14 de enero de 2012

Reseña de Los negocios del señor Julio César, de Bertolt Brecht




Bertolt Brecht (1898-1956), dramaturgo y poeta alemán, cuya figura clave en el siglo XX es indiscutible, escribió entre 1937 y 1949, en diversas etapas, una novela experimento, un híbrido entre la novela histórica, la novela social, el relato periodístico y el teatro épico: Los negocios del señor Julio César (Alianza). Los «negocios» del título nos hablan de las deudas del protagonista inconsciente de la novela; pero nos llevan también a considerar el factor económico como el elemento que confiere poder y que da libertad… o la restringe.

Se trata de una novela corta, con cuatro partes, que toma como punto de partida los apuntes de Raro, secretario personal de Cayo Julio César entre los años 63 y 60 a.C. (694 y 690 desde la fundación de la ciudad, pues es el calendario que se utiliza en el texto). Una novela que dejó incompleta en 1949 y que ya no retomó. Habría que preguntarse por qué. Las cuatro partes de la novela son desiguales entre sí en cuanto a contenido, estilos, ritmos y personajes. En la primera, el narrador anónimo en primera persona nos cuenta como, hacia el año 24 a.C., busca y encuentra el diario de Raro, que le acaba entregando un banquero, antiguo alguacil ejecutor de César. En las otras tres partes, especialmente en la segunda, seguimos los papeles de Raro. Así, conocemos a un César diferente (C. en el texto) a como se nos ha mostrado habitualmente en las novelas históricas (dejemos los ensayos a un lado).



Hagamos ahora un ejercicio de inversión especular.

Imaginemos, por un momento, que encontramos un manuscrito, una especie de diario, sobre un personaje de la Cartago del siglo III a.C. y que el estilo del autor nos lleva a situarnos en la Holanda del siglo XVII. Imaginemos que se nos habla de los bárcidas como una dinastía al estilo de los Orange. Imaginemos que Cartago es asimilada a Amsterdam, una ciudad mercantil y comercial en la que un grupo de familias controlan el poder e influyen en las instituciones. Imaginemos que en el estilo narrativo de este manuscrito el manuscrito, en vez de hablar de estrategas lo hace de cargos que más bien son los estatúderes; en lugar de la asamblea popular o del consejo aristocrático, se habla de algo que suena a los Estados Provinciales; en lugar de la guerras púnicas, parece que se nos habla de una Roma que recuerda a la Francia de Luis XIV, la potencia imperialista del Seiscientos, y mil y un paralelismos más. Nos chocaría, ¿verdad?

Pues la novela de Brecht es un ejercicio de llevar la acción de finales de los años 60 a.C. a los ojos de un lector de mediados del siglo XX. Por tanto, a lo largo de la novela nos encontraremos con fragmentos como:
«Día negro en la Bolsa. Caída en picado de todas las acciones, y en particular de los valores asiáticos. (Yo he perdido unos mil sestercios. Y dicen que a Cicerón se le ha esfumado una tercera parte de su fortuna.) Los bancos cerraron a mediodía. Muchas bancarrotas. Sobre los motivos de esta baja circulan las versiones más distintas. […] Por la tarde, según contó Clodio en tono burlón, empezaron a circular por el Foro unos detalles horribles sobre la caída de las acciones. El banquero Cito Vulvio se dejó caer sobre su estilete y está gravemente herido. Sus hijos le ocultan el estado de las cotizaciones, pues, de conocerlas se arrancaría los vendajes. Cucca (importación de cereales) reunió a todos sus escribas en cuanto empezó el pánico y ordenó a su apoderado que leyera el libro mayor en voz alta, lo que ocurrió entre sollozos de todos los presentes. Vitruvio (terrenos) puso una nota en la pizarra de su oficina pidiendo que se presentara algún empleado a matarlo. Se presentaron todos. Una escena grotesca (siempre según Clodio) le ocurrió a la familia de Pirio Qualvo. La esposa del conocido armador iba caminando por el Foro con su hijo y sus dos hijas, todos de riguroso luto. Unos cuantos desocupados se burlaron de ellos gritándoles: “¿Cuántos millones se os han muerto?” Tuvieron que explicarles que la familia no llevaba luto por el dinero perdido, sino por el cabeza de familia, que se había suicidado a raíz de la bancarrota». (pp. 158-159)



Y, con todo, lo que se cuenta, recogido por diversas fuentes antiguas, posiblemente (remarquemos el adverbio) sea cierto… pero explicado de otra manera. Porque lo que nos evoca este fragmento es otra época y otro espacio. Y, sin embargo, la situación es muy similar. Si a ello añadimos palabras tan actuales como «City» (para referirse a los equites en general como clase económica y social), ««Cámara de Comercio», valores» [bursátiles], «democracia», «club», entre otros, uno se pregunta a qué juega Brecht; un Brecht, recordémoslo, que pasó en su vida de simpatizar con los socialdemócratas a ingresar en el KPD (partido comunista alemán) a finales de los años veinte, algo que, desde luego, influyó en su obra, y en ésta especialmente. Por ello, no es de extrañar que, como en La ópera de cuatro cuartos (1928) (una crítica de la sociedad burguesa, representada como una sociedad de delincuentes), la sociedad romana que nos presenta Brecht, cronológicamente situada entre la conjura de Catilina y la creación del así llamado primer triunvirato (el «monstruo tricéfalo»), tenga no poco que ver con la sociedad de la época de Weimar.

Otro ejercicio de inversión especular.

Cojamos una novela y empecemos a deconstruir mitos. Elijamos a un personaje que ha sido considerado una de las principales figuras de la historia universal y ofrezcamos un punto de vista diferente. Situémonos en un tiempo posterior, pongamos dos décadas después de su muerte, cuando el mito mezclado con la leyenda y envuelto en la vestimenta de la gloria ya ha creado al Gran Hombre. Luego vayamos atrás, rastreemos los inicios en la política de ese hombre. Situémonos en un período determinado, antes de su llegada al poder, y sigamos sus andanzas, cuando no era considerado el Gran Hombre, cuando a punto estuvo de ser destruido políticamente hablando. Fijémonos en cómo este hombre no era tan mítico, demos cuenta de sus debilidades, de su falta de mano izquierda, de sus incapacidades, de sus miserias. Luego el espejo deformante de la leyenda todo lo cambia, y quien pudo quedar recluido en el pabellón de los personajes anónimos se erigió en sinónimo de monarquía: César.

Brecht deconstruye y desmitifica, siempre desde el ejercicio de la ficción histórica, desde luego. El César que se nos muestra es corrupto, insidioso, conspirador, implicado de lleno en la conjura de Catilina, traicionero, etc. Un César que no es el que se convertiría en el futuro… o tal vez sí y los historiadores del pasado convirtieron en ese otro César de leyenda:
«Sea como fuere, algo ha quedado definitivamente claro en estos seis últimos meses: C. no es ni será nunca un político de gran talla. ¡Pese a todas sus brillantes capacidades! No es aquello que Roma necesita más que nunca, ese hombre fuerte que prosiga su camino impertérrito y someta al mundo a su voluntad, haciendo realidad una gran idea. No tiene el carácter ni la idea para ello. Hace política porque no le queda otra salida. Pero no es un caudillo nato. Veo un futuro muy negro». (p. 163)
Dentro de los supuestos papeles de Raro, esto se escribe a finales del año 63 a.C. Antes del César de las Galias. Por supuesto, hablamos de ficción… aunque pensemos que habitualmente damos visos de verosimilitud a lo que las fuentes nos han transmitido sobre César, empezando por él mismo y siguiendo a Plutarco, Apiano, Salustio,…

La novela (incompleta) de Brecht, pues, constituye un ejercicio de inversión especular. Démosle la vuelta a lo conocido, ofrezcamos un punto de vista diferente, pongámonos en la sociedad del momento pero con un punto de vista más bien presentista… saliendo muy airosos del experimento. Eso es lo que ofrece Brecht con su texto. Una novela ágil, que conjuga diversos registros e incluso géneros narrativos. Una novela corta, que se lee en apenas dos tardes, que engancha y sorprende a partes iguales. Una novela que ahonda en la grandeza (y la miseria) de los protagonistas de la Historia, obligándonos a reflexionar acerca de si lo que se nos cuenta es cómo sucedió… o como podría no haber sucedido. Una novela que permite múltiples lecturas y diversos análisis: ¿una historia de la Roma tardorrepublicana en clave de materialismo histórico? ¿Una novela sobre canallas y miserables? ¿Una novela del pueblo y para el pueblo?

Ahí queda esa reflexión.

13 de enero de 2012

Crítica de cine: Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres, de David Fincher

Una historia más que conocida. ¿Cuántos no leímos la trilogía de Stieg Larsson en su momento? ¿A cuántos no nos entretuvo (que básicamente es lo que hace? ¿Y cuantos no vimos la serie de películas suecas y, posteriormente, la serie que actuaba como una versión extendida de las mismas? Así pues, uno se podía preguntar qué podíamos encontrar de nuevo en un remake estadounidense (aunque rodado en escenarios suecos) que no se hubiera contado antes. Pero, claro, que esté David Fincher detrás de la cámara aumenta mucho el interés que pueda haber en esta versión de Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres. Mucho más que el hecho de que el tándem protagonista esté en manos de Daniel Craig (Mikael Blomkvist) y Rooney Mara (Lisbeth Salander). Yo mismo me debatía en la duda: ¿qué me puede ofrecer Fincher con una historia que ya conozco y que supera las dos horas y media de metraje? Pero la curiosidad mató al gato, dicen, y no he podido evitar ceder ante ella.