
Que Baz Luhrmann no deja a nadie indiferente... ya lo demostró con Romeo + Julieta ("¡anatema!",
dijeron algunos, rasgándose las vestiduras, como si la obra del Bardo
no fuese permanentemente atemporal... y a las pruebas me remito) o con Moulin Rouge,
una amalgama de musical posmoderno con historia operística clásica y
trama que huía del happy end más tradicional. Está claro que a Luhrmann
no le gusta pasar desapercibido, incluso cuando realiza la epopeya de su
propio país (Australia), y eso con sólo cinco películas en su bolsillo. Obviamente, que quiera jugar al enfant terrible
del cine posmoderno (ya le gustaría a él) no significa que le bailemos
el agua sin ton ni son. Se agradecen sus travesuras fílimicas, se
contempla con una sonrisa su exhibicionismo e incluso pueden aplaudirse
algunas de sus provocaciones visuales. Pero cuando te pones a filmar una
nueva versión de El gran Gatsby
de Francis Scott Fitzgerald (¿la pequeña gran novela americana?) hay
que tener las cosas muy claras, saber que no vas a convencer a casi
nadie y presentar algo no sólo digno, sino convincente. Y tratándose de
Luhrmann, había motivos para echarse a temblar.