2 de diciembre de 2011

Reseña de Felipe II. La biografía definitiva, de Geoffrey Parker




La bibliografía filipina es inabarcable, pero hay títulos que marcan época. Quizá sea el de Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II (1949, diversas ediciones en castellano), y no siendo una biografía, un libro ineludible en cualquier estudio que se realice sobre el espacio y el tiempo en los que vivió Felipe II. Dignísimo estudio que se imbrica en la Escuela de Annales, pero que al mismo tiempo la trasciende, la obra de Braudel introducía y desarrollaba a un mismo tiempo el concepto de la longue durée, la larga duración, en la historia, alternando el ritmo lento de las estructuras (económica, social, mental) con el tiempo inmóvil (el hombre y sus relaciones con el medio que le rodea: el campesino, el pastor, el buhonero…) y, en un tercer círculo, con el tiempo veloz, corto y fugaz de los acontecimientos. No es este el lugar para disertar ampliamente sobre libros filipinos, pero es casi obligatorio citar siquiera algunas de las principales obras que, ya clásicas, existen sobre el llamado Rey Prudente en el mercado hispano.

Para mí, hay tres obras básicas y que el lector curioso, aficionado o especializado debe tener en su canon (odio esta palabreja, sin embargo) de libros filipinos: cronológicamente, Felipe II de España de Peter Pierson (1975), Felipe de España de Henry Kamen (1997) y Felipe II y su tiempo de Manuel Fernández Álvarez (1998). Los dos últimos libros forman parte de ese género histórico tan extendido que es la literatura conmemorativa o de aniversario, en este caso el cuarto centenario de la muerte de Felipe II. Diferentes en cuanto a su concepción, más heterogénea la primera y más ortodoxa la segunda, ambas, con todo, comparten una cierta crítica, más velada en la biografía de don Manuel, del reinado de Felipe II. El libro de Kamen es más analítico de lo que pudiera parecer a primera vista y, además de la consabida retahíla de nacimientos, matrimonios, hijos, hazañas y logros de un reinado dilatado de cuarenta años, valora el empeño de Felipe II como monarca, sus limitaciones y sus errores: «en ningún momento tuvo Felipe un control efectivo de los acontecimientos ni de sus dominios; ni siquiera de su propio destino. De ahí que no se le pueda responsabilizar más que de una pequeña parte de lo que, a la postre, ocurrió durante su reinado […]. Era «prisionero en un destino en el que poco podía hacer». Lo que le quedaba era jugar las cartas que tenía en su mano» (p. 340, citando al mismo tiempo a Braudel). Quizá sorprenda una conclusión tan atávica, pues uno se pregunta qué queda de la propia responsabilidad de un gobernante más allá de las ataduras del pasado, sobre todo si lo relacionamos con decisiones que tomar y situaciones en las que lidiar en las que estuvo sólo él (la cuestión de Flandes, la empresa de Inglaterra, la guerra contra Francia desde 1590). Por su parte, la biografía de Fernández Álvarez, que por estructura parecía tener la voluntad de ser una historia total al estilo braudeliano, decae progresivamente en una historia bastante favorable al monarca filipino, aunque no le ahorra algún que otro vapuleo.