Ethan y Joel Coen vuelven a la comedia con fuerza y lo hacen con una
película que echa la vista atrás: la etapa final de los años dorados de
Hollywood y del studio system, y la lejana amenaza de la televisión.
Unos años cincuenta en los que, precisamente cuando la pequeña pantalla
empieza a ser un electrodoméstico habitual en los hogares
estadounidenses, las grandes compañías cinematográficas (las majors)
apuestan por presentar películas de entretenimiento masivo: abundan los
wésterns, se ponen de moda las películas de sirenas y nadadoras
sincronizadas (Esther Williams triunfa), y se apuesta por el péplum, las
“películas de romanos”. Ya Quo Vadis
(Mervyn LeRoy, 1951) había inaugurado la década con un cine que aunaba
la ambientación histórica con una mirada “canónica” a los primeros
tiempos del cristianismo; Ben-Hur
(William Weyler, 1959) sería la película de este tipo más exitosa (y
galardonada) de la época; aún se harían más péplums en la década de los
años sesenta, pero ya no tendrían un éxito tan rotundo y Hollywood
paulatinamente abandonaría este género. La televisión, para entonces, se
había convertido en la gran rival del entretenimiento de masas y la
manera de hacer películas de los grandes estudios formaría parte del
pasado.
La factoría Marvel no descansa y su producción es
un no parar. Para un espectador que no sea un fan de los cómics (que es
mi caso, por ejemplo), la sensación de perderse entre las diversas
sagas y franquicias, lo que acaba por conformar su particular universo
cinematográfico, puede derivar a una cierta saturación. A la espera de
que continúe la saga Vengadores con Capitán América: Guerra civil, a
estrenar el próximo mes de mayo, otros filones de la producción
marvelera llegan también a nuestras pantallas: en este caso, Deadpool,
spin-off de la serie X-Men.
El personaje del mercenario bocazas creado por Rob Liefelf y Fabian
Nicieza había aparecido en el cómic en 1991. Ryan Reynolds ya lo había
interpretado anteriormente en X-Men Orígenes: Lobezno (2009) y caló lo
suficiente como para que se proyectara replantearlo de cara a una
derivación de la serie (como se hizo con el propio Lobezno). Con
Reynolds en el saco, se contrató a Paul Wernick y Rhett Reese para
elaborar un guion que debía reformular el personaje, y a Tim Miller para
dirigir la película. La idea era expandir al máximo el componente
cómico del personaje y su tendencia a “romper la cuarta pared”
(dirigiéndose constantemente al espectador, como Frank Underwood en
House of Cards). Un problema añadido era cómo presentar la película en
las salas de cine: es decir, qué clasificación de edades tendría;
finalmente se anunció que tendría una clasificación “R” en Estados
Unidos, es decir, para mayores de 17 años (y mayores de edad en otros
países). Y no es una cuestión baladí: el grado de violencia explícita e
incluso gore, los desnudos y el lenguaje malhablado que tiene el cómic
original forzaba a considerar esta película para un público adulto o a
suavizar el tono para rebajar la edad de los espectadores que pudieran
verla, opción que de entrada no estaba contemplada. Deadpool es y será
en la gran pantalla como ha sido en el cómic.