13 de septiembre de 2022

Reseña de The War That Made the Roman Empire: Antony, Cleopatra, and Octavian at Actium, de Barry Strauss

«[Tribuno:] —Dicen que Marco Antonio está con ella. Muerto.

[Octavio:] —¿Qué?

—Que Antonio está muerto.

—¿Es el modo de decirlo? ¿Así de sencillo? Marco Antonio está muerto… qAntonio ha muerto… La sopa está caliente, la sopa está fría, Marco Antonio está vivo, Marco Antonio está muerto… ¡Debes temblar de terror cuando esas palabras pasen por tus labios! Porque si son una falacia Antonio te cortará la lengua por mentiroso; y si son ciertas, deberás vanagloriarte toda tu vida por haber tenido el honor de pronunciar su nombre después de muerto. La muerte de un hombre semejante hay que anunciarla, gritarla. Porque su eco debe resonar por todos los rincones del universo. ¡Antonio está muerto! ¡Marco Antonio, hijo de Roma, ha dejado de vivir!».

Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963).
Sobre el mundo romano, quizá no haya tema más manoseado desde la divulgarización que la relación de Marco Antonio (c. 83-30 a.C.) con la reina Cleopatra VII (69-30 a.C.) y la guerra que “provocaron”. El cine (y la televisión), desde luego, han ayudado a ello, reiterando a su vez tópicos alrededor de ambos personajes: una historia de amor, de pasión envilecedora incluso, que llevó a su derrota en una guerra (civil) contra Roma y a sus respectivos suicidios. Incluso un filme tan destacable como el de Mankiewicz incidía en ese amor tan posesivo, que llevaba a presentar una batalla de Accio (2 de septiembre de 31 a.C.) en la que Antonio, al descubrir que Cleopatra se marcha a Egipto, lo abandona todo, naves y soldados que luchan, están heridos o agonizan, en pos de su amor; cuando llegue a la nave de Cleopatra, se dará cuenta de lo que ha hecho y se culpará por ello. Una imagen, el abandono de todo por un amor irrefrenable, que remite a las fuentes, prácticamente todas ellas contrarias a ambos personajes, que presentaron a un Antonio sojuzgado por Cleopatra; un imperator romano dominado por una mujer, reina y extranjera por más señas.

Hay que decir, no obstante, que en la película de Mankiewicz el guion construido alrededor de los lugares comunes sobre Antonio y (especialmente) Cleopatra alcanza cotas de excelencia en muchas de sus secuencias. Sobre ese «amor» que envilece a ambos personajes según las fuentes, y que ha quedado como paradigma del romanticismo en espectadores (y lectores) modernos, al menos Mankiewicz, que no era precisamente un neófito en la escritura, crea escenas dramáticas muy disfrutables. Nos detendremos un poco en ellas sobre la imagen de ese «amor» entre ambos personajes, tenga paciencia el lector (la película está disponible en diversas plataformas de streaming, nos quedamos con Disney+, básicamente porque está incluida en la suscripción sin costes añadidos). Un amor que va de la obsesión por parte de uno (Antonio) al cálculo político en otra (Cleopatra).

Y pondremos, en relación a esa película y en la reseña de este libro (como el autor hace en la misma), el foco en la figura de Marco Antonio, sobre todo, y sin querer hacerle un feo a Cleopatra: sobre la reina egípcia abundan las biografías, algunas con voluntad de «sacar» al personaje de la leyenda rosa o negra (según la ocasión) creada alrededor de su figura –destacaría, entre muchas, la de Stacy Schiff con traducción castellana, reseñada en esta página, y la inédita en esta lengua a cargo de Duane W. Roller, Cleopatra: A Biography (Oxford University Press, 2011), que forma parte de la excelente colección «Woman in Antiquity», en la que también se incluye otro volumen más reciente de Roller, Cleopatra’s Daughter: and Other Royal Women of the Augustan Era (OUP, 2018)–; cabría añadir, superando el género biográfico, el notabilísimo estudio de Lucy Hughes-Hallett, Cleopatra: la mujer, la reina, la leyenda (Fórcola Ediciones, 2017), traducción de un volumen publicado originalmente en 1990. Pero sobre Antonio no abundan las biografías y estudios: en castellano tenemos que remontarnos a la de François Chamoux, Marco Antonio: último príncipe del Oriente griego (Caralt, 1988; edición original en francés en 1986), más reciente es la doble biografía de Adrian Goldsworthy, Antonio y Cleopatra (La esfera de los libros, 2010); hay otras biografías en inglés, pero tampoco tantas en comparación con Cleopatra: entre ellas tengo pendiente de leer la de Patricia Southern, Mark Antony: A Life (Amberley Publisher, 2012), y que también escribió un breve volumen a la «pareja enamorada», Antony and Cleopatra: The Doomed Love Affair That United Ancient Rome and Egypt (Amberley Publisher, 2007, 2009). Antonio, pues, una figura ya algo elusiva en su época, incómoda para el vencedor, como lo sería la reina egípcia, y de quién mejor era decir poco, y si acaso malo.

Vamos con esas escenas del filme de Mankiewicz.

Nos situamos en la segunda parte del filme: en la primera, sobre César y Cleopatra, Antonio es una figura secundaria, leal mano derecha de César en Roma y quien ya al conocer a la reina egipcia muestra interés en ella. Tres años después del asesinato de César (Rex Harrison), Marco Antonio (Richard Burton) necesita dinero y alimentos para mantener sus tropas. Egipto es la puerta a la que llamar, pero Antonio se niega a viajar a allí y convoca a Cleopatra (Elizabeth Taylor) en Tarso. Ella se niega a ir: permanecerá «en suelo egipcio», le dice a Rufio (Martin Landau), el enviado (y amigo) de Antonio, pero finalmente sorprende al triunviro y se presenta con una lujosa nave. Antonio cree que Cleopatra acudirá a su palacio, pero en realidad, como Sisógenes (Hume Cronyn) le dice a Rufio, la reina sigue «en» Egipto, a bordo de su nave y de allí no piensa moverse; y si Antonio, que está «en» Tarso quiere ver a la reina, tendrá que ir «a» Egipto. Antonio acude esa noche al puerto y se le honra en la nave con un fastuoso banquete. Cleopatra le recibe vestida con un vaporoso vestido de sedas de color rosado y con un aparatoso collar al cuello, formado con monedas de oro con la efigie de César, hecho que, aun sin mostrarlo todavía, enfurece a Antonio. A lo largo del banquete, Antonio y Cleopatra conversan, lanzándose mutuamente veladas pullas. Antonio, que no ha olvidado a Cleopatra desde que se conocieran en Roma años atrás, está prendado por la reina. «Te dije una vez que contigo las palabras se me resisten. Llevo muchas cosas dentro de ti que no sé decirte». Le pide que se quede más tiempo, pero Cleopatra le confiesa que esa misma noche regresa a Egipto. Antonio se siente burlado, y no será la última vez.

El banquete continúa. Vemos a Antonio beber, con señales de embriaguez, el vicio que desde siempre se le ha achacado, el abuso de la bebida. Entra una de las atracciones que Cleopatra ha dispuesto para la velada. Un grupo de jóvenes egipcias entra, sirven una copa de vino a Antonio. Cleopatra hace la señal y, entre el grupo de jóvenes encima de un pedestal móvil, vemos a un hombre caracterizado como Dioniso, el dios del vino, que bebe y ríe; un Dioniso que, como ha recordado Cleopatra, es la deidad a la que Antonio rinde culto (o es su favorita). De pronto, a su lado aparece una muchacha que físicamente es muy parecida a la reina egipcia, vestida como ella, con un collar similar. Ambos, Dioniso y «Cleopatra», ríen y miran a Antonio; éste, sorprendido, mira a su vez a la Cleopatra que está a su lado, empieza a ser consciente de la burla, otra, que la reina le ha preparado. El pedestal móvil se mueve a lo largo de la sala, con Dioniso besando a «Cleopatra», riendo ambos, mirándole, desafiándole. Las jóvenes se acercan a Antonio, le rodean; él, beodo, se levanta y trata de ir hacia el pedestal móvil, las muchachas lo llevan de un lado para otro, lo marean. Finalmente llega al pedestal, le quita la corona al Dioniso beodo y riente y lo aparta, se la pone en la cabeza y besa a «Cleopatra», mientras las jóvenes hacen girar el pedestal. Antonio dirige entonces su mirada a la mesa desde la que, con la reina, ha presidido el banquete; pero Cleopatra no está, no ve cómo él, en su embriaguez, la ha «conquistado». La burla se ha completado.

En la alcoba de Cleopatra, ambos seguirán con la conversación aparcada. Antonio no puede competir con César, con las monedas del collar que Cleopatra, ya en camisón en el lecho, sigue luciendo, y se enfurece. Le pregunta a cuántos ha amado después de César: «¿A uno, diez, alguno, nadie? ¿Te besaron con sus labios, te tocaron con sus manos, gritaste su nombre en la oscuridad? Y ya a solas, ¿te hizo reproches y le imploraste perdón a su memoria?». Son los celos de quien está enamorado, pero se siente, como le dijo un poco antes, «un peldaño por debajo de César, a la derecha de César… a la sombra de César». Cleopatra le echa en cara su autocompasión, pero Antonio ya se ha rendido y le confiesa sus sentimientos, su «amor»: «Hace tanto que llenas mi vida, como… un estruendo que retumba en mi corazón. Quiero librarme de ti, de mi deseo, de mi miedo». Por fin, se besan: «ya nunca me libraré de ti», concluye Antonio, besándola otra vez. Amanece. Ambos, en la cama, siguen despiertos.
«[Antonio:] —Desde el instante en que te vi entrar en Roma sobre aquella gran carroza, resplandeciendo al sol, como un juguete de oro, envidié tanto a César que casi enfermo. No por sus conquistas, sus títulos, ni por los rugidos del populacho. Le envidié por ti.

[Cleopatra:] —Cuando nos vimos en Roma, me acordé de ti y me reproché por haberte olvidado.

—No comprendo.

—Te vi hace años, cuando eras un joven oficial de caballería destinado en Alejandría, bajo el mando de un general obeso, ¿cómo se llamaba?

—Eh…Gabinio.

—¡Gabinio! Yo tenía doce años, me enamoré de ti.

[Antonio ríe:] —Tonterías…

—Es cierto.

—Los enamorados siempre desean no haber amado antes.

—Es posible, sí…

—Vamos a jugar: ¿quién amó primero a quién?

—¡Yo!

—Si de veras me viste entonces, debiste sentir… ¡terror hacia mí!
[Cleopatra sonríe:] —Por una buena razón. Todos saben que los romanos alimentan a sus caballos con niños egipcios. [Antonio ríe. Cleopatra se pone seria:] Será nuestro comienzo. A partir de esta noche no debes envidiar a César ni a nadie, nunca más. [Se besan]».
(La sucesión de escenas, desde la llegada de Antonio al barco de Cleopatra, va de 2:12:38 a 2:27:55
Mankiewicz consultó con detalle las fuentes clásicas y de ellas procede gran parte de la imagen que ha quedado de ambos personajes y del amor que «vivieron». En Plutarco, una de las fuentes principales y que escribe hacia finales del siglo I de nuestra era, leemos al respecto de la personalidad de Antonio: 
«(…) el amor de Cleopatra fue el mal que lo remató definitivamente: muchas de las pasiones que se guardaban latentes y dormidas en su interior las desató ese amor hasta el paroxismo y, si cobijaba algún sentimiento bueno y saludable su corazón, éste lo destruyó y se esfumó» (Vida de Antonio, 25, 1). 
Antonio es el elemento «pasivo» en la relación: 
«Tan engatusado estaba Antonio que, mientras su mujer Fulvia luchaba por el patrimonio de su marido ante César [Octaviano] en Roma y estaba ya en Mesopotamia un ejército parto, al mando de Labieno, con intención de invadir Siria, él se dejó arrastrar por ella a Alejandría y allí, pasando el tiempo en ociosidades y niñerías desperdició ese tan preciado don que, como dice Antifonte, es el tiempo» (ibid., 28, 1-2).
Veleyo Patérculo, que escribe en época de Tiberio (14-37 d.C.), brevemente incide en la debilidad de Antonio: 
«al enardecerse su pasión por Cleopatra y como efecto de su enorme envilecimiento moral, que siempre aumenta al encontrar posibilidades, facilidad y aduladores, decidió declarar la guerra a su patria» (Historia romana, II, 82, 4). 
Ambas son las fuentes completas que se han conservado más cercanas a la época de Antonio y en ellas ya está inscrita la base de la propaganda octaviana contra Antonio (y Cleopatra). 

De Tito Livio apenas quedan unos resúmenes (las Períocas) de los libros perdidos para este período, y en ellas se menciona escuetamente la relación de Antonio con la reina egipcia, 
«a la que había comenzado a tratar como esposa desde hacía ya tiempo, prendado de amor por ella» (Per., 131, 3).
La obra de Livio para estos años está perdida, pero un historiador que pudo escribir en época de Adriano (117-138), Lucio Anneo Floro, recogió parte de su contenido; al respecto de Antonio y Cleopatra escribe: 
«La locura de Antonio, que no había podido consumirse por la ambición, se extinguió por el lujo y la lujuria, pues, al odiar las armas tras el episodio de los partos, pasaba el tiempo inactivo, atrapado por el amor de Cleopatra, y se reponía en el regazo de la reina como si hubiera obtenido éxito. Por ello, la egipcia, como precio para sus placeres, requirió de un general ebrio el Imperio romano, y Antonio se lo prometido, como si el romano fuese más asequible que el parto» (Epítome de la Historia de Tito Livio, II, 11, 2-3). 
Dión Casio escribe en las primeras décadas del siglo III y para entonces la leyenda negra en torno a Antonio y Cleopatra está más que extendida; de este modo, al respecto de la relación entre ambos, escribe que 
«Antonio entonces era incluso más esclavo del amor y de los encantos de Cleopatra» (Historia romana, XLIX, 34, 1).
Volvamos (una vez más) a la película. Antonio y Cleopatra mantendrán su relación en Alejandría después del encuentro en Tarso por un tiempo, pero Antonio debe regresar a Roma. Como sabemos, en la realidad histórica, en el año 39 a.C., y para poner fin a la tensión que ha estallado entre Antonio y Octaviano –las fuentes mencionan que los respectivos ejércitos se niegan a combatir y delegados de los triunviros, Polión por Antonio y Mecenas por Octaviano, llegan a un acuerdo–, se firma una paz, sellada con una alianza matrimonial: Antonio, viudo de Fulvia, se casa con Octavia la Menor, hermana de Octaviano y que acaba de enviudar de Gayo Claudio Marcelo. La pareja se instalará en Atenas durante un par de años, pero finalmente Antonio, que necesita los recursos de Egipto, aliada de Roma, para financiar la campaña contra los partos. En el filme, Cleopatra, que ha reaccionado con dolor a las noticias del matrimonio de Antonio con Octavia (Jean Marsh) –algo que en la realidad histórica no se habría producido, pues la relación con Antonio era eminentemente política, aunque mantuvieran también un idilio, que dio como frutos tres hijos (Cleopatra Selene, Alejandro Helios y, algo más tarde, Ptolomeo Filadelfo)–, lo recibe con aspereza; con despecho, se podría decir.

En una discusión de Antonio y Cleopatra, la reina egipcia le reprocha que se haya casado con Octavia y sea un «esclavo» al chasquido de su «amo», Octavi[an]o (Roddy McDowall). Quien se ha entregado al amor es Antonio, hecho que lo degrada en el paradigma masculino que la tradición ha construido en torno a su figura:
«[Antonio]: —Yo sólo tengo un amo. Mi amor por ti.

[Cleopatra]: —No, el amo no debe ser el amor; el amor, nunca. Cuando te entregas al amor, se hace imprescindible que olvides lo que eres, quién eres y aquello que quieres.

—Lo que tú quieres, ¿vale mucho más?

—Jamás consentiré que el amor sea mi amo.

—Entonces no tendrás amor.

—¡Tampoco tendré a Octavio!» (de 2:49:47 a 2:50:17).
En las fuentes antiguas, la imagen que se repite de Antonio es la de «esclavo» de Cleopatra y la de un romano que no actúa como tal, como Dión Casio refiere:
«Pues ella lo había esclavizado de tal modo que lo había convencido para que desempeñara el cargo de “gimnasiarca” en Alejandría. Él la llamaba reina y señora; ella llevaba soldados romanos en su guardia personal; todos los soldados de Antonio habían inscrito el nombre de ella sobre sus escudos. Ella frecuentaba el ágora en su compañía, con su concurso organizaba las fiestas y con él presidía los tribunales. Cleopatra montaba a caballo por la ciudad con él a su lado, o se hacía llevar en silla mientras que Antonio, a pie, la acompañaba entre sus eunucos. Y él, a su cuartel general, lo llamaba palacio real; en ciertas ocasiones, de su cintura colgaba un alfanje, también usaba ropas ajenas a la tradición romana y se presentaba en público sobre una litera dorada o en una silla similar. Se había hecho representar en compañía de Cleopatra, tanto en pinturas como en esculturas, pretendiendo él ser Osiris o Dioniso y ella, Selene o Isis. Con tales actitudes demostraba con claridad que había perdido el juicio por culpa de ella y de alguna de sus brujerías. Pues no sólo a Antonio, sino incluso a todos los que podían ejercer alguna influencia sobre él, tanto los engatusaba y dominaba que concibió la esperanza de gobernar sobre Roma y, cuando pronunciaba un juramento, convertía en su mayor deseo dictar justicia sobre el Capitolio» (Historia romana, L, 5).
Demos un salto en el tiempo y el metraje del filme. En Accio, creyéndolo muerto en combate, Cleopatra decide volver a Egipto. Antonio ve alejarse a su nave dejando atrás a sus hombres, heridos o moribundos; más tarde se dará cuenta, avergonzado, de lo que ha hecho. Encontramos la base de esta escena en el relato de la batalla por parte de Plutarco:
«De improviso, se vieron las naves de Cleopatra izar las velas para salir huyendo de los que luchaban. Se encontraban colocadas detrás de las naves grandes y, al tener que huir por en medio, causaron una gran confusión. Los enemigos se admiraban de lo que estaban viendo, al comprobar que, usando la fuerza del viento, se dirigían al Peloponeso. Allí quedó totalmente claro que Antonio se ocupaba de los asuntos no como general, ni como hombre que estuviera en su sano juicio, sino como si estuviera abducido y atrapado por una mujer (…). Él, en cuanto que la nave de aquélla se alejaba, lo olvidó todo, traicionando y abandonando a los que luchaban y morían por él, se subió a una nave de cinco remos con la única compañía del sirio Alexas y de Escelio, y salió en busca de la que le había ocasionado su ruina y que ahora le iba a dar el golpe de gracia.

 

Cleopatra, al reconocerlo, hizo izar una bandera sobre la cubierta de la nave. Pero Antonio, aunque pudo acercarse y subió a bordo, no consiguió ver a Cleopatra, ni hacerse ver por la otra, sino que fue a la proa, donde se sentó en silencio cubriéndose la cabeza con ambas manos» (Vida de Antonio, 66-67).

Al regresar a Alejandría, se mantiene apartado de Cleopatra. La reina irá a buscarlo a su refugio, para explicarle por qué se fue de Accio:

«[Ante el gesto de Antonio de irse]: —Te lo ruego. Octavio ha cruzado Siria y se dirige a Egipto. Podría estar aquí en semanas. En Alejandría hay apostadas dos legiones completas que siguen leales a ti. Ellas y sus oficiales esperan que tú… las mandes. Si no conmigo, ¿no quieres al menos hablar con tu amigo Rufio? ¿O con quien tú elijas? ¡Antonio, di tan sólo que tú quieres y así se hará! [Antonio levanta la cabeza y la mira.] Hacía ya tanto tiempo que no me mirabas… y nunca así: con los ojos impregnados de odio. ¡Ardiendo de odio! ¿Por qué, Antonio, por qué? ¿Porque salí huyendo? ¡Todos me decían que habías muerto! [Solloza.] ¿Qué… podía hacer? ¿Adónde… podía ir en un mundo que de repente está sin ti? Creí que solo me quedaba mi hijo y mi patria. ¡Cesarión y Egipto! Quería salvarlos a ellos de Octavio. Habrías querido que me fuese. ¡Me habrías ordenado que me fuese! ¡Di que lo habrías hecho! [Llora y se tumba boca abajo en el suelo.] ¡Me aseguraron que habías muerto! ¡Me aseguraron que habías muerto!

[Antonio se levanta:] —Tienen razón, he muerto” [Sale de la estancia mientras Cleopatra sigue llorando.].» (De 3:22:01 a 3:24:20].

Los romanos, con Octavio al frente, avanzan hacia Egipto. Una delegación, encabezada por Agripa (Andrew Keir), se presenta ante Cleopatra:
«[Agripa:] —Los ejércitos de mi señor Cayo Julio César avanzan hacia Alejandría, ahora incluso sin oposición

[Cleopatra, que ase en sus manos el mayal y el cayado, símbolos del poder real egipcio, y luce la corona en la cabeza:] —¿Cayo Julio César? De modo que ahora Octavio le ha robado el nombre completo. [Independientemente del error en boca de Cleopatra, pues, como sabemos, por testamento Gayo Octavio pasaba a ser Gayo Julio César Octaviano, la respuesta de la reina egipcia en el filme es muy ingeniosa.]

—Mi señor César desea que se sepa que ya no tiene nada contra la reina Cleopatra de Egipto. [Obviando, claro está, que ha sido precisamente ella el objetivo del conflicto, como se mostró en la secuencia en la que Octavio arroja la “sagrada lanza de la guerra” en dirección a Egipto.]

—Entonces que se lleve sus tropas, que se vuelva a su casa.

[Se escucha a Agripa, mientras Antonio escucha detrás de una pared, aledaña a la sala del trono:] —Me encargó que te dijese lo siguiente: la decisión entre la guerra y la paz ahora depende de Egipto, puesto que, en lo que a él atañe, sólo desea la paz.

[Volvemos a la sala del trono con Cleopatra:] —¿Cuáles son los términos para alcanzar esta paz pactada?

—Algo simbólico, una muestra, un gesto. Una… indicación de la voluntad y la buena fe de la reina Cleopatra.

[Cleopatra exasperada:] —¿Qué es lo que quiere Octavio a cambio?

—A Marco Antonio.

[Atónita, aunque, la verdad, no se esperaría otra cosa tras la derrota…:] —¿La… cabeza de Marco Antonio? [Agripa no responde. Cleopatra depone el cayado y el mayal, se lleva una mano a un collar y agarra algo, que arroja a Agripa:] Llévale esto como respuesta. [Agripa lo coge.] Generosidad egipcia. Octavio puede tener dos cabeza por el precio de una: o las dos o ninguna.» [Los romanos se van; Antonio también se marcha antes de que puedan verle.] (De 3.24:35 a 3:26:35)
En la siguiente escena, en lo que parece ser esa misma noche, Cleopatra se reúne con Antonio en el edificio que acabará por ser su tumba. La conversación/discusión denota el gran talento de Mankiewicz a la hora de escribir diálogos, la transcribo completamente:
«[Cleopatra:] —Dicen que vienes aquí a dormir.

[Antonio]: —A dormir no.

—¿A pasar la noche?

—No estoy solo. Con… [señala con un gesto de la cabeza una estatua de César divinizado:] mi viejo amigo revivo épocas pasadas. Como un compañero de cuarto. O mejor, de tumba.

—Si estuviera en tu lugar él no vendría aquí al encuentro de César, a refugiarse a la luz de la luna lleno de una infinita lástima de sí mismo.

[Antonio se levanta, airado:] —¡No repitas que me tengo lástima! ¡Busca nuevos reproches!

—Hasta ahora solo han sido tus constantes borracheras [el viejo adagio contra Antonio] las inspiradoras de canciones tristes para Antonio.

—Tu tiempo estaría mejor empleado si negociases con Octavio. Debiste darle mi cabeza a Agripa. Yo no perdía mucho, morir por segunda vez no duele y te reportaría muchas ventajas. Tal vez la base de una nueva alianza con Roma.

—Yo no quiero ninguna nueva alianza con Roma.

—¿Y qué quieres?

—Vengo a buscar a Marco Antonio. Lo que queda de su ejército, Rufio, mi hijo y yo, todo Egipto: les esperamos. Queda poco tiempo.

—¿Marco Antonio? No queda nadie con ese nombre… vivo.

[Cleopatra se acerca y le abofetea tres veces; él le devuelve una bofetada, ella cae estrepitosamente al suelo.]

—¿Tiempo para qué? ¿Para que Marco Antonio aparezca con reluciente armadura y una espada en cada mano? ¡Zas. Agripa! ¡Zas, Octavio! ¡Retroceded, reíd, Marco Antonio salvará el día! [Aún en el suelo, Cleopatra observa en silencio.] Antonio, dices… huyó, en Actium… mientras huía. Intentó correr sobre las aguas, contarán, ¡y tú no estabas para cogerle la mano! Rufio y mis legiones esperaban, ¿para qué? ¿Para decirme lo que leía en sus ojos, en su alma, en sus pesadillas, que son las mías? [Declama:] “¿Por qué, por qué tú no estás muerto? ¿Por qué vives? ¿Cómo puedes vivir? ¿Por qué no yaces en la sima más profunda del mar, sin fuerza y abotargado, con la paz de una muerte honorable?”. [Cleopatra, con expresión emocionada, se levanta del suelo.] Y tú [señala a Cleopatra con una mano], me pedías perdón a mí por haber huido. Lloraste y diste tus razones: madre de su hijo y reina de su patria. ¿Acaso puedo yo llorar y suplicar? ¿Ante quién? ¿Ante miles de soldados que ya no pueden oírme? ¿Puedo dar mi razón, puedo exponer que amaba? [Cleopatra, en silencio, le mira en silencio.] Cuando vi que te alejabas dejé de ver, de sentir, de oír. Sólo pensaba en que te ibas. No pensaba en los muertos, ni en Roma, ni en Egipto, ni en la victoria o la derrota, el honor o la desgracia, el futuro o el pasado. ¡Sólo pensaba que mi amor se iba y quería estar con ella! ¡Que mi amor me… me estaba llamando! Y lo seguí. Solo entonces… miré atrás. Y lo vi… [Se sienta.] Cuánta razón tenías: ten por amo a cualquiera, lo que sea, pero no al amor.

—Me equivoqué. Estaba equivocada. Antonio, el amor que seguiste está aquí.

—¿Para recibir en pago un imperio?

—Yo sin ti, Antonio, ya no quiero seguir viviendo en este mundo y mucho menos conquistarlo. Porque para mí… ya no habría amor en ninguna parte. ¿Quieres que muera contigo?… moriré. ¿Quieres que viva contigo?… lo que tú decidas.

[Antonio se acerca a Cleopatra.]

—No es demasiado tarde si decidimos vivir.

—Es mejor así que nunca.» (de 3:26:35 a 2:32:08)


Como podemos leer, la imagen de una película tan ilustre como Cleopatra –una magnífica película, remarco–, y aun romatizando la relación entre ambos personajes y, por tanto, «acercarlos» al gran público, más si cabe, bebe del tópico literario –de la propaganda de sus enemigos– que ha perdurado más de dos mil años después; y que sigue perdurando entre ese mismo gran público. Para esa propaganda Octavian, cuán bajo había caído el ex triunviro que controlaba el Mediterráneo oriental y sus provincias romanas, y que era patrón de diversos soberanos y principados clientes: muchos de los cuales él mismo había instalado en el poder, y muchos de los cuales le fueron abandonando a medida que la última guerra civil republicana se desarrollaba.

Cuán distinto era ese Marco Antonio, hombre de pasiones incontenibles, embrutecido por el vino y el frenesí sexual, seducido por la viciosa descendiente de una decadente dinastía oriental, a quien había regalado territorios bajo el poder romano como si fueran suyos, del líder de la Roma (y la Italia) tradicionales, el auténtico heredero del legado del Divino César y su vengador, el vencedor sobre piratas como Sexto Pompeyo y sobre los ilirios, a quien Italia y las provincias occidentales habían jurado lealtad por propia voluntad: Gayo Octavio por nacimiento, Gayo Julio César Octaviano por testamento, el Imperátor César Hijo del Divino [César] (63 a.C. – 14 d.C.) desde unos pocos años atrás. En comparación con este adalid del orden y la tradición, cuán bajo había caído el otro triunviro (dejaremos a Lépido al margen) que avergonzó a Roma al abandonar a su esposa, Octavia, hermana del otro, por la desvergonzada reina de Egipto, de quien tuvo tres hijos, a los que entregó coronas y territorios por conquistar, mientras dejaba en Roma a los hijos de sus anteriores matrimonios. Cuánto había insultado a Roma al celebrar triunfos en Alejandría y dejó por escrito en su testamento que a su muerte su cadáver fuera sepultado en la capital egipcia y no en su ciudad natal.

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Con The War That Made the Roman Empire: Antony, Cleopatra, and Octavian at Actium (Simon & Schuster, 2022), y ahora sí entramos de lleno en el objeto de esta reseña, Barry Strauss rastrea la batalla de Accio, el 2 de septiembre del 31 a.C., y la derrota del Egipto de la reina Cleopatra Thea Philopator («diosa que ama a su padre»), la séptima de su nombre, aliada a quien formalmente era cónsul por tercera vez, Marco Antonio. En la propaganda de cara al Occidente romano que controlaba, Octaviano no tenía por enemigo público a Antonio ni la contienda se planteaba en términos de guerra civil: era una lucha contra un enemigo externo –oriental, exótico, decadente –, declarada formalmente por el Senado romano y ratificada por ceremonias arcaicas (que probablemente el Hijo del Divino desempolvó del pasado) como la de los feciales. Y en cierto modo, la correlación de fuerzas podía justificar hasta cierto punto dicha propaganda, pues junto a las tropas egipcias terrestres y marítimas, combatían destacamentos de reinos orientales, como el Ponto, Galacia, Tracia, Judea y Nabatea, por destacar los principales; o con estas fuerzas aliadas contaban Antonio, el patrón romano de sus respectivos soberanos, y Cleopatra en el momento en que fue declarada la guerra. Pero, a lo largo del año 31 a.C. y hasta la batalla en Accio, estos reyes fueron abandonando a la pareja, alguno por rechazo ante la errática campaña que se estaba desarrollando en tierras griegas, otro por sobornos recibidos de Octaviano y otros porque prefirieron finalmente no presentarse en el momento del combate.

Y, claro está, hay que incluir las tropas romanas que Marco Antonio, triunviro hasta finales del 33 a.C., procónsul y además cónsul en el año 31 a.C. (sólo reconocido en las provincias orientales), tenía a su disposición y sobre las que muchas de ellas estaba al frente Publio Canidio Craso (cónsul sufecto en 40 a.C.). Para cuando tuvo lugar la batalla marítima, apenas tenía Antonio a partidarios romanos de renombre entre sus filas: Gneo Domicio Ahenobarbo, cónsul en el 32 a.C., y quien había exigido que la reina egipcia no participara en el consejo militar de Antonio, le abandonó poco antes de la batalla; el otro cónsul de ese año, Gayo Sosio, sí se mantuvo fiel y comandó parte de la flota; más tarde sería perdonado por Octaviano. Ya Lucio Munacio Planco (cos. 42 a.C.), quien tenía fama de cambiar de bando sin apenas despeinarse, había traicionado a Antonio en el año 32 a.C., tras abandonar Alejandría junto a su sobrino Marco Ticio; de hecho, Planco «filtró» a Octaviano el contenido del testamento de Antonio y que tan insidiosamente utilizó el Hijo del Divino en el estallido de la guerra; Planco aún realizaría un servicio más a Octaviano al proponer en el 27 a.C, que se le concediera el título de Augusto. Incluso un adulador como Quinto Delio, quien se había encargado de misiones diplomáticas por orden de Antonio para convocar a Cleopatra en Tarso diez años atrás, y que se mantuvo desde entonces muy cercano a la reina egipcia, abandonó a la pareja antes de Accio.

Busto de Octaviano, alrededor del 30 a.C., Museos Capitolinos, Roma.
Busto de Octaviano c. 30 a.C. Museos 
Capitolinos, Roma. Fuente: Wikipedia.
Frente a la defección sucesiva de próceres en el círculo de Antonio, Octaviano contaba con el apoyo de descendientes de familias de la vieja nobilitas romana superviviente de las guerras civiles, como Marco Valerio Messala Corvino –antiguo partidario de Bruto y Casio, proscrito en 43 a.C., perdonado por Antonio y después pasado a Octaviano, que le designó cónsul en el 31 a.C. en lugar, precisamente, de Antonio–, pero sobre todo con la de militares de origen itálico que se convertirían en la columna vertebral del ejército durante gran parte de su posterior principado. Para empezar, su amigo de infancia, leal hasta la médula y mano derecha: Marco Vipsanio Agripa (63-12 a.C.), quien estuvo a su lado desde que el joven Gayo Octavio desembarcara en Italia desde el Épiro, en abril del 44 a.C., para reclamar la herencia de César. Agripa, militar de tierra de origen humilde, no aspiraba –tampoco podía– a mayores honores que los que Octaviano le diera, y fue muy generoso el Hijo del Divino. Strauss pone énfasis en cómo la campaña de Accio no habría sido igual sin la labor de Agripa en la guerra contra Sexto Pompeyo en el 36 a.C. y en cómo, en los años inmediatamente anteriores, Agripa creó una flota prácticamente desde cero en la base construida junto al lago Lucrino (el Portus Iulius). La experiencia en la guerra naval que Agripa ganó en aquellos años fue determinante en la campaña de Accio; de hecho, fue una de las claves del éxito de la guerra contra Antonio y Cleopatra.

Junto a Agripa, Octaviano contó también con sólidos militares de alianza reciente como Lucio Arruncio, antiguo pompeyano y ahora almirante en Accio (Octaviano, ya Augusto, le premiaría compartiendo consulado en 22 a.C.), y Tito Estatilio Tauro, quien fuera hombre de Antonio hasta la guerra contra Sexto Pompeyo, cuando su patrón lo envió a ayudar a su cuñado; Tauro fue quien acompañó a Octaviano en la guerra contra los ilirios en 34-33 a.C. y posteriormente, ya transferida su lealtad a Octaviano y se encargó de comandar sus fuerzas de tierra mientras Agripa y Arruncio comandaban la flota. De todos ellos, no obstante, claramente era Agripa la figura principal entre los militares al servicio de un Octaviano que, a diferencia de Antonio, no tenía talento para la milicia y lo asumía con naturalidad. Pero, claro, él era el Hijo del Divino, el Imperátor César, el futuro Augusto.

El libro de Strauss en cuatro partes. El primero bloque nos lleva de la muerte de César a la declaración de guerra (44-32 a.C.) y plantea la siempre frágil alianza entre Antonio y Octaviano, antes y después de Filipos (42 a.C.). Es una parte con mucha tela que cortar, pero Strauss la sintetiza con bastante detalle pero sin alargar demasiado los temas: los acuerdos posteriores a esta Filipos, la relación entre Antonio y Cleopatra a finales de la década de 40 a.C. –una relación eminentemente política, aunque no exenta de idilio, como la que tuvo la reina egipcia con César–, las paces entre ambos triunviros y los acuerdos coyunturales con Sexto Pompeyo, la guerra contra este y, en paralelo, el «desastre» de Antonio contra los partos (y Armenia); una derrota a la que Strauss rebaja el componente de catástrofe, pues las pérdidas de Antonio, un tercio, aun siendo importantes, no impidieron que, apenas dos años después, el triunviro tuviera suficientes fuerzas como para luchar de tú a tú con Octaviano en tierra; y, por último, el camino a la guerra.

El segundo bloque trata el período entre el otoño del 32 y abril del 31 a.C., en el que se reúnen las fuerzas de Antonio en Oriente y se le presenta con una estrategia –asaltar Italia por tierra y mar– a priori muy potente. Strauss pone el foco en la fortaleza de los invasores, Antonio y sus aliados orientales (no sólo Cleopatra, pero sí la principal). Cleopatra favorecía una estrategia marítima que, desde una base en la costa occidental de Grecia, defendiera las vías marítimas a Egipto, mientras que una estrategia terrestre optaba por una ofensiva a través del mar Jonio para invadir el sur de Italia. No era una opción doble equitativa, afirma el autor: Cleopatra tenía una experimentada armada, nutrida sobre todo por naves egipcias, pero también se enfrentaba a una flota no tan veterana, pero que había logrado enormes éxitos bajo Agripa en la guerra contra el Hijo de Neptuno y, a continuación, en la campaña iliria (durante la cual Agripa no acompañó a Octaviano, desarrollando en cambio una eficiente política edilicia en Roma). La estrategia marítima tenía sus déficits: Brundisium y Tarento, los principales puertos en el sur de Italia estaban, fuertemente fortificados y en manos del enemigo, y tampoco impedía que Agripa y Octaviano enredaran a sus enemigos en aguas jónicas, mientras enviaban el grueso de su flota directamente a Egipto, lo que más temía Cleopatra (y que determinó su actitud en Accio). Y era esencial ocupar los puertos de la costa occidental griega para poder atacar directamente el sur de Italia; pronto la celeridad de Agripa desbarató los planes de Antonio, que optaba inicialmente por una estrategia terrestre.

Tetradracma con las efigies de Cleopatra y Marco Antonio, c. 36 a.C. Fuente: Wikipedia.

Una estrategia terrestre que Antonio, analiza Strauss a partir de las fuentes generalmente contrarias al triunviro, pero también detalladas, que se sustentaba en tres patas: financiera, forzando a Octaviano a imponer impopulares tasas en Italia para sufragar el esfuerzo militar en tropas y naves, y para ello la propaganda también era una herramienta en manos de Antonio, que en los años 33 y 32 a.C. había emitido monedas con su efigie en Italia, lo cual también pone en duda la eficacia del juramento de lealtad de «toda Italia» que Octaviano/Augusto menciona en sus memorias (y las fuentes remarcan a partir de ellas); política, en consecuencia, pues aunque muchos senadores partidarios suyos marcharon a Oriente cuando se declaró la guerra, la presencia de una imponente armada y un nutrido ejército al otro lado del Adriático dejaban entrever que Antonio sólo esperaba unos vientos adecuados para cruzar este mar, con lo que se trataba de minar la moral del enemigo (“Antony is coming”), y al mismo tiempo forzó a Octaviano a llevarse consigo a Grecia a los senadores restantes, virtualmente unos rehenes, no fueran a desertar al enemigo a las primeras de cambio (y dejaba a Mecenas con un ejército en Italia para prevenir un levantamiento proantoniano); y militar, pues su estrategia, audaz sobre el papel, planteaba claramente la iniciativa, llevando la guerra a suelo itálico (a diferencia de César y Pompeyo en 49-48 a.C., y Bruto y Casio en 42 a.C.).

Las fuentes principales, subraya Strauss –por orden cronológico: Tito Livio, Veleyo Patérculo, Plutarco, Floro y Dión Casio– inciden en que Antonio planeaba una invasión de Italia y que su error –Dión Casio remarca, Plutarco lo insinúa veladamente– es que Antonio no fue lo bastante rápido para forzar una batalla antes de que Octaviano estuviera preparado. Que finalmente esta ofensiva no se produjera quizá fue una decisión de Antonio, sugiere Strauss; quizá Antonio sólo pretendía crear la impresión de que iba a atacar Italia para asustar al enemigo, pero sin realmente hacerlo. En la batalla de la propaganda todo vale, se podría decir.

Pero Agripa no se quedó con los brazos cruzados, detalla Strauss en esta segunda parte del libro, y uno de los episodios no tan conocidos de la campaña previa a Accio –suele acudirse directamente a la batalla, como si del otoño del 32 a septiembre del 31 a.C. ambos bandos se estuvieran mirando en el mar Jonio a la espera de a ver quién se movía antes– fue el ataque a una de las bases de Antonio en la costa occidental griega: Methone, en la Mesenia del Peloponeso, y defendida por Bogud, quien había sido rey en Mauretania junto a su hermano Boco II, quien lo derrotó y forzó al exilio. Boco se mostró partidario de Octaviano en la guerra, mientras que Bogud ofreció sus servicios a Antonio, que lo puso a cargo de la base de Methone, Agripa atacó esta ciudad y la tomó, muriendo Bogud en el combate, en marzo del 31 a.C. Con Methone caía una de las bases de Antonio en su retaguardia, pues se había instalado con su staff en Patrae en octubre del año anterior y controlaba así el golfo de Corinto y, a su vez, la entrada al mar Jonio.

La caída de Methone pudo ser respondida por Antonio, pero en abril Octaviano cruzó el Adriático desde Brundisium y se estableció en la desembocadura del río Aqueronte, a unas 35 millas al norte de Accio. La mayor parte de la flota de Antonio y Cleopatra estaba en el golfo de Ambracia, a 125 millas náuticas de Patrae. Antonio no contraatacó y con su pasividad en las siguientes semanas –de hecho, meses: hasta agosto– permitió que Octaviano desembarcara sus tropas y se fortificara en el promontorio de Accio. Antonio perdió la iniciativa, tardó en reaccionar, siquiera para impedir el acceso de Octaviano a fuentes de agua fresca. Un contraataque posterior para forzar que Octaviano se moviera de su segura situación, en la colina de Michalitsi, y en la senda de Filipos, no fructificó; Agripa respondió con un ataque a las fuerzas navales de Antonio en Léucade, a diez millas náuticas de Accio, y ahogó su acceso a suministros. La mayor parte de la flota Antonio quedó bloqueada en la bahía de Accio y poco después Patrae cayó en manos de Agripa. Para entonces, señala Strauss, las defecciones en la alianza de Antonio se sucedieron; Amintas de Galacia se pasó a Octaviano, antes lo hicieron Deyotaro de Paflagonia y Rhoemetalces de Tracia. Lo tenían claro, remarca:
«Los hombres desertan porque les gusta seguir a un ganador: en la primavera y el verano del 31 a.C. [Strauss escribe 32 a.C., pero debe de ser una errata] este parecía ser Octaviano. Podía ofrecer apoyo político, dinero y la promesa de una victoria. Cada nuevo éxito suyo o de Agripa inclinaban la balanza a su favor para reyes y príncipes que quieren mantenerse en sus tronos. Y luego estaba Cleopatra: los gobernantes orientales probablemente no se alinearon bajo Antonio en apoyo de la expansión de su reino y su poder. Sus envidias, descontento y miedo seguramente eran un buen terreno para [el soborno] de los agentes de Octavio» (capítulo 12, traducción propia en esta y otras citas).
La tercera y cuarta partes del volumen tratan aspectos más conocidos para un lector algo avezado en la materia, a diferencia de una segunda parte anterior, ya señalada, que ayuda a romper esquematismos y apriorismos sobre las causas de la derrota de Antonio (y Cleopatra) en Accio. Es en esa segunda parte donde el libro de Strauss aporta un plus que le distingue de otras obras sobre el tema; por poner un ejemplo, Goldsworthy, con su eficacia probada, resume en dos capítulos de su monografía citada anteriormente –sobre todo en el vigesimoctavo, “Accio”– la mayor parte de lo que Strauss desarrolla con (mucho) más detalle en este segundo bloque del libro; si Strauss dedica todo un capítulo, el octavo, a la toma de Methone y lo que supuso para la estrategia de ambos rivales, Goldsworthy zanja el tema en un párrafo, con su correspondiente nota y una brevísima mención a Bogud.* Cierto es que su volumen se centra sobre todo en la biografía de ambos personajes, dejando solamente los tres capítulos finales a la guerra de los años 31-30 a.C.

*«Apenas pasado el invierno, Agripa inició el ataque; fue en Metone, el puesto avanzado más meridional de Antonio, un tanto aislado del resto de sus fuerzas. Para llegar hasta allí, Agripa tuvo que cubrir más distancia por mar que por la ruta del norte, lo que siempre era un riesgo para las galeras de guerra, de limitada autonomía, dada la dificultad de llevar comida y agua en cantidades suficientes para la tripulación. Si su ataque hubiera sido repelido o las condiciones meteorológicas le hubieran retrasado mucho, se habría visto en graves aprietos. El resultado compenso los riesgos de la apuesta: cogió a los hombres de Antonio desprevenidos, invadiendo rápidamente la ciudad portuaria. Los barcos enemigos fueron destruidos o capturados; uno de sus comandantes, el desterrado rey Bogud de Mauritania, se contó entre los muertos. Octavio y Agripa ya tenían una base en la costa griega.» (capítulo XXVIII, consultada la edición digital).

En el capítulo 10 de la tercera parte, “Apollo’s Revenge. Actium, August 31 BC”, Strauss hace balance de la estrategia de ambos bandos antes de relatar la batalla en el 11, la huida de Cleopatra en el 12 y lo que hizo Octaviano después de la batalla y hasta el inicio de la campaña de Egipto en el 13. Un balance militar en el que se destacan las claves del éxito de Octaviano (y Agripa), quienes a priori partían en una cierta inferioridad de condiciones, y el fracaso de Antonio. Para Strauss, la estrategia de Octaviano funcionó al rechazar una confrontación terrestre mientras permitía que Agripa ganara victorias en el mar capturando bases del enemigo o derrotando escuadrones enemigos, lo cual, mencionábamos antes, impedía el acceso a suministros por parte del grueso de la flota de Antonio y la arrinconaba en la entrada del golfo de Ambracia. Fueron estas debacles en las fuerzas de Antonio las que provocarían la también citada defección de sus aliados orientales. En seis meses, de febrero a agosto del 31 a.C., Antonio perdió toda iniciativa, y lo que hubiera supuesto llevar a cabo culminar esa proyectada ofensiva:
«Entonces se produjo el asalto a Methone, las incursiones alrededor de Grecia occidental y las victorias de Agripa sobre los escuadrones navales de Antonio, el exitoso cruce del Adriático por Octaviano y su reunión con Agripa, y el fracaso [de Antonio] de atacar después de intentar desalojar a ambos de su elevado campamento en el norte de Accio. Durante todo este tiempo, el ejército y la armada de Antonio se desgastaron. Aliados esenciales se pasaron al enemigo. Octaviano y Agripa –sobre todo Agripa– habían superado en estrategia al gran Marco Antonio. Antonio pasó de sitiador a sitiado» (capítulo 10).
Incluso en un breve momento del verano, aunque sin que Dión Casio lo precise, Agripa se atrevió a penetrar en el golfo de Corinto y tomar esta ciudad, en la retaguardia de Antonio; pronto volvió a manos de este, pero el período bajo control de Agripa, por breve que fuera, suponía un baldón a su prestigio.

Escenarios de la campaña de Accio (febrero-septiembre de 31 a.C.). Fuente.

Uno se preguntaría, lo hace Strauss, cómo quien hábilmente llevara las riendas en Filipo y pudo resarcirse en parte de la debacle contra los partos pudo fallar tanto. Y aquí es donde la comparativa entre ambos bandos es esencial para comprender qué llevó al éxito de uno y la derrota del otro, y antes lo anticipábamos. Octaviano y Agripa habían funcionado, con algunos retrocesos puntuales, en las contiendas bélicas de la década anterior: la labor de Agripa en la Galia y el Rin (logrando que una extensa provincia bajo mando nominal de Antonio pasara a dominio de Octaviano), su contribución a la victoria del Hijo del Divino en Perusia, el «titánico éxito ingeniero y operacional» de Agripa en la derrota de Sexto Pompeyo y su conjunto empuje más allá de la frontera romana en Iliria, habían preparado el terreno para la guerra de Accio. Hay que señalar también que Octaviano dio siempre rienda suelta a Agripa y confió en su criterio militar en todo momento.

Antonio, en cambio, llevó con excesivo personalismo un liderazgo que era aceptado siempre y cuando no hubiera contratiempos. Para empezar, en la reunión de su consejo militar en Éfeso, en marzo del 32 a.C., en la que Ahenobarbo exigió el retorno de Cleopatra a Egipto –sin tener en cuenta que el grueso de la flota lo aportaba la reina egipcia–, no supo restañar las tensiones internas de su staff que conducirían gradualmente a una defección de sus principales comandantes y aliados orientales. En una proyectada ofensiva para invadir Italia, mostró vulnerabilidad al apoyarse en una cadena de suministros con demasiados eslabones que se pudieran defender con eficacia. Antonio prefiguró una rápida victoria en una campaña terrestre –al margen de la convicción del propio triunviro en llevarla a cabo–, pero en su lugar se vio atrapado en una guerra de desgaste que el enemigo intensificó con su habilidad para controlar el mar; una vez que Octaviano y Agripa se hicieron con la iniciativa en el mar, Antonio estuvo permanentemente a la defensiva. No pudo superar la presión ni darle la vuelta a esa posición defensiva con un contraataque puntual, como impedir que las tropas de Octaviano accedieran a agua fresca en su base del promontorio de Accio o abrir un segundo frente que le permitieron superar quedar atrapado con la mayor parte de su flota en la entrada del golfo de Accio. La habilidad diplomática con los reyes y príncipes clientes orientales que le permitieron mantener un estable escenario en los años precedentes –y que Octaviano/Augusto apenas alteraría durante su Principado– falló en estos meses y no supo contrarrestar la creciente baja de sus aliados con nuevos recursos.

Por otro lado, los contratiempos iniciales –la pérdida de Methone fue en marzo, Octaviano cruzó el Adriático en abril– no hallaron una respuesta firme y sobre todo rápida. Antonio dejó la iniciativa en el enemigo y que pasara el tiempo sin hacer nada para contrarrestarla. Si, vistos esos fracasos, Antonio hubiera decidido retirar su flota de Accio y trasladado su ejército a Grecia central, y esperado al enemigo, como hizo César tras perder en Dirraquio y trasladarse a Farsalia, en Tesalia, en el verano del 48 a.C., las cosas quizá el resultado hubiera sido otro. O, directamente, haberse retirado a zonas que podía controlar en el Mediterráneo oriental, la base de su poder, como un control del Egeo con su flota y una línea defensiva entre este mar y Cirene; «habría perdido reputación y territorios (en Grecia occidental) a la vez y probablemente habría sufrido deserciones, pero habría vivido para pelear otro día. En agosto ya era demasiado tarde». Añadamos que la presencia de Cleopatra en el núcleo de la toma de decisiones tuvo un efecto letal en el mantenimiento de la alianza con los reyes aliados y en la disciplina de sus tropas, comenzando por su alto mando romano. Ahenobarbo no fue el único que acabó por exigir la marcha de la reina a Egipto; incluso en leal Canidio, al mando de las tropas terrestres, lo pidió.

Fuente: Wikipedia.

Todo este cúmulo de circunstancias, que desde luego Strauss analiza con más detalle, condujeron, a finales de agosto, a la prácticamente única decisión que se podía tomar en el consejo de guerra que Antonio convocó: romper el cerco de la armada de Agripa a la entrada del golfo. Previamente Canidio defendió retirar el ejército a Macedonia o Tracia para decidir la guerra en una batalla terrestre, como Antonio proyectara un año atrás. Pero ya era tarde y tampoco se aseguraba que Octaviano aceptara esa batalla. ¿Cómo podría hacerlo?, piensa el lector moderno: el ahogo o incluso la destrucción de la flota de Antonio (y Cleopatra) por parte de Agripa era la mejor baza de Octaviano en ese momento. Tampoco la moral de las tropas de Canidio era alto, hambrientas, reducidas en número y minadas por las enfermedades. Finalmente, Antonio apostó el resto en el mar para quebrar el asedio de Agripa y dejar que la habilidad de sus almirantes y naves hicieran el resto; por su parte, Cleopatra podría partir con parte de su flota y con el tesoro que había traído para sufragar la campaña, y regresar a Egipto. El sur del Peloponeso aún estaba bajo control de Antonio y, roto el cerco de Agripa, podían reagruparse, reavituallarse y replantear la estrategia. Vivir para pelear otro día.

Y aquí es donde la propaganda octaviana nutre gran parte del relato de Accio: en vez de valorar esta estrategia, Plutarco prefiere presentar a Antonio como un pelele en manos de Cleopatra, que es quien impone lo que debe hacerse, huir, llevada por ese miedo tan propio de las mujeres, viene a decir el de Queronea. Strauss lo rebate, diciendo que la decisión de romper el cerco fue una decisión ajustada a la realidad del momento y la imposibilidad de otra opción. La batalla se relata, con detalle, en los capítulos 11 y 12, con los preparativos, las fuerzas en liza, los ficticios discursos de ambos comandantes, el choque de flotas, la brecha que Cleopatra y Antonio, siguiendo el plan previsto (si es que hubo algún plan aparte de romper el cerco), aprovechan para escapar, el destino de la flota de Antonio (y el ejército de tierra) y la victoria de Octaviano.

A partir de aquí se prefigura la historia del comandante romano que abandona a los hombres, heridos o moribundos en las naves a punto de hundirse, y tras la mujer por la que bebe los vientos, que no ha esperado un segundo, en su “nave dorada con velas púrpura”, para esperarle o saber cual ha sido su destino. Strauss, por su parte, escudriña en el relato que presenten Plutarco y Dión Casio, asumiendo que, sesgadas ambas, no ofrecen una narración satisfactoria, pero sí retazos de información muy útiles; y también se apoya en las evidencias adicionales de la arqueología con unos pocos objetos hallados bajo las aguas del golfo de Ambracia. Lo que está claro es que la arriesgada táctica de romper el cerco para escapar y salvar lo máximo de la flota romano-egipcia no funcionó: fue una huida y un desastre para las naves (y hombres) que quedaron atrás.

A posteriori es fácil llegar a conclusiones de qué falló, pero es probable que de camino a Egipto la derrotada pareja ya pudiera llegar a algunas conclusiones. Para empezar, haber desaprovechado la ocasión y no haber atacado Italia una vez la flota se apostó en Accio, al inicio de la primavera; a continuación, ceder la iniciativa a Agripa (y Octaviano); en tercer lugar, no haber evitado las defecciones continuas de los aliados orientales, que temían las ambiciones de la reina egipcia y no vieron incentivos para seguir ante la pasividad de Antonio, y del alto mando romano, con Ahenobarbo a la cabeza, que privó a Antonio de una experiencia naval pareja a la de Agripa. Lo que perdió Antonio, Octaviano lo ganó. Strauss pone, por último, énfasis en el liderazgo de Antonio, o más bien su ausencia:
«Si Antonio hubiera movilizado sus recursos con habilidad, agresividad y eficiencia, pudo haber ganado, incluso si se hubiera mantenido a la defensiva en Grecia occidental. En su lugar, se mostró desprevenido, reactivo [en el mejor de los casos, añadimos] e inepto. Antonio y Cleopatra ofrecieron un ejemplo de fisuras en el liderazgo. Su enemigo estaba unido: Octaviano y Agripa eran un enemigo hermanado, Antonio y Cleopatra una casa dividida. No sorprende que las deserciones fueran de su campamento al de Octaviano.

No fue la primera ni la última vez en la historia que el bando con más dinero y mejor tecnología optó por la estrategia equivocada. Una vez asumida esta, también fallaron en ejecutar correctamente la estrategia elegida. Y por eso perdieron la guerra» (final del capítulo 12).
La parte final del libro, los capítulos 13 a 17, detallan, como mencionábamos antes, aspectos muy conocidos de la etapa final de la guerra: el regreso de Octaviano a Roma después de la victoria, ante rumores de una revuelta; el regreso de la pareja aliada a Alejandría y a la espera de la campaña definitiva en Egipto; el suicido de ambos personajes, figuras incómodas en la derrota para el vencedor y que es mejor que desaparezcan, si es por suicidio aún mejor –y con toda la tinta que ha corrido sobre cómo murió exactamente Cleopatra el 10 de agosto del 30 a.C.–; la administración de la nueva posesión de Octaviano y su visita a la tumba de Alejandro, y, por último, su triunfo en las calles de Roma (agosto del 29 a.C.) y su “conversión” en Augusto (enero del 27 a.C.). No entraremos a comentar estas cuestiones, pues el análisis de Strauss, aunque detallado a partir de fuentes y bibliografía secundaria, no implica mayores aportaciones a lo ya conocido, aparte de que ya habría que cerrar esta reseña.

La conclusión general sobre este volumen, de altísima divulgación –conviene echar un buen vistazo tanto a las notas como a la nota sobre las fuentes y bibliografía que aparecen al final–, es que ofrece mucho más de lo que a priori parecía. Uno temía encontrarse un refrito de contextos, biografías y generalidades alrededor de un hecho concreto (la batalla de Accio), en la línea de lo que suele hacer Pen & Sword en muchas de sus publicaciones. Cierto es que la trayectoria de Strauss le avala, con estudios más interesantes –La batalla de Salamina. El mayor combate naval de la Antigüedad (Edhasa, 2006), La guerra de Troya (Edhasa, 2008, reeditado en rústica en este otoño de 2022), La muerte de César: el asesinato más célebre de la historia (Ediciones Palabra, 2016); reseña del original en inglés: The Death of Caesar: The Story of History’s Most Famous Murder (Simon & Schuster, 2015)–, otros más prescindibles –La guerra de Espartaco (Edhasa, 2011)– y otros que no apetecen, como Diez césares: los emperadores romanos de Augusto a Constantino (Edhasa, 2021). Y el resultado es que no, no es un refrito, y sí, quizá peque de más de lo mismo, pero el tema ya predispone a ello. Pero ante su capacidad para superar las expectativas creadas, el volumen de Strauss se muestra como una fresca y detallada aproximación a una guerra y sobre todo una batalla, el núcleo esencial y el grueso del libro, analizadas con escrupulosidad; al mismo tiempo, se pone en solfa la sempiterna propaganda octaviana sobre Antonio y Cleopatra. Una lectura crítica de las fuentes nos hace ver esa propaganda y cómo se ha perpetuado hasta prácticamente la actualidad, la demonización de los dos derrotados, especialmente de Cleopatra (mujer, reina y «oriental», para más señas), como sucede con tantos temas divulgarizados sobre el mundo romano.

Está pidiendo una traducción a gritos, algo que suponemos que llegará por parte de su editorial habitual en castellano: Edhasa... ¿no?
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Ediciones de las traducciones de fuentes clásicas mencionadas en el texto:
  • Plutarco, Vida de Antonio, en Vidas paralelas. Volumen VII: Demetrio - Antonio, Dión - Bruto, Arato - Artajerjes - Galba - Otón, edición de Juan Pablo Sánchez Hernández y Marta González González. Madrid, Gredos, 2009 (Biblioteca Clásica Gredos, núm. 379).
  • Veleyo Patérculo, Historia romana, edición de Mª Asunción Sánchez Manzano. Madrid, Gredos, 2001 (Biblioteca Clásica Gredos, núm. 284).
  • Tito Livio, Períocas, en Períocas. Períocas de Oxirrinco. Fragmentos. Libro de los prodigios, edición de José Antonio Villar Vidal. Madrid, Gredos, 2008 (Biblioteca Clásica Gredos, núm. 210).
  • Floro, Epítome de la Historia de Tito Livio, edición de Gregorio Hinojo Andrés e Isabel Moreno Ferrero. Madrid, Gredos, 2000 (Biblioteca Clásica Gredos, núm. 278).
  • Dión Casio, Historia romana, en Historia romana: libros XLVI-XLIX, edición de Juan Pedro Oliver Segura. Madrid, Gredos, 2011 (Biblioteca Clásica Gredos, núm. 393).
  • Dión Casio, Historia romana, en Historia romana: libros L-LX, edición de Juan Manuel Cortés Copete. Madrid, Gredos, 2011 (Biblioteca Clásica Gredos, núm. 395).

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