Creedence Clearwater Revival - Proud Mary
Disco: Bayou Country (1969)
Disco: Bayou Country (1969)
No me había decidido a ver esta película, de la que tanto se ha hablado últimamente. Que la hayan visto 19 millones de franceses y haya ganado 115 millones de euros, sinceramente, me la trae al pairo. El tráiler me tiró para atrás: "ya verás, esto es de un buenrollimo y una lagrimilla fácil que pa qué...". Pero esta tarde me he acercado a los cines Renoir y entre las diversas opciones iba a priori a ver Extraterrestres de Nacho Vigalondo, pero acababa de empezar la sesión y esperar dos horas y pico... como que no. Así que he decidido darle una oportunidad a la película francesa. Y me alegro de haber acertado.
El ‘RMS Titanic’, además del orgullo de la compañía naviera británica White Star Lines, fue el emblema de una época. Su construcción en los astilleros Harland and Wolf de Belfast fue seguida día a día por la prensa y admirada casi con reverencia por la opinión pública. El 31 de mayo de 1911 fue botado en Belfast ante la admiración mundial. Sus números eran impresionantes: 269 metros de eslora, 28 metros de manga, capacidad para 1.320 pasajeros, una tripulación de 908 personas, capaz de desplazar 46.328 toneladas, una velocidad máxima de 25 nudos. Su coste fue de 7,5 millones de dólares de la época, equivalente a unos 180 millones de dólares actuales. Sus constructores estaban tan convencidos de su obra que las pruebas de navegabilidad apenas duraron 8 horas: ¿para qué más, decían, si el barco era perfecto, “insumergible” gracias a sus 16 compartimentos estancos y sus máquinas capaces de propulsarlo a 46.000 caballos de potencia? El pasaje más caro costaba unos 4.350 dólares (unos 77.500 de los actuales) y el más barato, en tercera clase, apenas 34 dólares (poco más de los 600 actuales). Con todo, estas cifras no ocultaban el hecho de que en el barco apenas había 20 botes salvavidas, con una capacidad total para unas 1.200 personas (poco más de la tercera parte de las personas que había a bordo en su viaje inaugural); los vigías de icebergs no disponían de prismáticos, que el primer oficial se dejó olvidados en Southampton; en caso de avistar hielos, las máquinas no podían virar el barco de forma inmediata. Al mismo tiempo, la falsa “insumergibilidad” del buque restó la más mínima noción de prudencia a su capitán, el veterano Edward J. Smith, que se jubilaría al terminar la travesía inaugural, y que no dudó en acelerar la velocidad, apremiado por J. Bruce Ismay, presidente de la compañía y pasajero, quien confiaba en llegar a Nueva York el martes 16 de abril, y no el miércoles 17, como estaba previsto. Sin la tecnología actual., sin radar, navegando de noche a pesar de los avisos de icebergs, el ‘Titanic’ no tardó en convertirse en sinónimo de tragedia, soberbia y fatalidad.