Crítica publicada previamente en el portal Fantasymundo.
Nota: este documental llega a las salas de cine como evento cinematográfico. Exhibidores como Yelmo, Grup Balañà y los Cines Verdi en Barcelona, lo emitirán los días 25 y/o 26 de febrero, vinculado a una programación cultural especial; consúltese también en FilmAffinity para saber en qué otros cines se emitirá.
Quieren lo exhibidores que con escasos días de diferencia podamos disfrutar en pantalla grande de una película y un documental sobre Vincent van Gogh (1853-1890), el genial pintor post-impresionista que pintó girasoles y cielos estrellados, y muchísimas cosas más (desde luego), y que para el común de los mortales es aquel señor que en un momento de furia se cortó el lóbulo de una de sus orejas (no toda la oreja). La película, Van Gogh, a las puertas de la eternidad, a cargo de Julian Schnabel y con Willem Dafoe en el rol protagonista (factores que ya predisponen a la curiosidad), se centra en los últimos años de vida (y obra) del pintor neerlandés, y sobre ella hablaremos en este espacio. El documental, objeto de esta crítica, Van Gogh: de los campos de trigo bajo cielos nublados –título en castellano que, gramaticalmente, resulta algo confuso y traduce el original italiano, Van Gogh: tra il grano e il cielo–, dirigido por Giovanni Piscaglia y con guion de Matteo Moneta, se construye como una doble biografía: la del pintor y la de Helene Kröller-Müller (1869-1939), la primera mujer europea en reunir una extensa colección privada de arte, parte de la cual se nutría de casi trescientas de las obras de Van Gogh (entre cuadros y dibujos). Una colección que se erigió, por deseo (y con gran parte de la fortuna) de Helene en un museo, finalmente construido por el Estado neerlandés en la onda de e inaugurado en 1938 en el parque nacional Hoge Veluwe, en la provincia de Güeldres: el Museo Kröller-Müller, que además de obras de Van Gogh reúne la de otros artistas del siglo XX, como Georges Braque, Pablo Picasso, Paul Gauguin, Juan Gris, Piet Mondrian y otros, y en sus jardines se albergan esculturas de Auguste Rodin, Jean Dubuffet, Henry Moore Claes Oldenbourg y otros artistas.



















