“DC Comics vs. Marvel: el Hartazgo del Superhéroe de Cómic” quizá
pudiera ser el título de una sensación que podría producirse con el
tiempo. Llevamos unos años en los que las películas (y series de
televisión) sobre superhéroes de comics se lo están comiendo todo y con
resultados muy desiguales. Por ahora, Marvel se está llevando el gato al
agua con su universo expandido o extendido y que no sólo vive de los
Vengadores: las series de Netflix son de lo mejor y más destacado, con Daredevil, Jessica Jones y a ver qué tal Luke Cage
a la vuelta del verano. Cierto es que podemos llegar a la saturación
(quien esto escribe así lo percibe desde hace un tiempo) con tanta
“marvelada” y he aquí que llega ahora DC Comics, que se sube con fuerza
al carro, pero con menos éxito. En cuanto a sus películas (mejor dejamos
sus series a un lado…), la más que digna El Hombre de Acero (Zack Snyder, 2013) despertó recelos, convertidos en críticas descarnadas con Batman vs. Superman: el Amanecer de la Justicia
(Zack Snyder, 2016), comentada aquí hace unos meses… y cuya versión
extendida, recién editada en DVD y con 30 minutos más de metraje,
rehabilita en parte la magra sensación que nos dejó el montaje estrenado
en cines (uno se pregunta por qué no se estrenó directamente esta
versión extendida que, de hecho, es el montaje que inicialmente concibió
Snyder). Si quedamos exhaustos con esta película, el estreno de Escuadrón Suicida
no parecía apuntar a una mejor: como película de verano ya esperábamos
mucho ruido y alharaca, pero como un paso más del universo extendido de
DC Comics no teníamos buenas sensaciones. Y las malas sensaciones se han
cumplido.
El mito del buen salvaje tiene en El libro de la selva de Rudyard Kipling (1894) y Tarzán de Edgar Rice Burroughs
(1912) dos ejemplos literarios que lograron fama eterna con sus
adaptaciones literarias… y en este 2016 hemos tenido dos claros
ejemplos. Tarzán evoca la idea decimonónica del hombre
que crece en la jungla/selva y al margen de una gran ciudad/mundo
occidental en plena expansión; el hombre solitario que creció desde la
más tierna infancia en contacto con una naturaleza que de entrada se le
va a mostrar contraria pero con la que acabará conviviendo en armonía y
respetando; el hombre que se cría entre animales, que forman su familia y
a los que acaba, en cierto modo, “liderando”: "Tarzán de los monos" es
más que el título de una película, es la idea del hombre que todo lo
puede y domina, pero que a su vez se erige en una metáfora de la
naturaleza que puede hacer frente a una sociedad urbana e industrial que
todo lo devora a su paso. Johnny Weissmüller
popularizó al personaje en doce ocasiones en los años treinta y
cuarenta, y no fue el único. Nos acostumbramos a su alarido y sus paseos
por la selva liana en mano, conocimos a Jane, la mujer con la que «volvió» a su componente humano, e incluso a su hijo Boy (sí, en cuanto a nombres no se lo curraron demasiado), y cómo no a la mona Chita. Pues he aquí que, tras numerosas adaptaciones cinematográficas –alguna
que otra paródica, como George de la jungla (1997), y alguna que otra
muy meritoria, como Greystoke, la leyendas de Tarzán, el rey de los
monos (1984)–, llega a la gran pantalla una nueva versión. Dirigida por David Yates, que ya demostró sus dotes para la espectacularidad en la franquicia Harry Potter, La leyenda de Tarzán promete y da precisamente eso: un elaborado
artificio visual que, no obstante, acaba por provocar aburrimiento y a
la postre indiferencia. Y es que a estas alturas, más de uno se
preguntará qué tiene Tarzán como para arrastrarnos a una sala de cine.