16 de mayo de 2012

¿Te gusta el musical?: Smash


Quizá al decir que sin Glee no habría Smash me lance a la piscina y no haya agua. ¿Una serie sobre un musical en Broadway? ¿Con todos los topicazos sobre el propio género del musical? ¿Y emitida, episodio tras episodio, tras un programa como The Voice, un sucedáneo de Operación Triunfo a la americana (como lo es American Idol para los seguidores de Glee)? Y es que Smash podría definirse como el Glee adulto, en todo lo que comporta la comparación: lo que en Glee es una mirada (en muchas ocasiones) lúcida sobre los miedos, deseos, inquietudes y sueños de los adolescentes, a los que por una vez se trata con cierto respeto y sin mirarlos por encima del hombro (y especialmente sin tratarlos como descerebrados, aunque lo sean), por su parte en Smash es el seguimiento de la creación y estreno de un musical 100% Broadway, con un aliciente especial: la obra se basa en la vida de Marilyn Monroe, de quien en este 2012 se celebra el 50º aniversario de su (misteriosa) muerte. Mientras en Glee un sentido del humor ácido y en ocasiones transgresor (con todo lo que eso significa para acercarse a un público eminentemente juvenil, pues también a veces se autocensuran), en Smash hay un, como mínimo, intento de acercarse con realismo a las ambiciones, las luchas, las miserias (ya de paso) y, por qué no, los sueños de unos artistas que tratan de triunfar en la escena teatral neoyorquina. Lo que en Glee son versiones (covers), ya innumerables, varios por capítulo, de canciones de hoy, ayer y de siempre (y en esto último quizá radique el relativo fracaso en Europa, evidente en España: cómo el espectador español, y joven, va a captar las sutilezas de un personaje como Rachel Berry cantando Don't rain on my parade de Barbra Streisand), en Smash los números musicales son más limitados, apenas uno o dos por episodio (y en ocasiones ni eso); y aunque ha habido una cierta tendencia por hacer destacar a las dos protagonistas, Karen Cartwright (siempre que oigo a Derek gritar su nombre me imagino estar en La Ponderosa), interpretada por Katharine McPhee, y Ivy (Megan Hilty), con covers actuales (especialmente para Karen), en general lo que se ha querido potenciar en Smash son los números musicales de una obra en permanente construcción.

Canciones para el nuevo día (909/137): "Baba O'Riley"

The Who - Baba O'Riley



Disco: Who's Next (1971)

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15 de mayo de 2012

Reseña de El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza


Vuelve el loco anónimo, el sabueso circunstancial, el surrealismo por bandera. Eduardo Mendoza nos trae de nuevo al personaje que apareció en El misterio de la cripta embrujada (1979), y que en cierto modo derivaba del inefable Nemesio Cabra Gómez, el confidente policial (y también un loco de atar) de La verdad sobre el caso Savolta (1975), la opera prima de Mendoza. El éxito de aquella novela dio paso a otras andanzas y aventuras del detective anónimo: El laberinto de las aceitunas (1982) y La aventura del tocador de señoras (2001). Por el medio, Mendoza nos había maravillado con La ciudad de los prodigios (1986), espectacular novela. Ésta y el Savolta son de esas novelas que cada cierto tiempo releo, vuelvo a disfrutar, a empaparme de un estilo tan personal y de unos personajes icónicos: ese Onofre Bouvila merece más de una reseña y desde luego una película mejor que la realizada por Mario Camus en 1999. Y, ¿por qué no?, el protagonista de esta serie de novelas cortas, de lectura adictiva, cómoda y muy rápida, quizá también merecería ser interpretado en la gran pantalla; aunque, estoy convencido, no habrá un actor capaz de reflejar la manera de ser de un antihéroe de ficción tan peculiar.

Canciones para el nuevo día (908/136): "No ha parado de llover"

Maná - No ha parado de llover



Disco: Maná MTV Unplugged (1999)



14 de mayo de 2012

Reseña de La República de Weimar: una democracia inacabada, de Horst Möller

Desde la publicación de La Alemania de Weimar. Promesa y tragedia de Eric D. Weitz (Turner, 2009), el lector hispano habrá notado que la bibliografía sobre el tema ha aumentado por nuestros lares. Al menos, a vuelapluma, puedo citar la reedición de La cultura de Weimar, de Peter Gay, y la publicación del breve libro de César Roa Llamazares, La República de Weimar. Manual para destruir una democracia (Libros de la Catarata, 2010) y del estudio La Constitución de Weimar: texto de la Constitución alemana de 11 de agosto de 1919 a cargo de Walter Jellinek, Ottmar Buhler y Constantino Bormati (Tecnos, 2010). Y posiblemente dicho lector se pregunte por el interés que suscita el régimen republicano surgido en Alemania de la derrota en la Primera Guerra Mundial. ¿Acaso en la situación económica y social actual el recuerdo de la experiencia democrática alemana entre 1919 y 1933 puede servir de lección histórica? ¿O quizá el marco constitucional alemán del período llama la atención por ser también un período histórico sobresaliente, no sólo en cuanto a la historia política alemana, sino también en cuanto a los logros sociales y culturales? Quién sabe, pero sea por el motivo que fuere, Weimar sigue interesando. Y fruto de ello es la publicación en castellano de La República de Weimar: una democracia inacabada, de Horst Möller (Antonio Machado Libros, 2012). 

Canciones para el nuevo día (907/135): "Nights in White Satin"

The Moody Blues - Nights in White Satin



Disco: Days of Future Passed (1967)

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12 de mayo de 2012

Crítica de cine: Adiós a la reina, de Benoit Jacquat

Otra película sobre María Antonieta; lo último que recordamos es el toque posmodernista de Sofia Coppola en su película de 2006. En este caso, la película de Benoit Jacquot no es estrictamente una cinta sobre la reina francesa de origen austriaco, ni de hecho una historia de la Revolución Francesa: lo que se nos muestra es cuatro días en Versalles, partiendo del 14 de julio de 1789, la fecha de la toma de Bastilla de París. Espacio cronológico acotado, pues, y además desde el punto de vista de Sidonie Lamborde (Léa Seydoux), lectora de una peculiar María Antonieta (Diane Kruger), preocupada por el destino de su amiga (y algo más), Gabrielle de Polignac (Virginie Ledoyen) tras el estallido de las algaradas de la capital. 

11 de mayo de 2012

Crítica de cine: Sombras tenebrosas (Dark Shadows), de Tim Burton

Tim Burton ya empieza a dormirse en los laureles. Empezó a hacerlo con Charlie y la fábrica de chocolate en 2005. En 2010 presentó su particular pero irregular versión de Alicia en el País de las Maravillas. Y ahora vuelve por donde siempre ha estado, con ese estilo entre gótico y fantástico que es marca de la casa, con su puesta al día de una serie de televisión de los años sesenta (cuyo actor protagonista, por cierto, falleció hace pocas semanas): Sombras tenebrosas (Dark Shadows).

Lo mejor que se puede decir de la película es que tiene ese toque de Burton, esa imaginería visual tan personal, tan reconocible... y a la postre ya tan poco sorprendente. 

Canciones para el nuevo día (906/134): "Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, Kill Me"

U2 - Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, Kill Me



Disco:  Batman Forever - soundtrack (1995)

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7 de mayo de 2012

Reseña de Santiago, un mito del futuro lejano, de Mike Resnick


En el Principio era el Verbo, comenta Juan el Evangelista. Para los clásicos, la filosofía comienza cuando se produjo el paso del mythos al lógos. O también comenzó la literatura. Hagan sus apuestas al respecto. Pero, ¿es el mito un mero recuerdo del pasado? ¿Puede el mito a su vez proyectarse al futuro y contar una historia que nos atrape, nos estimule, nos recuerde que el ser humano sigue necesitando a los mitos, de una manera u otra? Y es que puede haber más mitos que los clásicos, desde luego. Y leyendas. ¿Y qué separa una leyenda del mito?

Mike Resnick escribió en 1986 una novela de ciencia-ficción que, en el fondo, es un canto a la pervivencia de los mitos: Santiago, un mito del futuro lejano (Ediciones B, 1997/Byblos, 2007), que pude adquirir en una colección de bolsillo hará un lustro. Una novela que llama la atención en el título. Y que comienzas a leer y descubres que en sus páginas el mito es un protagonista tan importante como los personajes que la pueblan, como sus andanzas y aventuras, como el mundo del futuro que se nos describe. Y que nos traslada a un mito viviente: Santiago.

Canciones para el nuevo día (903/131): "Photograph"

Jamie Cullum - Photograph


Disco: Catching Tales (2006)

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6 de mayo de 2012

Reseña de Juliano el Apóstata, de Lucien Jerphagnon


Probablemente la imagen que tengamos de Flavio Claudio Juliano Augusto (332-363) sea la que ofrece Gore Vidal en una de sus mejores novelas históricas, Juliano el Apóstata. Y quizá tengamos también esa imagen del joven emperador, émulo de Alejandro, obsesionado por devolver el imperio al paganismo, filósofo por encima de todo. Y es posible que no andemos muy errados. Pero tras casi cincuenta años de presencia cristiana en las instituciones, en la vida religiosa (con sus querellas dogmáticas), en la sociedad (aunque con matices, especialmente para Occidente), un paso atrás, un cambio de rumbo ya era difícilmente irrealizable; especialmente si el paganismo, o mejor dicho, si la sociedad pagana, con todo lo que ello conlleva, apenas hacía un esfuerzo por restaurar un estado de cosas que ya no tenía vuelta de hoja. El tiempo no se detiene, las costumbres cambian, los templos se vacían, el incienso arábigo ya no llega con el volumen de antes y los hombres caminan hacia otra esfera. No por ello el eco del mundo pagano, en todas sus vertientes, se olvidó, pero los recién llegados (cristianos) no iban a permitir un viraje de tal magnitud. 

Lucien Jerphagnon (1921-2011), helenista e historiador de la filosofía, tuvo una larga carrera. De su ingente obra, en castellano apenas se ha traducido su Historia de la Roma antigua (Edhasa, 2007), obras filosóficas como Elogio del pesimismo (cualquier tiempo pasado fue mejor) (Barril y Barral, 2010) y otras obras más, y el presente Juliano el Apóstata: historia natural de una familia en el Bajo Imperio (Edhasa, 2010), que, para variar, llega con casi veinticinco años de retraso. Pero llega. Congratulémonos. Y hagámoslo porque estamos, de entrada, ante un libro tremendamente ameno. Mucho. No me lo podía esperar cuando empecé a leerlo y, agradeciendo que la traducción haya respetado el estilo del autor (aunque podría haber mejorado en cuanto a algunos topónimos), de pronto me vi enganchado a una lectura tan novelesca como la que nos ofrece Gore Vidal en su texto. 

El retrato que Jerphagnon nos ofrece de Juliano es el de un superviviente, en muchos sentidos. Del mismo modo que Tolstói comenzara Anna Karénina con una de esas frases antológicas («Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.»), la historia de Juliano comienza con unas segundas nupcias, que lo complican todo: las de Constancio Cloro, padre de Constantino I, casado con Flavia Maximiana Teodora, hija de Maximiano, augusto, y de quien fue césar durante casi quince años (reinando apenas uno como augusto). De este matrimonio nació, entre otros hijos, Julio Constancio, padre del futuro Juliano y de su hermanastro Galo. Ambos serían césares, sólo el primero alcanzó el trono imperial. A lo que íbamos: unas segundas nupcias para Constancio Cloro, varios hijos más que añadir a una familia en la que quedó apartado (desde los ojos de Diocleciano y Maximiano, augustos de la Tetrarquía) su hijo mayor, Constantino. Futuro emperador. Único. La historia de la Tetrarquía (284-324), con sus éxitos iniciales y sus crecientes complicaciones, una vez que su creador, Diocleciano, se retiró para cuidar de sus jardines en Spalatum (Split) es bien conocida. 

Al final sólo pudo quedar uno, y ese fue Constantino I. Pero al morir en el año 337, dejando el imperio repartido entre sus tres hijos (Contantino II, Constancio II y Constante), y con varios cargos para sus hermanastros y primos, la situación era compleja. Y los tres augustos tomaron una decisión que en cierto sentido emularían los sultanes otomanos siglos después: eliminar a la parentela. Sólo se salvaron Galo y Juliano, apenas unos chiquillos. Luego las disputas fraternales fueron dejando a Constancio II como único emperador; pero tras la muerte de Constante (350) por el usurpador Magnencio, Constancio necesitaba a alguien para gobernar la mitad del imperio. Se acordó de aquellos primos que había dejado con vida, y designó césar al mayor, Galo. Poco duró la experiencia: según el relato de las fuentes, los excesos de Galo forzaron a Constancio a deponerle y ejecutarle. Pero seguía necesitando a alguien como césar, y de la familia apenas le quedaba alguien en quien confiar dicha misión: Juliano, césar desde el año 355. El superviviente había alcanzado el poder.

Todos estos avatares los relata, lo dicho, con un tono muy ameno, Jerphagnon. Y nos cuenta también la historia de Juliano, un superviviente del paganismo. Criado en la fe cristiana, aunque apenas de nombre, Juliano se educó en el amor a la literatura, la filosofía y el pensamiento de los grandes clásicos griegos (esencialmente) y romanos de siglos atrás. Del neoplatonismo de Plotino y Jámblico, Juliano bebe con ahínco, para devorar con pasión los textos de Platón, algo de Aristóteles y empaparse del estilo de Marco Aurelio. Todo ello, durante muchos años, en secreto, sin que ninguno de los agentes in rebus que espían para la corte puedan decirle a Constancio, arriano convencido, que su primo y posterior césar se inicia en los misterios eleusinos, se forma en la escuela de Libanio, el rétor, o escribe textos en los que reivindica a los filósofos y escritores antiguos. De ese ensimismamiento en los antiguos Juliano saca fuerzas de flaqueza, sí, pero también la obsesión, una vez en el poder, por restaurar el paganismo en una sociedad que camina hacia otra parte.

Moneda de Juliano acuñada en Antioquía (361-363)
Hay muchos debates en torno a la figura de Juliano, y Jerphagnon los sirve con un estilo de alta divulgación, sin necesidad de un aparato crítico y con una selección bibliográfica más bien escueta al final. Juliano el Rey Filósofo uno vez en el poder; pero no al estilo de Marco Aurelio, sino rememorando el período helenístico, donde se habría sentido a sus anchas. Juliano el pontífice máximo que pugna por restaurar el culto de los dioses paganos, siendo consciente (o haciéndose el inadvertido) de que hay mucho oportunista de última hora que trata de subirse al carro del augusto recién llegado. Juliano el progresivamente hastiado luchador contra los excesos del clero y los profesores cristianos, a los cuales niega la enseñanza de los clásicos a menos que realmente crean en ellos. Juliano el depurador de una corte de sicofantas, cargos onerosos y eunucos que amargaron su juventud y su cesarato en las Galias, siempre llenando los oídos de Constancio con maledicencias y falsos rumores. Juliano el gobernante que trata de mejorar la gestión de un imperio vasto y difícil de gobernar. Juliano el romano que nunca visitó Roma. Juliano el conquistador que trata de emular a Trajano y acaba con su vida, a causa de un lanzazo, en Samarra, apenas veinte meses después de llegar al trono. Muchos Julianos en un corto reinado.

Se podría pensar que Jerphagnon convierte su relato en una encendida defensa del personaje. No es así: el autor tiene claros los errores de Juliano (la campaña contra los cristianos a través de su prácticamente perdido texto Contra los galileos, la campaña persa, su obsesión por el paganismo), pero también resalta las virtudes de un emperador que de buena fe trataba de mejorar la vida de los habitantes del imperio, que se mostraba tolerante con las creencias ajenas (siempre y cuando no se inmiscuyeran en las de otros), que apenas se manchó las manos de sangre o que, ya puestos, habría que decir de él que no fue un apóstata, pues nunca fue cristiano de corazón. Al final del relato nos queda, con el apoyo de los discursos, cartas y textos filosóficos de Juliano, de su (autoconsiderado) enemigo Gregorio Nacianceno, de su maestro Libanio, de Amiano Marcelino (todos ellos coetáneos), y de fuentes posteriores como Eutropio o Zósimo, una imagen de Juliano que le sitúa con más detalle en su contexto y en la controversia religiosa por él desatada. Y nos queda un libro que vale la pena leer (y disfrutar), para conocer un poco mejor a este personaje. En verdad os lo digo.

5 de mayo de 2012

Crítica de cine: Martha Marcy May Marlene, de Sean Durkin


Una chica huyendo al amanecer de una granja en medio del bosque. El miedo persiguiéndola. Un encuentro indeseado en una cantina. Una llamada a una hermana a la que no se ha visto en años; el miedo se apodera de ella, casi cuelga. Pero llega el rescate. Un nuevo hogar. Un lugar a salvo... a priori. Una hermana y un cuñado que son prácticamente desconocidos. Y un reset mental que no es tan fácil. Es lo que tienen las sectas: quiebran tu voluntad, rompen con tu pasado, inventan un presente que obliga a abandonar costumbres, deseos y libertades que ya no son deseables. La inmersión en un grupo, la pérdida de identidad (de Martha a Marcy May, y si te llaman del exterior entonces Marlene y siguiendo un ritual), el individuo ya no cuenta. Palabras que no significan nada para convencer ("depuración", "toxinas", "maestra y líder", "la muerte es puro amor"), actitudes que hay que convertir en naturales, ritos de iniciación que no son ritos (son otra cosa...). Y una vez atrapada en un ambiente casi bucólico, la cruda realidad. Y entonces ya es tarde.

3 de mayo de 2012

Reseña de El caso del perro de los Baskerville, de Pierre Bayard


En 2007 descubrí una novela, El caso de Jane Eyre, de Jasper Fforde, y un personaje, Thursday Next, una detective literaria. Y un mundo narrativo extraordinariamente atractivo (¿se han dado cuenta, por cierto, de mi afición por el adverbio cuando me dejo llevar por las emociones?): Inglaterra, un 1985 alternativo en el que la Guerra de Crimea aún dura, megacorporaciones industriales como Goliath son el poder en la sombra, Gales es una república soviética y existen agencias gubernamentales literarias; y como agente de una de ellas, la peculiar Thursday es capaz de meterse en los libros, conocer a los personajes literarios (un lector anglosajón se encuentra en su salsa), perseguir criminales que se infiltran, matan y cambian las tramas narrativas. Y comenzaba con esta deliciosa, divertida y sugerente novela una saga continuada por Perdida en un buen libro, El pozo de las tramas perdidas y Algo huele a podrido. En inglés, la saga sigue con otra tetralogía de novelas (de momento dos publicadas), que esperemos que no tarden demasiado en llegar al mercado hispano. 

No es gratuita la mención a las novelas de Fforde, pues precisamente una cita de El caso Eyre abre El caso del perro de los Baskerville, de Pierre Bayard (Anagrama, 2011), que sí es la protagonista de esta reseña. Y es que el mundo literario no es tan grande como parece, y las tendencias literario lingüísticas, ajenas a los profanos en la materia y a los que simplemente nos dedicamos a disfrutar con la lectura de un buen libro. Y en este caso, Bayard juega en una división que no es tan sólo suya, sino que, ya puestos, es más habitual de lo que parece. Porque, si echamos un vistazo a la ficción televisiva, ¿no nos gustaría (o no) haber cambiado el final de Lost? ¿No vimos defectos (o no) en esa última temporada y no esperamos (o no) que las expectativas creadas, las preguntas surgidas, encontrasen una adecuada contestación? ¿No habríamos enmendado la plana a los guionistas de la serie? Bueno, yo no, que de esta serie he visto poco, pero pongamos que se trata de otra serie. O de una novela. Y ahí es donde Bayard entra en juego: no contento con la resolución del caso de la novela de Arthur Conan Doyle, decide reabrir el sumario, investigar los agujeros del método holmesiano y llegar a la conclusión de que no, la resolución del caso por parte del detective de Baker Street no fue la adecuada, el criminal se fue de rositas y el caso quedó abierto sine die.Y no sólo eso, sino que Bayard investiga los méritos del método de Holmes, su valía, sus defectos, sus claves, para llegar a la conclusión de que Sherlock se equivocó (algo más común de lo que pudiera parecer a primera vista, pues analizando el corpus holmesiano los errores son legión).

Pero la cosa no queda sólo aquí, pues Bayard, que ya probó su método, la crítica policial, en dos libros anteriores, Qui a tué Roger Ackroyd? y Enquëte sur Hamlet (inéditos en castellano), nos va desmenuzando una idea: que la línea entre ficción y realidad es más delgada de lo que pudiera parecer, que los personajes literarios, en cierto modo, están vivos, que existe una relación entre resolver una trama y resolver una trama (¿se me entiende?). Y que los personajes famosos, mal que le pese a sir Arthur Conan Doyle, viven más allá de los intentos de asesinato (cataratas de Reichenbach) mediante, pues mientras losm lectores los sigan sintiendo como reales, seguirán existiendo. Y lo mismo vale para Sherlock Holmes, Harry Potter o, pongamos por caso, Thursday Next.

Y sí, Bayard da su versión de quién fue realmente el asesino de El perro de los Baskerville. Pero eso mejor que os lo cuente él. ;-)

Reseña de Breve historia de los gladiadores, de Daniel P. Mannix


Sobre el mundo de los gladiadores, tema sobre el que habitualmente no se escribe demasiadas cosas serias, se suele incidir en los tópicos de las películas hollywoodienses –siendo Gladiator el ejemplo más paradigmático– o de la revuelta de Espartaco –otro tema archirrepetido–. Pero más allá de esos tópicos no se suele ahondar en el tema, en el componente religioso originario, por ejemplo, o en qué dejó en el imaginario colectivo… más allá de lo arquetípico.

Breve historia de los gladiadores de Daniel P. Mannix (Nowtilus, 2009) abunda en lo de siempre y aporta poca cosa a lo ya trillado. No es estrictamente un libro sobre gladiadores, pues también trata las carreras de cuádrigas en el Circo Máximo, las venationes o luchas con animales salvajes, las ejecuciones de condenados a muerte en la arena (cristianos, por ejemplo), las naumaquias o reconstrucciones de batallas navales, o espectáculos más sórdidos como números de bestialismo (violaciones de mujeres por parte de burros o leopardos). El libro, formalmente, acaba en la página 105, de las 250 que tiene, y a partir de ahí Mannix especula cómo sería un día de juegos en el circo o el anfiteatro. Porque el autor se dedica en casi todo el libro a eso, a especular, a suponer, a inventar las biografías de algunos personajes sobre los que tenemos escasas referencias (Diocles el auriga y empresario de las carreras de caballos, Flamma el gladiador, Carpophorus el venator, etc.). Basándose en algunas escuetas referencias de Suetonio, Plinio, Tácito o Séneca, Mannix elucubra sobre el mundo de los gladiadores, de los juegos circenses en general, incidiendo con demasiada retórica y poca sustancia en el componente sádico del populacho romano.

Pues de eso se trata, de sangre y vísceras, de diálogos inventados que dejan bastante que desear, de especulaciones constantes que suenan a irreales. Si a ello añadimos gratuitas aseveraciones que no sabemos de dónde se las saca el autor («se hicieron intentos de abolir el trabajo de los esclavos en las fábricas», p. 24; «los juegos, que venían a costar un tercio de los ingresos totales del imperio […]», p. 27, por citar sólo unas pocas), descripciones novelescas más que verosímiles y un estilo pobre, nos encontramos con un libro más que prescindible. Si a alguien le interesa reincidir en los tópicos, es su libro. Pero los que queremos algo más no nos dejamos tomar el pelo.