30 de enero de 2013

Reseña de El Imperio Plantagenet, 1154-1224, de Martin Aurell

Durante dos generaciones, la dinastía anglo-angevina de los Plantagenet reunió diversos territorios en las Islas Británicas y la mayor parte de Francia y edificó lo que hasta cierto punto puede considerarse un “imperio”. Con El Imperio Plantagenet, 1154-1224 (Sílex Ediciones, 2012) el medievalista Martin Aurell acerca al lector hispano una imagen de conjunto de este particular imperio. Ya de entrada surge la discusión acerca de si se puede hablar de «imperio» para definir una serie de territorios a un lado y otro del Canal de la Mancha, teniendo en cuenta además que las posesiones continentales en Francia pertenecían de hecho (nominal y cada vez más tácticamente) a los monarcas Capetos. El vasallaje que Enrique II Plantagenet (1154-1189) y sus hijos rindieron, sin demasiada discusión, a Luis VII y su hijo Felipe II Augusto no se pudo ocultar por mucho que los monarcas ingleses desplegaran una campaña propagandística de altura, demostraran mayor fortaleza o movieran los hilos para hacerse fuertes en el continente.

Martin Aurell
Aurell ofrece un libro que supera la habitual narración descriptiva de hechos y batallas, lo cual es de agradecer (al menos para este lector). Estructurado en capítulos temáticos, Aurell escudriña las disputas internas en el seno de la corte real (más allá de las querellas familiares) e indaga sobre los colaboradores, oficiales y hombres al servicio de la dinastía. Un «imperio» se mantiene con oficiales y servidores dispuestos a mantener la realidad (o la ficción) de una unidad territorial y los monarcas Plantagenet encontraron, especialmente en Inglaterra, hombres dispuestos a defender sus intereses. El estudio prosopográfico que Aurell realiza puede resultar algo desalentador para lectores impacientes que esperan quizá un libro diferente, pero permite acercarnos a los orígenes sociales, a los diversos estamentos, ya fuera entre la media y baja nobleza, en el seno de la Iglesia o entre una «clase burguesa» (permítaseme el anacronismo) en construcción. Mencionaba antes que los Plantagenet reconocieron el vasallaje a los Capetos franceses por sus territorios continentales y trataron de superar esta situación elaborando un discurso ideológico, que se basó en un amplio programa de propaganda historiográfica y política. Recordar el pasado ilustre de la casa ducal/real normanda fue uno de los elementos esenciales, así como la relación de los condes de Anjou (los antepasados de Godofredo Plantagenet, padre de Enrique II) con la monarquía carolingia, fuente de una legitimidad que los Capetos no podían aducir para sentarse en el trono de Francia. Al mismo tiempo, los «historiadores» al servicio de la corte plantagenet evocaron las leyendas del pasado más antiguo, los mitos de Bruto y la leyenda troyana, y escarbaron en leyendas que precisamente en el siglo XII (Chrétien de Troyes) se novelizaron, como Arturo o el Cantar de Roldán. Enfrentados en el campo de batalla (diplomático o militar) a los reyes de Francia, Enrique II y sus hijos (especialmente, Ricardo I Corazón de León) utilizaron la propaganda y la historiografía para legitimar su poder, justificar sus decisiones políticas y explicar sus errores.

El «imperio» angevino continental en 1154.
El estudio de las aristocracias locales –en Inglaterra, en Normandía, en Anjou, en Aquitania y en Bretaña– permite al lector acercarse a la forma de gobierno del Imperio Plantagenet. El estilo de vida de Enrique II y Ricardo I fue itinerante (frente a un Juan sin Tierra siempre recluido en sus palacios y alejado de la política real) y el mantenimiento de buenas relaciones con las noblezas locales la base de su poder, aunque no siempre con buenos resultados. El férreo control real en Inglaterra y Normandía contrastó con las pugnas constantes y la indocilidad de un puñado de familias aristocráticas bretonas, angevinas y aquitanas, incidiendo Aurell de este modo en una discusión sobre los límites de la autoridad real y las complejidades feudalismo. Hasta tal punto las relaciones de Ricardo I y Juan sin Tierra se deterioraron con la aristocracia normanda que cuando en 1204 el ducado cayó en manos de Felipe II Augusto de Francia, los nobles locales prácticamente le abrieron las puertas.

Los monarcas se rodearon de consejeros y oficiales de diversos sectores sociales (Tomás Becket pertenecía a una familia de comerciantes, por ejemplo) y dieron una mayor preferencia a los ingleses sobre los normandos en la corte; la promoción académica de una pequeña nobleza de servicio nutrió el séquito de los monarcas Plantagenet y en el ejército los mercenarios fueron un elemento clave, enfrentándose a las rebeliones aristocráticas. El asunto Becket, que culminó en el asesinato de este arzobispo en la catedral de Canterbury y en la penitencia del rey, erosionó la popularidad de Enrique II y se planteó como una defensa de las libertades clericales frente al autoritarismo regio. El resultado es un libro de conjunto, analítico, documentado, sobre los engranajes del poder de los Plantagenet, erigiéndose a su vez en un estudio sobre la propia esencia del poder real, su alcance y sus limitaciones.

1 comentario:

Clodoveo11 dijo...

Otro libro interesante, pero hay tantos... siempre he creído que los Plantagenet no se tomaron realmente en serio expandirse por Francia en un momento en que la monarquía francesa podría haber caído en sus manos a poco esfuerzo que hiciesen. Bien es cierto que eran los años del feudalismo rampante: este proyecto, un par de siglos más tarde y con otra mentalidad que la típicamente inglesa de circunscribirse a lo insular seguramente hubiese dado otros frutos. En esto nuestros reyes peninsulares, con todo lo poco glamourosos que pudiesen parecer, fueron mucho más espabilados.