14 de febrero de 2015

Crítica de cine: Red Army, de Gabe Polsky

A finales de los años setenta, y especialmente durante la década de los ochenta, hubo cinco hombres que ejemplificaron la perfección en el hockey sobre hielo. No sólo la perfección que se traduce en el triunfo (dos oros olímpicos, varios campeonatos mundiales y premios individuales), sino también la perfección que se visualiza en un juego hermoso, bellamente coreografiado, técnicamente impecable. Cinco hombres que representaron a la Unión Soviética por todo el mundo, mientras que el régimen del interior se hundía en la ineficacia y la imposible competencia económica ante el bloque capitalista. Los años ochenta vieron un recrudecimiento de la Guerra Fría (consecuencia a su vez de los años de la revolución conservadora de Ronald Reagan en Estados Unidos, la Iniciativa de Defensa Estratégica o Guerra de las Galaxias, el intento imposible de la URSS de ponerse a su altura, el corolario de la invasión soviética de Afganistán, la guerra sucia en América Latina...) y el hockey sobre hielo formaba parte de la estrategia de las dos grandes superpotencias mundiales por establecer su supremacía. La selección soviética perdió la final de hockey sobre hielo de los Juegos Olímpicos de invierno de 1980 ante los Estados Unidos: la victoria de unos ("que demuestra que nuestro estilo de vida es el correcto", dijo su entrenador) y la derrota y especialmente la humillación de otros, que decidieron dar un cambio de rumbo y crearon, sobre unas bases, el mejor equipo de hockey sobre hielo de la historia. Pero Red Army, el documental de Gabe Polsky, no es simplemente un ejercicio de filmar las excelencias y miserias alrededor de un deporte (no se asusten los que desconocen, como servidor, el hockey sobre hielo o les deja "helados" dicha disciplina), sino que trasciende el deporte y nos habla de un país, una época y unas personas.

El equipo Red Army. De izquierda a derecha, detrás, Katosonov y Fetisov;
delante: Makarov, Larionov y Krutov.
Los cinco grandes jugadores de hockey sobre hielo soviéticos son Viacheslav (Slava) Fetisov, Vladimir Krutov, Igor Larionov, Sergei Makarov y Alexei Kasatonov. Fetisov, leyenda del hockey ruso, que jugó incluso en la NHL canadiense-estadounidense en los años 90, fue ministro de Deporte con Putin entre 2002 y 2008 y actualmente ejerce como senador en la Duma y sigue colaborado para devolver el hockey sobre hielo ruso a su esplendor, es una de las voces de este documental. Una voz en ocasiones arrogante, otras divertida, en muchas incisiva y en otras tantas nos deja ver a alguien que vivió aquella época; bajo su ironía y su capa de dureza, Fetisov encarna al alma del Red Army, o el nombre con el que era conocido el CSKA de Moscú en Occidente, y a su vez simbolizó a la selección soviética de hockey. Polsky escoge a Fetisov, a algunos de los otros cinco jugadores, a leyendas vivas del hockey sobre hielo, a entrenadores y periodistas para contarnos la historia del Red Army, sí, pero también de un estilo de vida, el soviético en la década de los años setenta y ochenta, y la construcción de un modelo de perfección deportiva, dentro y fuera de las pistas de hielo, y de guerra ideológica en el exterior contra el enemigo capitalista. Se narra el origen del sistema soviético de hockey, con la figura de Anatoli Tarasov, entrenador de la selección, que creó el estilo de juego que haría a los rusos los grandes dominadores de la especialidad. Un estilo basado en un entrenamiento constante, sí, pero también en influencias de los movimientos del ballet del Bolshoi o incluso de jugadas del ajedrez (aparece Anatoli Karpov para contar como se pidió su consejo al respecto). Tarasov tenía un talento natural para descubrir a jóvenes jugadores de hockey y vio en Fetisov a quien sería el capitán de su selección. Defenestrado por Brezhnev tras los Juegos Olímpicos de 1980, su sucesor sería un hombre militar y con métodos militares, afín a la KGB y de vieja escuela: Víktor Tikhonov. Con este entrenador militar (no olvidemos que muchos deportistas soviéticos eran oficiales militares, a su vez, y de ahí también el componente bélico del equipos como el CSKA de Moscú o el Red Army de la selección nacional). Once meses al año los jugadores vivían sólo para el deporte, con varias sesiones de entrenamiento al día, con una intensidad que algunos de ellos llegaron a orinar sangre; apenas veían a sus familias, Tikhonov no les dejaba incluso asistir a la agonía de sus padres, utilizaba métodos brutales y siempre iba, en los viajes de competición de la selección al extranjero, con miembros de la KGB, que controlaban los pasaportes e impedían las "fugas" a Occidente. "Como entrenador le respetaba (estaba obligado a ello)", dice Fetisov en un momento determinado, "pero como persona, no".

Polsky crea un documental de ritmo vertiginoso, con sucesión de imágenes en los que se intercalan los diálogos de los entrevistados, mostrando las diversas aristas de una selección y un país: la excelencia por el deporte (nunca hubo un equipo como aquel que prácticamente jugaba de memoria y con una imprevisibilidad que lo hizo temible para sus rivales), el dominio al Politburó (que imponía hasta el más mínimo detalle), la idea de que representaban el ideario político de la URSS, las presiones para obedecer los dictados de arriba y el brutal trato a quien no lo hacía, sobre todo cuando en la segunda mitad de la década de los años ochenta hubo la posibilidad, primero combatida por el Ministerio de Defensa, de que los jugadores soviéticos compitieran en la NHL (Fetisov lo intentó y pugnó por hacerlo según sus condiciones, no las del Politburó). Las entrevistas a algunos de aquellos jugadores nos muestra también cómo vivieron y sintieron aquellos años: para ellos era impensable huir a Occidente, algo "ilegal", aunque fueran conscientes de las abismales diferencias de jugar en la NHL (y sus beneficios) y hacerlo en una URSS que, a pesar de Gorbachov y sus reformas, se encaminaba al abismo. Su mentalidad puede chocarnos ahora, sobre todo cuando vemos en ellos que siguen pensando de manera similar a entonces en algunos aspectos. Pero Polsky consigue que vayamos más allá en nuestra reflexión: que veamos a aquellos jugadores en su contexto y, sobre todo, el que después vivieron, con la caída del comunismo (y el sistema económico socialista), la llegada de un capitalismo desaforado, la idea de que un sistema de valores (discutible, por supuesto) se perdió y, en última instancia, una cierta mirada al "alma rusa", a sus contradicciones y sus inquietudes. Viendo y escuchando a Fetisov, Kasatonov o Krutov nos acercamos a una manera de ver las cosas, sin que el objetivo de la cámara nos impida reflexionar por nosotros mismos. Pues, más allá del hockey como deporte y arma ideológica, se nos presenta a cinco hombres, cinco amigos que en algún momento dejaron de serlo, que entrenaban, competían y pasaban juntos las vacaciones en aquellos años ochenta. Unos hombres que no eran inmunes a lo que sucedía a su alrededor y que con el tiempo han visto las cosas de otra manera... o se han aferrado a lo que recordaban como positivo entonces.

El capitán Fetisov, detrás del entrenador Víktor Tikhonov.
La película documental de Polsky (cuyos padres son ucranianos emigrados a Estados Unidos, lo cual también explica su interés y motivación por el tema) nos acerca a un retrato de época, a imágenes y vídeos que constituyen un documento histórico per se y que refleja las contradicciones y vivencias de aquellos años. Un documental en el que hay héroes y villanos, sí, pero sobre todo personas que son testimonio vivo (aunque algunos de ellos, como Tikhonov se negaran a participar) de un período histórico determinado; no tan lejano como la textura y los colores de las imágenes pudieran dar e entender, sino tan cercano como queramos si pensamos en Rusia como la continuidad histórica de la URSS. Slava Fetisov puede ser arrogante y muy ruso en algunas de sus actitudes cuando habla (o deja de hacerlo) a la cámara, pero en las ocasiones en que esa misma cámara enfoca sus ojos (o los de Kasatonov o Krutov) comprendemos un poco más el "alma rusa" de quienes vivieron aquellos años.

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