28 de agosto de 2018
27 de agosto de 2018
Crítica de cine: El pacto, de David Victori
Crítica publicada previamente en el portal Fantasymundo.
Hace un año Paco Plaza “revitalizó” el género del terror hispano con Verónica, una cinta que sabía moverse con mucho más que solvencia entre los lugares comunes y aportar savia nueva (si eso es posible) a un género que ha conocido mejores tiempos. Cierto es que en ocasiones la línea entre el terror puro y duro y esa derivación más “finolis” (y a la postre algo engañabobos: véase El sexto sentido) que es el terror psicológico es muy fina y tan permeable que en ocasiones se cruzan líneas y no queda claro qué nos han querido dar con mayor o menor cantidad de queso. Los yanquis en eso suelen ser más versátiles y cada año presentan o bien revisitaciones de títulos y franquicias añejas o propuestas la mar de interesantes como la reciente Un lugar tranquilo (John Krasinski, 2018) o, también hace un año, la muy sugerente Llega de noche (Trey Edward Shults, 2017): películas que quizá no sean tan originales como pudiera ser (la de de Krasinski agota pronto su portentosa puesta en escena inicial), pero al menos hacen pensar que hay ideas, por muy manidas que luego resulten, y que en manos de directores (y guionistas) audaces pueden dar mucho juego. Nos tememos que El pacto de David Victori, que llega a las salas de cine el viernes 17 de agosto, no sea uno de esos casos. Y eso que cuenta con nuestra particular musa del terror hispánico: Belén Rueda (esta vez sin su cárdigan).
25 de agosto de 2018
Crítica de cine: Alto el fuego, de Emmanuel Courcol
Crítica publicada previamente en el portal Fantasymundo.
Un plano cenital sobre un campo de batalla de la Gran Guerra abre este filme. 1916, la guerra de trincheras en su pleno apogeo. La cámara desciende a una de esas trincheras, en el bando francés: el cañoneo no cesa, los soldados enloquecen, mueren, acaban destrozados. Los tres hermanos Laffont (Georges, Marcel y Jean) se preparan para una ofensiva, pero pronto se perderán de vista unos a otros. Georges (Romain Duris), que es capitán, queda de pronto aislado; su compañero más cercano acaba volatilizado, parte de sus restos recaen sobre la nuca y los hombros de Georges, que, histérico, no puede quitárselos, sólo gritar. Fundido a negro. La trama se traslada a 1923, en la Francia de la posguerra y en el África colonial, concretamente en el Alto Volta francés (hoy, Burkina Faso). En la primera, Marcel (Grégory Gadebois) es un herido de guerra: su heridas son psíquicas, sobre todo, pues ha perdido el habla y comienza a aprender la lengua de signos, de la mano de Hélène (Céline Sallette), al tiempo que conoce a Madeleine (Julie-Marie Parmentier), una viuda con quien parece intimar. En África, un desencantado Georges se mantiene al margen de la sociedad, guardando para sí el dolor y los recuerdos de la guerra. Se hace acompañar de un antiguo soldado, Diofo (Wabinlé Nabié), su guía con las tribus locales, que también cuenta historias (más o menos “reales”) sobre sus experiencias bélicas y las hazañas del capitán Laffont. Georges, de vuelta de todo, no quiere saber nada de eso, pero le deja hacer. Las vidas de los dos hermanos, narradas en paralelo en una primera parte del filme, muestran dos respuestas sobre la supervivencia al trauma de la guerra: el silencio interior (y exterior) y el desarraigo. Pero finalmente Georges regresará a Francia y deberá lidiar con el pasado: la muerte de Jean en combate y volver a recuperar la relación con un hermano que sigue sufriendo los horrores de la guerra de trincheras.
24 de agosto de 2018
23 de agosto de 2018
22 de agosto de 2018
21 de agosto de 2018
20 de agosto de 2018
17 de agosto de 2018
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15 de agosto de 2018
14 de agosto de 2018
13 de agosto de 2018
10 de agosto de 2018
9 de agosto de 2018
Reseña de The Third Reich: A History of Nazi Germany, de Thomas Childers
Digámoslo de entrada y aunque pueda sonar banal: «lo nazi, vende». No hay quizá otro tema tan atractivo para lectores de todo tipo –además de la Roma imperial y la Segunda Guerra Mundial, que de por sí ya suele incluir el este tema de la historia alemana– como el del Tercer Reich nazi. Atrae, seduce y atrapa por mucho que se haya publicado y se siga publicando. Cierto es que también hay una visión en ocasiones sesgada que asocia, no sin una cierta base, a los nazis con lo oculto, lo esotérico, con el Mal por antonomasia.* El cine y más recientemente las series de televisión han exportado también una imagen sobre el período nazi, el Holocausto –un género en sí mismo–, la conformación de una comunidad nacional regida por factores populistas, “socialistas” y racistas, las campañas militares que convirtieron a la Wehrmacht –Blitzkrieg mediante– en uno de los ejércitos más poderosos de la historia de la humanidad (a pesar de sus muchas flaquezas). Lo nazi es tremendamente poderoso e incluso ha originado una cierta pasión por su estética y su legado en la segunda mitad del siglo XX: véase, por ejemplo, el muy sugerente ensayo de Fernando Fernández Lerma, Algo más que belleza: influencia de la estética nazi en la cultura contemporánea (Biblioteca Nueva, 2015). Lo nazi, como decíamos,… vende.
* Son muchas las razones que explican por qué Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal fue mal recibida por la audiencia en 2008 (y no es una mala película; de hecho, explota la misma fórmula de las tres películas anteriores), pero entre una de las que se adujo (y constaté en círculos de amistades) es que los soviéticos no eran “tan” malvados como los nazis de En busca del Arca Perdida (1981) e Indiana Jones y la última Cruzada (1990). Malvados y susceptibles de ser caricaturizados como villanos de antología. En este sentido, no les falta razón…
8 de agosto de 2018
7 de agosto de 2018
6 de agosto de 2018
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