4 de mayo de 2019

Crítica de cine: El bailarín, de Ralph Fiennes

Crítica publicada previamente en el portal Fantasymundo.

En español tenemos la expresión «ser un mirlo blanco» para referirnos a alguien cuya rareza brilla entre lo común; los rusos utilizan una expresión parecida, «cuervo blanco» (belaya borona) y básicamente significan lo mismo. Con algún matiz, desde luego: para los rusos, la rareza de este cuervo blanco se asimila a la originalidad, la transgresión, la irreverencia incluso. Pocos dudarán –algunos echamos la memoria atrás y recordamos sus últimos años de vida, ya enfermo de sida– que Rudolf Nuréyev (1938-1993) era la encarnación del cuervo negro precisamente por esto último: su desafío a la autoridad, su manera de transgredir las normas de una Unión Soviética que trató de atarle corto (sin conseguirlo, desde luego) a la par que reconocía e incentivaba su talento, y su carácter explosivo, tiránico incluso, hacia los demás (superiores incluidos). Alguien capaz de exigir que se le cambie de profesor en la academia de danza porque no quiere amoldarse a los métodos del que se le ha asignado (a él y al resto de bailarines). Alguien que hacía buenas migas con los extranjeros, a diferencia de los demás miembros del Ballet Kirov, que se mantenían aparte en los encuentros con otras compañías de danza. Alguien que paseaba por las calles de París y conocía de cerca sus monumentos tras retar los horarios impuestos por unos comisarios políticos de la propia compañía que le dejaban volar suelto (no sin que un par de agentes de la KGB siguieran sus pasos). En definitiva, Nuréyev era un cuervo blanco.

Precisamente The White Crow es el título original de la película dirigida por Ralph Fiennes y escrita por David Hare que ha llegado a las salas de cine esta semana, previa presentación en la tercera edición del BCN Film Fest unos días antes, pero que por nuestros lares se ha traducido, de la manera más convencional posible, por El bailarín. No es propiamente un biopic al uso –aunque el personaje daría para ello –, ya que el filme, poniendo el foco en el viaje que el Ballet Kirov (actualmente Ballet Mariinski) de Leningrado, hoy San Petersburgo, realizó a París en 1961, trata la deserción y petición de asilo político de Nuréyev (Oleg Ivenko) en Francia –cuestión que se muestra en el tramo final de la película–; al mismo tiempo, mediante flashbacks, recupera momentos de su infancia y su formación en la Academia Vaganova de la mano de Alexandr Ivanovich Pushkin (Ralph Fiennes). De este modo nos acercamos a la figura de un Nuréyev que aún no era la gran figura del ballet de la segunda mitad del siglo XX, emulando a Vaslav Nijinsky y precediendo a Mijaíl Barýshnikov, por mencionar a la tríada de grandes bailarines rusos de la pasada centuria. 


Para su tercera película como director –tras la fascinante Coriolanus (2011), traslación a la modernidad de la obra homónima de William Shakespeare, y el filme de época La mujer invisible (2013), sobre la relación de Charles Dickens con la “invisible” Nelly Ternan–, Fiennes, apasionado por la cultura rusa (recordemos que en 1999 protagonizó Onegin, adaptación de la novela homónima de otro Alexandr Pushkin, el poeta y dramaturgo del primer tercio del siglo XIX) se acerca a la Rusia soviética de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial: aquella en la que los artistas eran controlados férreamente por un régimen que los vigilaba de día y de noche. La figura extraordinaria del joven Rudolf Nuréyev sirve para mostrarnos una sociedad en la que el ballet, como el ajedrez o la literatura, es utilizado por el Gobierno para mostrar a los grandes talentos al servicio de la revolución. Nuréyev se erige como una muestra de rebeldía tibiamente tolerada por el régimen, pero también aparece como una de esas personas de trato difícil, caprichoso e incluso tiránico; de esas que te embelesan con su danza, pero que mandarías al infierno si tuvieras que convivir con ellas (es lo que tienen los genios, que no hay quien los aguante). Reservándose el papel del paciente Pushkin, Fiennes presenta un interesante retrato, recreado a base de sutiles pinceladas, de la sociedad en la que vivió (y de la que escapó) el joven Nuréyev: la rigidez académica, la opresión del régimen (más velada para los bailarines con talento, desde luego), la sencillez de hogares como el del matrimonio Pushkin (obligada por una economía soviética que mantenía a la inmensa mayoría de la sociedad en permanentes colas en las tiendas, pisos minúsculos y un nivel adquisitivo muy bajo). Quizá la recreación de ese San Petersburgo en el que vive Nuréyev, en oposición a la libertad y la sociedad de consumo que conoce en París, sea de lo mejor de un filme que adolece de un riguroso formalismo cinematográfico. 

El otro gran aliciente de la película, si bien más dosificado, son las secuencias de danza en las que el actor protagonista, Oleg Ivenko, bailarín profesional con un cierto parecido físico al Nuréyev de aquellos años, se luce y sin duda provocará las delicias de los amantes del ballet clásico; cierto es, todo hay que decirlo, Fiennes arriesga poco en el aparato visual y echa mano de tomas largas en muchas ocasiones. No son demasiadas esas escenas y los entendidos quizá encuentren más defectos que virtudes, pero los profanos en la materia podrán disfrutar del talento de Ivenko y quizá imaginar en él al Nuréyev que encarna con bastante convicción fuera del escenario. Un personaje que ha vivido bastante por su cuenta a lo largo de esos veintitrés primeros años de su vida: nacido en un tren a las alturas de Irkutsk y mientras su madre viajaba a Vladivostok, su hogar, conoció a su padre al finalizar la guerra, fue testigo de las necesidades económicas de la familia y halló en la Academia Vaganova de Leningrado, en la otra punta del país, un nuevo y férreo «hogar» cuando fue aceptado en ella en 1955. El filme transita intermitente por estos momentos del pasado, a la vez que vemos a Nuréyev de paseo por París, dejándose seducir por La balsa de la Medusa de Géricault en el Louvre (como si buscara «nuevas» expresiones corpóreas que trasladar a «su» danza) o entablando una relación de amistad con el bailarín francés Pierre Lacotte (Raphaël Personnaz) y especialmente con la joven chilena Clara Saint (Adèle Exarchopoulos), que por entonces sufría por la muerte de su novio Vincent, hijo del escritor y ministro de Cultura André Malraux; ambos personajes jugarán un papel destacado en la fuga de Nuréyev en el parisino aeropuerto de Le Bourget en junio de 1961.

La película resulta interesante por la mezcla de los diversos elementos narrativos y esferas temporales en relación al joven cuervo blanco ruso. Resulta algo más árida en el desarrollo de una trama que, más allá del envoltorio artístico y del protagonista, no acaba de encontrar un ritmo y una comodidad que harían más llevaderas sus algo más de dos horas. Quizá por un academicismo ciertamente rígido, el filme, rico en matices –la ambivalencia sexual de Nuréyev, incluida la relación con la esposa de Pushkin, ¿aparentemente? consentida por éste; las tensiones políticas latentes; el clima cultural del París de la época o los simples paseos del bailarín por sus calles, a menudo desiertas–, deviene falto de brío, demasiado comedido, hasta la secuencia de la deserción de Nuréyev, en el que la tensión se palpa con claridad. Con todo, a pesar de su errático resultado en general, estamos ante una más que interesante película sobre quien hasta entonces era una promesa de la danza (de hecho, viajó con el Ballet Kirov supliendo una falta de última hora) y que, «liberado» de ataduras volaría hacia el estrellato mundial de la danza sin apenas rivales en las décadas posteriores.



Sea como fuere, y a pesar de esos defectos formales, El bailarín se muestra como una muestra de la madurez de Ralph Fiennes detrás de la cámara (delante la tiene demostrada desde hace décadas) y una interesante historia que relatar. También la certeza de que, por muy cuervo blanco que sea uno, el narcisismo y la irreverencia también resultan difíciles de digerir en pequeñas dosis. Y de eso Rudolf Nuréyev andaba más que servido.

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