«–¿Entonces nadie tiene tiempo de ver el bosque, en China?
–Solamente los poetas. Estos que algunos tontos siempre llaman desocupados, ociosos e inservibles. Por eso siempre sostuve que el Estado debe protegerlos, para que alguien pueda ver y oír. Dicen que las montañas no cambian, pero es mentira. Sí que cambian. La montaña respira y su mole se mueve. Las aguas del Wei no son las mismas hoy que ayer. ¿Cómo van a saber, las personas de dentro de dos o tres mil años, la forma que tenía un árbol mientras vivían los Chou? La poesía es la historia secreta de nuestro país».Alberto Laiseca, La mujer en la Muralla, pp. 19-20.
Ying Zheng (258-210
a.C.) es quizá una de las figuras más fascinantes del mundo antiguo. Rey
de Qin (en Pinyin; Ch’in, según el decimonónico sistema Wade-Giles)
desde los 12 años, brutal, impertérrito ante los sufrimientos de su
pueblo y del resto de Reinos Combatientes, en el año 221 a.C. unificó
mediante la fuerza Zhongguo, «todo bajo el cielo», el orbe
chino, y se convirtió en Qin Shihuang Ti, el «Primer Emperador» de la
dinastía Qin. La importancia del personaje es tal que el nombre
occidental de China procede del nombre de su dinastía, Qin. En esos
momentos, el «mundo» se debatía con las luchas entre la República romana
y Cartago por el dominio del Mediterráneo occidental, las ciudades
griegas de la Hélade se peleaban entre ellas y contra el reino de
Macedonia (y aquí subía al trono Filipo V), se sucedían revueltas en el
imperio seléucida y en Egipto un rey-niño, Ptolomoeo IV, accedía al
poder. Pero en el otro «mundo», todo cambiaba.



















