocupación de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.
Luego había que reconocer la creación de los nuevos Estados de
Checoslovaquia y Yugoslavia. El primero significaría la reunión, en un
solo Estado, de Bohemia y Moravia (checos) y Eslovaquia, añadiéndose lo
que quedaba de la antigua Silesia austriaca (la mayor parte se la
merendó Federico II de Prusia un siglo y medio antes). Respecto a
Yugoslavia, el tratado daba por buenos los hechos consumados de la
creación de este país plurinacional, y que en esencia “oficializaba” que
el nuevo Estado se quedaba con Eslovenia, la costa dálmata y
Bosnia-Herzegovina (el caso de la anexión de Croacia se “oficializaría”
en Trianon). Por último, quedaba la cuestión “italiana”: éstos, que
confiaban en comerse gran parte de la Austria alpina, se tuvieron que
conformar con el Trentino, el Tirol del Sur y las ciudades de Istria y
Trieste, así como algunas islas en Dalmacia; por Trieste, además de
Fiume, Italia y Yugoslavia tuvieron muchos enfrentamientos que, de un
modo u otro –aventura d’anunzianna de por medio– no quedarían
solucionados hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
La consecuencia del Tratado de Saint-Germain fue que desaparecía un gigante, sí, pero se creaban problemas entre sus herederos, con el irredentismo italiano en cabeza para, ya en la siguiente guerra mundial, el caso de Yugoslavia, con serbios y croatas a la greña (unos ocupados por los alemanes, los otros creando su propio y efímero Estado fascista y antisemita, con la Ustaša de Ante Pavelić al frente). El problema de las (grandes) minorías étnicas en Estados plurinacionales continuaría, al margen del wilsoniano principio de autodeterminación (que Wilson y los otros Grandes se pasaron por el forro de la gabardina durante la Conferencia de París). No sólo se prohibía que austriacos y alemanes se unieran, sino que quedaba el foco de alemanes en Checoslovaquia (los Sudetes), impidiéndose aquello que, en teoría, había dado lugar a Estados nacionales como Polonia o Hungría (además de otros germanoparlantes en Rumania); había italianos en el Tirol, rumanos en Hungría y húngaros en la Transilvania que Rumania se anexionó al finalizar la Gran Guerra (acto “oficializado” en Trianon), así como rutenos (eslavos orientales) en Checoslovaquia. El problema yugoslavo subyació durante décadas hasta que, desaparecido Tito, el hombre que trató de unir con una particular versión del comunismo un país tan diverso, estallaran las guerras que destruyeron Yugoslavia y forjaron un nuevo mapa de los Balcanes a finales del siglo XX y principios del XXI. Por el contrario, checos y eslovacos se separarían pacíficamente en 1993, mientras que las cuestiones étnicas referentes a alemanes, húngaros, rumanos y rutenos en países que no eran el suyo se “ordenarían” brutalmente con los movimientos migratorios de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
Lectura recomendada: 1919: seis meses que cambiaron el mundo, de Margaret MacMillan (Tusquets), magnífico libro sobre los intríngulis de la paz europea (presagio de una nueva guerra), y con especial énfasis en la disolución del Imperio Austro-húngaro.
Ficha del libro.
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