15 de mayo de 2012

Reseña de El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza


Vuelve el loco anónimo, el sabueso circunstancial, el surrealismo por bandera. Eduardo Mendoza nos trae de nuevo al personaje que apareció en El misterio de la cripta embrujada (1979), y que en cierto modo derivaba del inefable Nemesio Cabra Gómez, el confidente policial (y también un loco de atar) de La verdad sobre el caso Savolta (1975), la opera prima de Mendoza. El éxito de aquella novela dio paso a otras andanzas y aventuras del detective anónimo: El laberinto de las aceitunas (1982) y La aventura del tocador de señoras (2001). Por el medio, Mendoza nos había maravillado con La ciudad de los prodigios (1986), espectacular novela. Ésta y el Savolta son de esas novelas que cada cierto tiempo releo, vuelvo a disfrutar, a empaparme de un estilo tan personal y de unos personajes icónicos: ese Onofre Bouvila merece más de una reseña y desde luego una película mejor que la realizada por Mario Camus en 1999. Y, ¿por qué no?, el protagonista de esta serie de novelas cortas, de lectura adictiva, cómoda y muy rápida, quizá también merecería ser interpretado en la gran pantalla; aunque, estoy convencido, no habrá un actor capaz de reflejar la manera de ser de un antihéroe de ficción tan peculiar.



Pero volvamos al detective loco. ¿Loco? Esa de entrada es la primera pregunta que nos podríamos plantear, porque ya desde la primera novela el lector captó que estar en un manicomio no es señal de que uno esté loco; y la lucidez, mezclada con el esperpento, formaba parte del ADN de nuestro peculiar detective. En el salto a la tercera novela, en el cambio de milenio, el personaje había ganado amargura, pero sin dejar nunca ese surrealismo tan propio en diñalogos y situaciones. Y por entonces lo habíamos dejado al frente de una peluquería de señoras nunca visitada, en la que ni las moscas suelen ser clientes habituales. Una década después, Mendoza retoma el personaje en El enredo de la bolsa y la vida (como siempre, en Seix Barral). Y empieza donde dejamos al personaje, en esa peluquería. Y con un estilo más vitriólico, si cabe. Porque en esta novela el sentido del humor está presente en cada página, en cada escena, en cada situación. El anónimo protagonista, más maduro (debe rondar los sesenta, ¿no?) pero menos concienciado de lo que ello significa, sigue ganándose (?) la vida en esa peluquería, aunque teniendo como vecinos a una familia de comerciantes chinos en un bazar de barrio. El reencuentro con un antiguo compañero de manicomio, Rómulo el Guapo, le abre las puertas a una aventura en la que no quiere meterse, pero a la que se ve empujado de cabeza. Una intriga terrorista con la visita de Angela Merkel a Barcelona de fondo; un reencuentro con un amor del pasado y el choque generacional con una adolescente que se hace llamar Quesito; los dimes y diretes con la peculiar familia china, los Sian, especialmente con el anciano patriarca; un swami de pacotilla que no sabe dónde se ha metido; la reunión de un peculiar grupo salvaje (una estatua humana que se hace llamar Pollo Morgan; un albino africano que también trata de ganarse la vida como estatua humana, pero sin éxito; una acordeonista comunista de la vieja escuela, la Moski; un inútil pizzero llamado Manhelik; el señor Armengol, dueño del bar con el imposible nombre de Se vende perro)... todo ello en apenas 260 páginas de una novela que sobre todo destaca, y con mayor hincapié que en entregas anteriores, por el humor desbordante, constante, inacabable.

Se dice que la novela refleja, de alguna manera, el tema de la crisis económica global como telón de fondo; sin duda, pero no parece que Mendoza esté únicamente interesado en la denuncia social (que de algún modo siempre ha estado presente en la serie), sino en hacerle pasar un buen rato al lector. Y eso lo consigue desde el principio, hasta el punto de que las páginas se leen con voracidad y para cuando te has dado cuenta, te has ventilado el libro. Y es que te ríes mucho, pero también te queda la sensación de que la novela deja poco poso. La has leído, la has disfrutado, pero pronto la olvidarás. El texto tiene ese estilo tan personal de Mendoza, en los diálogos (superando el mero esperpento), en situaciones imposibles, en personajes impagables y en tramas ágiles y también muy calculadas en la dosis de diversión proporcionada. No es que Mendoza se esfuerce poco en novelas como ésta (al contrario, crear un humor que no cansa y que se mantiene de principio a fin, y eso cuesta), pero sí tengo la sensación de que ha escrito una novela con vocación muy comercial, fácil de escribir para alguien con sus tablas, que convenía que saliera publicada ahora y que dará enormes réditos para lector y editorial. Y que además gusta al lector. Y todos salimos ganando. Pero los que hemos disfrutado con sus dos principales novelas, La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios, quienes reiteradamente las releemos, queremos el regreso de ese Mendoza. Y somos conscientes, o al menos apeo el plural y hablo por mí mismo, de que ese Mendoza probablemente ya no volverá. O quizá sí, déjennos soñar. 

Pero, de todos modos, si nos sigue regalando textos menores pero que te hacen pasar tan buenos ratos, bienvenido sea este Mendoza más acomodaticio.

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