Crítica publicada previamente en el portal Fantasymundo.
Hablar de Ken Loach (n. 1936) es sinónimo de hacerlo de compromiso social, una etiqueta que también se aplica a Paul Laverty, quien ha escrito casi todos sus guiones para el director procedente del norte de Inglaterra: una zona depauperada por la reconversión industrial de los años ochenta (durante el largo mandato de Margaret Thatcher) y que, junto a Escocia, suele ser escenario de muchas de sus películas. El realismo social es una seña de distinción en la filmografía de Loach: su crítica de la sociedad burguesa, su interés por las personas corrientes, los trabajadores que sufren los recortes en un Estado del bienestar cada vez más descafeinado (evidentísimo en el caso de los hachazos al que probablemente sea el buque insignia del laborismo británico, el National Health Service o Servicio Nacional de Salud, equivalente a nuestro sistema de la Seguridad Social), las injusticias que de ello deriva y los traumas en unos personajes que viven en grandes ciudades industriales en crisis. Un realismo que se nutre de la crítica política y social implícita en la banda más izquierdista del laborismo del que Loach es militante y que ha conformado su hoja de ruta ideológica. Un filme de Ken Loach, por tanto, no engaña a nadie y todo aquel que acuda a una sala de cine para ver una de sus películas sabe perfectamente qué se va a encontrar.



















