19 de marzo de 2012

Reseña de El sicario de los idus. Asesinato en Tárraco, de Cristina Teruel

[18-X-2009]


Los hechos son estos: en la Colonia Iulia Vrbs Triumphalis Tarraco, Tárraco con el acento para abreviar, en el año 846 de la fundación de Roma, bajo el consulado de Domiciano César –ó 92 d.C. si lo preferís–, ha aparecido el cadáver de un joven marmolista en la Vía Augusta, justo al lado de las gradas del circo en construcción de la ciudad. El optio Cayo Pompeyo Specula, no convencido con la tesis de la muerte accidental, investiga el caso, ya archivado por el centurión de la I cohorte de ciudadanos, Aulo Lico Favor, y contando con la colaboración (y la curiosidad) del archivero de la cohorte Cayo Mario Malacitano. Pero las cosas son más complejas de lo que parecen: ambos, indagando en el caso, descubren que el joven marmolista se une a otros diez muchachos, de la misma edad, muertos en extrañas circunstancias. La novela se llama El sicario de los idus. Asesinato en Tárraco (Edhasa, 2009).


¿Ante qué estamos? ¿Ante una novela histórica? ¿Ante un thriller con un asesino en serie por medio? ¿Ante una novela policíaca? Probablemente, ante todo ello. Cristina Teruel (n. 1968), jurista de profesión (y se deduce un conocimiento exhaustivo del derecho romano) sitúa la acción de su novela en una ciudad provincial, que goza del derecho latino (y sus dirigentes de la plena ciudadanía romana), en una Hispania pacificada. La narración nos lleva por las calles de Tarraco (prefiero sin acento), una ciudad populosa, viva, capital de provincia, que ya a finales del siglo II d.C. se ha convertido en un núcleo poblacional importante en el imperio, plenamente romano y romanizado. Es fácil, por tanto, seguir el hilo de una narración que huele a romano en todos los aspectos, desde las descripciones no cansinas y excesivamente detallistas a, especialmente, unos diálogos que son frescos, que no suenan a declamación teatral, que consiguen captar los matices de palabras y giros lingüísticos. La narración nos sitúa ante una caso que, pronto lo comprobará el lector, no se reduce a lo que nos dice la, por cierto, algo tendenciosa contraportada: un caso en serie que tiene que ver con el tráfico del célebre opio tebano. No, no van por ahí los tiros.

Porque sí, hay un caso, hay una serie de cadáveres y alguien que los ha matado. Pronto descubrirá el lector de quién se trata y seguirá la paralela investigación del caso por parte de Specula, Malacitano y el centurión Favor. Pero el caso se convierte en un elemento más de una novela que ofrece un magnífico retrato social de una capital provincial como Tarraco. Si ya hace no mucho comentaba una excelente novela histórica ambientada en Barcino, ahora nos encontramos con otra soberbia novela situada en Hispania. Y ambas tiene puntos en común, pues no se limitan a ser meras novelas históricas: reflejan una sociedad y un tiempo con garbo, estilo y amenidad. Pero mientras que la novela de Juan Miñana era el retrato de una «una franquicia romana de 2.000 habitantes, una ciudad falsa que no tenía razón de ser. Era como un Zara de la época de la política augusta», salpimentada con sátira y referencias muy modernas, en el texto de Cristina Teruel nos encontramos con la visión de una ciudad en la que las relaciones entre amos y esclavos no son lineales ni simples; en la que un investigador debe seguir los pasos que le marcas los superiores… o no; en la que no es necesario asistir a orgías y grandes banquetes para degustar la romanidad; y en la que la aparente simplicidad de una trama se convierte en caleidoscópico viaje a una sociedad y sus múltiples espejos.

He disfrutado en apenas 36 horas de esta novela: la empecé con ciertas expectativas, cada vez esperando menos de una novela histórica (uno se cansa de leer siempre los mismos rollos y con las mismas deficiencias). Y me he tenido que rendir a la evidencia (como lo hice con Juan Miñana), con un entusiasmado agrado, de que, afortunadamente sigue habiendo magníficas novelas históricas. Novelas que no necesitan de batallas y hazañas varias para contar una buena historia. Novelas que, como en el caso de Miñana, parten de objetivos más limitados y, cabe decirle, también más ricos; novelas que construyen mundos sobre lo que aparentemente son ciudades provinciales romanas, logrando transmitir mucho más de lo que ya cansinos textos ubicados en la Urbe pretenden pomposamente camelarnos. La novela de Cristina Teruel (como entonces la de Miñana), es humilde, es una primera novela de una escritora en ciernes muy bien hilvanada y construida. Es una novela que evoca la saga de Marco Didio Falco, aunque en un estilo muy diferente, aunque los lectores de Lindsey Davis se sentirán más que satisfechos con el libro de Teruel (yo lo estoy, y mucho). Es casi una delicatessen en un supermercado abarrotado y excesivamente comercializado.

En definitiva, si es que a estas alturas no os habéis percatado de mi entusiasmo, que recomiendo muy encarecidamente esta novela como casi perfecta muestra del género (hoy en día ya no hay nada perfecto), del mismo modo que recomendé la novela de Juan Miñana. Espero que me disculpe la autora que cite tanto la novela de Publio Fama, no pretendo quitarle el mérito que la suya se merece per se, al contrario. Ambas novelas me reconcilian con el género cuando ya empezaba a estar más que ahíto e incluso empachado. Mi enhorabuena, además, para alguien que presenta su primera novela. ¡Qué más se puede pedir!

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