16 de febrero de 2018

Crítica de Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón

¿Pueden ser las vértebras de una abuela asesinada durante la Guerra Civil convertirse en uno de los mcguffins más originales del cine español (y me atrevo a decir del de más allá de nuestras fronteras) en los últimos años? Pues Gustavo Salmerón lo hace en la película documental con la que ganó el Premio Goya de la categoría en este 2018. Y eso que Muchos hijos, un mono y un castillo –título también mcguffinero donde los haya– es bastante más que la búsqueda de unas vértebras humanas en un piso (y un castillo) por parte de los hijos de Julita Salmerón, madre del director, protagonista y alma (máter) de un documental que ya en su tráiler prometía hacérnoslo pasar bien y descubrir a una señora de 82 años. A lo largo de la hora y media que dura este documental, que a su vez recopila las grabaciones que Gustavo hizo personalmente durante años y a su vez recoge fragmentos de cintas de vídeo de varias décadas de la familia Salmerón, Julita reflexiona sobre su existencia y se muestra con una autenticidad que a priori podría parecer algo impostada pero que enseguida logra atraparnos con su manera de entender la vida. Julita Salmerón, una mujer que provoca ternura y carcajadas, que te la llevarías a casa y la tendrías en el sofá contándote mil y un detalles; probablemente, mi persona(je) favorit@ de este 2018 recién empezado.

Cuando era joven, Julita soñaba con tener muchos hijos, un mono y un castillo… y lo consiguió. Casada con un ingeniero industrial, ya jubilado, tuvo seis hijos (uno falleció), adoptó a un mono que con el tiempo mostró una agresividad tal (arrancaba el moño de las señoras) que a la postre le obligó a deshacerse él, y, gracias a una herencia inesperada se vio con la cantidad de dinero necesario para adquirir el ansiado castillo; un castillo con sus armaduras, sus frescos y su todo, como los cánones mandan, situado a las afueras de Vic (Barcelona). Y en ese castillo no sólo vivieron los Salmerón (nietos también), sino también gallinas, cerdos y hasta una cabra. Y es que en ese castillo cabía de todo, trastos incluidos, de modo que el involuntario síndrome de Diógenes se convirtió en algo cotidiano. Acumular, acumular y acumular, hasta el punto de que la fábrica familiar se convirtió en trastero. Pero los sueños no duran para siempre y las deudas que el castillo generó (unos siete millones de euros, aunque a Julita hay que decírselo en pesetas), forzaron a la familia a desprenderse del castillo… lo cual significaba a su vez vaciarlo de las muchas cosas que albergaba. Si las dichosas vértebras, que buscan por la casa de los Salmerón, en los armarios y habitaciones llenos hasta arriba de cajas con cosas (y que Julita ha etiquetado a mano) –cosas que para la matriarca son un trozo de su vida y por ello no tira prácticamente nada–, y que no aparecen, la acumulación es la otra esencia de este documental.

Y es que Julita pertenece a una generación de personas criadas en la posguerra, acostumbradas a valorar lo que entonces no abundaba (la comida, por ello siempre come y aunque su cuerpo también acumula kilos, ella erre que erre… ¡si es que le gusta comer!), y que atesoraba todas las pertenencias que se tenían, por muy baladíes que nos parezcan hoy en día. En ese retrato de Julita encontramos el de una España que fue (y es): un país que vivió (con) el franquismo, escondió las heridas de la guerra (los abuelos de Julita fueron asesinados por exaltados comunistas) y trató de seguir adelante. Julita misma es una mujer hecha a sí misma por fuera y por dentro: atea pero que se planteó seriamente ser monja (por llevar un hábito que pide a sus hijos que le pongan cuando la entierren), enamorada (platónicamente) de José Antonio Primo de Rivera (o más bien de la imagen y el aura que desprendió el fundador de Falange y que fue utilizada por el régimen franquista como una de sus bases martiriológicas, lo que no le impidió tener sueños en los que hacía croquetas con su carne), y que hoy en día no es monárquica (no le ve sentido a las monarquías) pero le cae bien el rey emérito Juan Carlos I; una Julita que no tiene motivos para esconder que fue falangista de joven y que formó parte de la Sección Femenina, y que critica a Franco, que «trajo la desgracia a nuestra vida» y ella asocia al hambre de la posguerra. 

En Julita, de una manera u otra, podemos ver a muchos españoles de las décadas centrales del siglo XX, que se acostumbraron (velis nolis) a un régimen dictatorial y que trataron de seguir adelante. Julita no entiende de memorias históricas ni revisionismos: ella sabe lo que vivió y sus contradicciones –atea pero casi monja, fanática de la Navidad (pone el pesebre el 1 de diciembre y lo quita en septiembre), falangista y antimonárquica– son tan naturales como diversas eran las actitudes de los españoles en la época de Franco. A ella lo que importan son sus hijos y su marido, su familia. Las grabaciones familiares muestran a los Salmerón siempre juntos, de vacaciones, en celebraciones de todo tipo, en la playa y en el campo, después en el castillo, y siempre pasándolo bien. Como las cintas de vídeo en beta de muchas familias de los años sesenta y setenta, se muestra una imagen de la familia, feliz y reunida, pero por supuesto sería quedarse con sólo una imagen inacabada, pues, como parafraseando a Tolstói, «todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada».

Julita Salmerón es auténtica y espontánea ante la cámara, a la que no parece prestar atención; graciosa sin pretenderlo y con una manera muy peculiar de ver las cosas. Con una filosofía de vida incalificable y hasta contradictoria, acumula cosas y una sabiduría especial. Es imposible no reírse a menudo con lo que cuenta en el documental, sus anécdotas y su manera de vivir. Ella y los hijos que la rodean, o ese marido con audífono que remuga ante la cantidad de cosas que se llegan a acumular en un piso, una fábrica… y un castillo. Es la estampa de una familia, pero al mismo tiempo de muchas familias: de una manera u otra cuesta poquísimo empatizar (e incluso reconocerse) en los miembros de esos Salmerón, en esos vídeos y fotografías de color sepia. 

El resultado es un documental de 88 minutos –fruto de doce años de grabación y más de 400 horas que costó dos años editar– de humor, una filosofía de vida y un largo bagaje acumulado (no sólo de cosas materiales); un documental que Julita, que acepta ser grabada, no quiere que se haga pero que deja hacer. Son muchos los momentos hilarantes en este documental, como cuando en Julita dice, como quien no quiere la cosa, que cuando muera la pinchen con una aguja (de coser) para asegurarse de que está muerta (enseña después la aguja) y la vistan de monja… y más tarde vemos un ensayo del velatorio de la “fallecida”, amortajada como pidió. O cuando, buscando las vértebras, encuentran las urnas funerarias con las cenizas de los padres de la matriarca, que guarda con fervor, y ni corta ni perezosa coge una piza de esas cenizas y se “pinta” los ojos, con una naturalidad que desarbolan al espectador.

No os perdáis este documental: no sólo es divertido y tierno, es también un retrato de una España de muchas. Igual sales del cine tarareando “Castillos en el aire” de Alberto Cortez, la canción con la que casi se cierra el filme. Gustavo Salmerón ya nos enamoró con su corto Desaliñada en 2002 (y que ganó entonces el Goya a mejor cortometraje de ficción)… y hoy vuelve a hacerlo con este documental sobre su madre y su familia.

PS: finalmente, sí, aparecen las vértebras de la abuela de Julita.

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