17 de noviembre de 2019

Crítica de cine: Van Gogh y Japón, de David Bickerstaff

Crítica publicada previamente en el portal Fantasymundo.


Nota: este documental llega a las salas de cine como evento cinematográfico. Exhibidores como Yelmo y Grup Balañà lo emitirán los días 18 y 19 de noviembre; consúltese también en FilmAffinity para saber en qué otros cines de España se podrá ver. Los cines Verdi de Barcelona lo emitirán el 3 de diciembre en su programación cultural de los martes).


Vincent van Gogh (1853-1890) sintió pasión por el arte japonés: a finales de noviembre de 1885, cuando viajó a París, conoció los crespones japoneses, empezó a estudiar a los artistas nipones y sus grabados, y comenzó a elaborar una colección propia que actualmente se conserva en el Museo Van Gogh de Ámsterdam. Nunca viajó al país del Sol Naciente, pero entabló una «relación» cercana con la pintura de aquel país, que en aquellos momentos (décadas finales del siglo XIX) generó un verdadero furor por todo lo que procedía de allí. El «japonismo» –como las chinoises en el siglo precedente– se puso de moda al mismo tiempo que este país se «abría» al mundo a partir de 1853 y la llegada del comodoro estadounidense Perry a los puertos nipones, y desde que en 1868 se iniciaba la era Meiji con la subida al trono del emperador Mutsuhito (fallecido en 1912). La pintura japonesa gustó especialmente a los pintores impresionistas, su influencia en la composición de cuadros de Manet, Degas y Monet, entre otros, ya era evidente antes de que Van Gogh pintara sus obras avanzada la década de 1880. En una escrita a su hermano Théo a finales de julio de 1888, Vincent escribió: «El arte japonés, en decadencia en su patria, retoma sus raíces en los artistas franceses impresionistas»; en esta misiva afirmaría también: «El arte japonés es algo como los primitivos, como los griegos, como nuestros viejos holandeses: Rembrandt, Potier, Hals, van der Meer, Ostade, Ruysdael. No se termina...».


La fascinación de Van Gogh con la pintura japonesa entre 1885 y 1890, su época de gran actividad artística, sería equiparable a la que los propios japoneses sentirían décadas después (y sienten aún hoy) con las obras del pintor neerlandés. La composición en los planos superiores, las figuras y los colores planos, presentes en las estampas típicas niponas sobre planchas de madera, los ukiyo-e, encantaron a los impresionistas en general y a Van Gogh en particular, que encontró en el sur de Francia, en Arlés, el lugar ideal para poder pintar «a la japonesa» y donde residiría durante prácticamente todo el año 1888 (y hasta mayo de 1889), creyendo «estar realmente en Japón»; en esta ciudad viviría unos meses con Paul Gauguin, con quien pintaría de manera febril, hasta que las rencillas por la convivencia llegarían al famoso episodio de finales de diciembre de ese año, en el que, tras una disputa con Gauguin, Vincent se cortó una oreja. Precisamente realizaría a principios de 1889 un autorretrato que le muestra vendado y en el que aparece detrás una lámina japonesa. 



Dirigido por David y Bickerstaff, de quien ya vimos Degas: pasión por la perfección y que coescribe el guion con Phil Grabsky –alma de la serie de documentales “Exhibition On Screen” y ya un viejo conocido para los lectores de estas críticas: suyos son los documentales David Hockney en la Royal Academy of Arts, El joven Picasso y Cézanne: retratos de una vida–, este filme parte de una exposición sobre la relación de Van Gogh con Japón y su arte, y que pudo verse entre finales de marzo y finales de junio de 2018 en el citado Museo Van Gogh de Ámsterdam; al respecto, échese un vistazo a este vídeo sobre lo que aprendió el pintor neerlandés de los grabados japoneses). Una relación intensa, casi obsesiva, que se plasma en numerosas obras de los años 1887 y 1890, en los que copia láminas de artistas japoneses como Keisai Eisen –esta Cortesana, por ejemplo– o integra el estilo, la composición, los temas y los colores de grabados nipones en obras como el Retrato de Père Tanguy (1887). 

«El japonés dibuja ligero, muy ligero, como un relámpago; es que sus nervios son más finos, su sentimiento más simple», escribió a Théo en junio de 1888. Para entonces ya estaba plenamente seducido por una cultura que conocía a través de segundos y terceros, de los grabados que encontraba y coleccionaba (hasta 600 compró en París durante su estancia entre 1886 y 1888), y de las conversaciones con otros artistas influenciados por el japonismo. Su fascinación sería cada vez más intensa: «Envidio a los japoneses, la extrema limpieza que tienen en ellos todas las cosas. Es algo que jamás aburre, ni parece nunca hecho a la ligera. Su trabajo es tan simple como respirar y hacen una figura con algunos trazos seguros, con la misma facilidad, como si fuera tan sencillo como abotonarse el chaleco», escribió a Théo en septiembre de ese año. 



Con la copia de láminas y grabados japoneses, especialmente en su etapa en Arlés, Van Gogh presentaba una forma diferente de mirar la naturaleza, al estilo de aquellos ukiyo-e e impregnándose de la filosofía vital que discernía en los artistas nipones de las décadas centrales del siglo XIX. El documental incide en esas influencias orientales y en cómo el pintor neerlandés se dejó llevar por lo que consideraba, además de arte, un estilo de vida: pintaría en barcas o se retrataría a sí mismo como si fuera un monje budista más (algo que se aprecia en la ropa que a veces se ponía cuando trabajaba). Conocer a fondo la sociedad japonesa le llevó a pintar obras como el retrato de La Mousmé, sobre la que escribió a Theo a finales de julio de 1888: «Ahora si sabes lo que es una «musmé» (lo sabras cuando hayas leido Madame Chrysanteme, de Loti [obra publicada en 1887]), termino de pintar una. Me ha costado toda una semana; no he podido hacer ninguna otra cosa no habiendo estado aún muy bien de salud. Esto es lo que me fastidia: si me hubiera encontrado bien, hubiera atacado a ratos perdidos algunos paisajes, pero para llevar bien mi musmé, debía reservar mi potencia cerebral. Una musmé es una muchacha japonesa —provenzal en este caso— de 12 a 14 años. Estas son las dos figuras que tengo: el zuavo y ella...». Precisamente, la figura del zuavo, sobre la que Vincent desarrolló varios bocetos en el mes de junio de 1888 (por ejemplo, esta pintura) se comenta y analiza en el documental. Esta y muchas otras obras, desde luego.



El resultado es un documental que deslumbrará no sólo a los interesados en la pintura de Vincent van Gogh, sino a los curiosos por el arte en general y las relaciones que se establecen entre puntos, a priori, muy alejados entre sí. Se nota la mano de Grabsky en el guion y el buen hacer de Bickerstaff en las filmaciones en Japón (donde se entrevista a diversos artistas), en Francia y en Ámsterdam, donde se cuenta con la colaboración de curadores y especialistas del Museo Van Gogh mediante entrevistas. La hoja de ruta de la exposición de esta galería de arte abre el apetito para conocer más a fondo esta deriva/fijación de Vincent por el arte nipón. Una fascinación del pintor neerlandés que destapa una faceta menos conocida de su obra y que gracias a este documental también nos seduce desde la butaca de una sala de cine.

No deberíais perderos este filme, de verdad de la buena.

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