28 de enero de 2014

Reseña de El mito de la Blitzkrieg. La campaña de 1940 en el Oeste, de Karl-Heinz Frieser

Habitualmente se tiene la concepción de la Blitzkrieg [la guerra relámpago] como un monolito prefigurado de antemano, aplicado en la campaña del Oeste de mayo-junio de 1940 por la Wehrmacht alemana, perfecta en su planificación y en su plasmación sobre el terreno, y que resultaba imposible de detener. Las monografías sobre la Segunda Guerra Mundial que he leído destinan menos atención y extensión a una campaña que se antoja tan arrolladora y superior a la reacción imposible de los aliados, que se percibe una sensación de que no es necesario profundizar en ella. Todo salió a pedir de boca, se diría: los alemanes arrasaron a franceses y belgas en apenas dos semanas (a los holandeses en menos tiempo) y forzaron a la Fuerza Expedicionaria Británica a replegarse y evacuar Dunkerque a la desesperada, ante el temor de ser cercados por las tropas alemanas. El 18 de junio cayó París, sin apenas resistencia, el 22 las últimas fuerzas francesas en el hexágono aun resistentes se rindieron, el 25 representantes del Gobierno francés firmaron el armisticio en el mismo vagón de tren en el que los alemanes hicieron lo propio al final de la Primera Guerra Mundial. La campaña del Oeste había sido un éxito impensable apenas un mes y medio antes. Inimaginable. Francia entró en crisis, su derrota fue tan apabullante que no se encontraron explicaciones. Pero, ¿fue tan inconmensurable el triunfo de las armas alemanas? Se asentó el mito, la leyenda de la Blitzkrieg. Y quienes hasta entonces, en el alto mando alemán, habían dudado de la viabilidad de un nuevo modelo operacional de guerra, se rindieron a éste hasta el punto de que se creyó que la jugada maestra podía repetirse.

Karl-Heiz Frieser (n. 1949).
El mito de la Blitzkrieg. La campaña de 1940 en el Oeste de Karl-Heinz Frieser (Ediciones Platea, 2013) llega con retraso al mercado hispano. Publicado en alemán en 1995, se ha convertido en la obra de referencia o incluso la monografía “oficial” de esta campaña. Hay que decir, de entrada, que no es un análisis pormenorizado de toda la campaña, o al menos no de todos los escenarios: yendo de la globalidad a elementos o escenarios más destacados, Frieser, en la parte central del libro (la más sustanciosa y atractiva), trata la Batalla de Francia, desde el 10 de mayo hasta la evacuación británica de Dunkerque, finalizada el 4 de junio. De hecho, la mayor parte del libro se dedica a la preparación del Plan Amarillo (sus variantes y el toque final del general Erich von Manstein), la puesta en escena, el atasco del tráfico de las tres líneas de avance alemán en el bosque de Ardenas (el mayor embotellamiento de vehículos de la historia), y los movimientos del Heeresgruppe [Grupo de Ejércitos] A, el Panzergruppe [Grupo Acorazado] Kleist y el Panzerkorps [Cuerpo de Ejército Acorazado] Guderian. Así, se relata con detalle la ruptura del frente en Sedán, pieza fundamental para el éxito de la campaña, el colapso francés en el frente del Mosa y la carrera hacia el Canal de la Mancha, con la decisión por medio de Hitler de detener las fuerzas alemanas cuando el cerco a los aliados (franceses y británicos, esencialmente) estaba en vías de consumarse. Previamente, se analiza el origen, el debate entre los altos mandos alemanes y la puesta en práctica de la operación "Corte de Hoz" o la búsqueda (¿utópica?) de reelaborar un cerco como el de Aníbal en Cannae (216 a.C.), que también inspiraría el Plan Schlieffen alemán de la Primera Guerra Mundial; de hecho, Manstein (y Heinz Guderian sobre el terreno) buscaron reeditar este último plan, perfeccionado y adaptado a un "nuevo" concepto de guerra operacional en el que el movimiento, la rapidez y el objetivo de una guerra corta eran esenciales. La genialidad de la campaña residió en que las operaciones se desarrollaron con una cierta libertad de decisión de los comandantes que estaban sobre el terreno. «Poner toda la carne en el asador», la expresión que Guderian repetiría sin cesar a lo largo de las dos semanas esenciales de la campaña (10-25 de mayo), fue la consigna que hombres de acción como el propio Guderian o Rommel (que incluso llegó a avanzar de noche en el flanco norte sin permiso de sus superiores. El plan estaba prefigurado en los despachos pero la nueva naturaleza móvil y cambiante de la guerra, los desarrollos técnicos desde el anterior conflicto y la rápida adaptación de los oficiales alemanes a las nuevas situaciones permitieron el triunfo de la Wehrmacht allí donde, apenas una generación atrás, se vieron los ejércitos detenidos por la guerra de trincheras y por operaciones estáticas que apenas modificaron nada en cuatro años de infierno. 

Del éxito surgió el mito sobre la Blitzkrieg, sobre la invencibilidad alemana en una campaña que prácticamente estaba destinada a ser un éxito. Frieser desmenuza estos mitos, comenzando por el propio concepto de Blitzkrieg, su significado semántico, su origen y su fortuna gracias al éxito de la campaña, en el principio del libro: 
«[Tras el éxito de la campaña] La palabra que surgió en el momento preciso, en el verano de 1940, fue Blitzkrieg. Raramente en la historiografía militar ha sido tan sobre-interpretado un término como lo fue éste. Bajo un examen más cerano es, en efecto, una trampa semántica. La palabra Blitz-Krieg (guerra relámpago) promete más de lo que puede dar –observándola en términos históricos– porque el término Krieg (guerra) sugiere la presencia de un concepto estratégico global, como es la guerra, pero la idea se quedó, principalmente, en el nivel inferior, el escalón operacional. Hubiera sido semánticamente más correcto hablar de Blitzoperationen (operaciones relámpago) o Blitzfeldzügen (campañas relámpago). Ciertamente, la idea era lograr un objetivo estratégico, en otras palabras, llevar la guerra a un rápido final; pero los medios que pudieron emplearse se limitaron a los niveles operacional y táctico» (p. 25),
Pero la leyenda no se queda sólo en los conceptos. Frieser analiza a fondo los medios y recursos que posibilitaron la Blitzkrieg. Las conclusiones son elocuentes: los alemanes no tuvieron las tropas más numerosas ni tampoco más divisiones que los aliados; su armamento no había alcanzado aún (lógicamente...) la "perfección" de campañas posteriores, tanto en carros de combate (de hecho, con un fuselaje más fino que el de los tanques franceses), como en artillería o en aviación. «Según una regla práctica militar, el atacante debe ser numéricamente superior al defensor en una proporción de 3:1. Esa proporción asciende si el defensor puede luchar desde fortificaciones, bien desarrolladas, como la línea Maginot. Paradójicamente, en mayo de 1940, los defensores eran numéricamente superiores a los atacantes en casi todas las áreas. Esto significa que durante la campaña también se aplicaron otras reglas» (p. 84). 

Avance alemán hasta el 16 de mayo de 1940.
Tampoco el generalato alemán estaba convencido de la genialidad del plan "Corte de Hoz", el plan de ataque, aunque hay que decir de jefes del Estado Mayor como Franz Halder (conceptualmente, contrario a Manstein en muchos aspectos) que supo adaptarse a la decisión de poner en práctica el plan de ataque. La adaptación a un nuevo escenario bélico, superando los esquematismos de la Primera Guerra Mundial, a nuevas iniciativas y a una flexibilidad sobre el terreno sería esencial. Como comenta el historiador militar francés Pierre Le Goyet: 
«Aunque parezca mentira, debe decirse que el francés –de quien se dice que continuamente está esforzándose por alcanzar soluciones valientes y revolucionarias empleando su talento para la fantasía– se vio atrapado en un rígido formalismo y esquematismo mientras que los alemanes, considerados metódicos, contemplativos y dogmáticos, repentinamente resultaron ser atrevidos y creativos en sus pensamientos y en sus acciones. Esta sorpresa intelectual […] fue uno de los factores que determinaron la victoria alemana» (citado en p. 134). 
Ello permitiría a los alemanes superar (casi) siempre a los franceses, obviar la Línea Maginot, entrar en Bélgica y Francia por las Ardenas, buscar el punto de ruptura (Sedán, el frente del Mosa), provocar el desconcierto y el desmoronamiento de las fuerzas francesas, sorprendidos y aterrorizados por el rápido avance alemán. En términos informáticos, el software alemán, aprovechando las mejoras del hardware, dejó a los franceses en syntax error. 

Pero el avance alemán se detuvo el 24 de mayo a instancias de Hitler. ¿Por qué? Frieser dilucida en detalle la causa de que, tras la toma de Arras, se demorara el cerco sobre Dunkerque, permitiendo a los británicos la evacuación. Para el autor alemán, la causa última y decisiva fue el golpetazo de Hitler sobre la mesa y contra el alto mando militar alemán: se podría decir que fue una cuestión de liderazgo, de imponerlo y mantenerlo, por encima de cuestiones tácticas, operaciones y estratégicas, o incluso una decisión política por encima de un principio militar. Del mismo modo, Frieser destaca que la evacuación británica de Dunkerque fue decisiva en el curso de la guerra. Al no capturarse a la columna vertebral (y única) del ejército británico, entrenado, con una oficialidad irremplazable y con un personal capaz de entrenar a nuevos reclutas, se permitió que Gran Bretaña resistiera. Hitler, confiando en que tendiendo la mano a los británicos para negociar y alcanzar una paz con Alemania (eso sí, con el compromiso británico de reconocer y admitir el dominio alemán continental), erró y no permitió que la Wehrmacht alcanzara los últimos objetivos de la campaña occidental. A la larga, sería uno de los principales errores de Alemania en la guerra. 

Avance alemán hacia el Canal de la Mancha (16-21 de mayo de 1940).
Otra conclusión es que el éxito de la campaña occidental insufló en Hitler y el alto mando alemán la ilusoria idea de que la jugada podía repetirse a mayor escala: la Operación Barbarroja, aunque las expectativas, más allá de los exitosos resultados en el verano y otoño de 1941, pronto fueron superados por la realidad del invierno ruso y la capacidad soviética de levantarse y luchar, de tú a tú, con los alemanes. No fue lo mismo luchar en Francia en mayo de 1940 que en Rusia desde el invierno de 1941-1942...

Estupendísimo libro, pues. Y con 48 páginas de unos también estupendos mapas en color, cedidos por la Sección Cartográfica de los Archivos Históricos del Bundeswehr en Friburgo, que permiten seguir el hilo de la narración en la parte central del volumen. Están en alemán, aunque si yo mismo, que no soy un lector especializado en el tema, he podido comprenderlos sin problema, qué no harán lectores más avezados. Añadamos numerosos cuadros y esquemas, que potencian el atractivo de un libro muy completo. La traducción de Javier Veramendi es magnífica; tan sólo mencionar mi extrañeza por no traducir Mechelen por Malinas, como es habitual, o algún topónimo más, como Freiburg im Breisgau, es decir, Friburgo de Brisgovia; menudencias que simplemente me han llamado la atención, que conste, y que menciono para tener en cuenta en caso de una una segunda edición (más que merecida... si no la ha habido ya).

12 comentarios:

Iñigo Pereyra dijo...

Con que sea parecido a "Nunca nieva en septiembre" de la misma editorial. No hombre, fuera de bromas... Lo tengo pendiente para comprar próximamente.

Oscar González dijo...

Afortunadamente para mí, es mucho mejor. :-P Ya sabes en qué revista será reseñado...

Toni dijo...

Reseñón! Gracias.

Iñigo Pereyra dijo...

Je, je... Lo sé, lo se. Un fuerte abrazó.

Oscar González dijo...

Pedazo de libro, Toni. ;-)

Javier Veramendi dijo...

"Tan sólo mencionar mi extrañeza por no traducir Mechelen por Malinas, como es habitual, o algún topónimo más, como Freiburg im Breisgau, es decir, Friburgo de Brisgovia"

Interesante cuestión, sin duda.
Lo cierto es que cuando uno se lanza a traducir este tipo de textos tiene que hacer una serie de elecciones previas. En el caso, por ejemplo, de unidades y rangos, la elección del idioma original nos pareció obvia.

Sin embargo en el caso de las localidades resultó un poco más complicado.
Por un lado, mantener la idea de los idiomas originales, si bien tenía la ventaja de que muchas ciudades son más conocidas hoy con su nombre nacional (o al menos más fáciles de encontrar en los mapas) que en español, también nos llevaba a caer en el absurdo de hablar de "Bruxelles" cada vez que quisiéramos citar la capital belga (por ejemplo).
Por otro lado, también tuvimos en cuenta la época. Si el libro hubiera tratado sobre los tercios sin duda que Mechelen hubiera sido Malinas. Pero en 1940... también es más conocido el "incidente de Mechelen" que el "incidente de Malinas".
Finalmente, acabamos utilizando el nombre español para los lugares más conocidos: Bruselas, Sedán; y el propio en el idioma del país para los menos conocidos o relevantes: Freiburg im Breisgau.

Dicho esto, no dejan de ser reflexiones que uno va empleando al traducir, y a veces suena mejor el nombre español, o no... En todo caso, el tema es interesante y está abierto a opinar.

Un saludo Gato.

Javier Veramendi B.

Oscar González dijo...

Eso es lo bueno de mencionar algo... que te responden. ;-) Tenéis parte de razón (no, quizá "razón" no sea la palabra), mejor dicho, hay lógica en vuestro criterio. Es un tema complejo, pues a la hora de traducir está la convención más "filológica" (por llamarlo de alguna manera), de traducir los topónimos... y luego está la convención "histórica" o incluso "historiográfica". Obviamente, el traductor tiene su criterio, y con esas razones que aduces, qué vas a decir. Pero sí te llama la atención (bueno, a mí, que rezonozco que soy algo pejiguero... y probablemente algo incoherente, pero en fin...). Por ejemplo, mencionáis Lieja en el texto pero el lector no lo encontrará en los mapas (a menos que sepa que en neerlandés es Lüttich). Cuestiones de detalle que además el especialista en el tema no le da importancia.

Al final supongo que es elegir la opción más coherente, sabiendo que siempre habrá detalles que se salgan del criterio elegido. Pero todo ello, una menudencia, no empaña una excelente traducción. Agradeces mucho cuando un libro está bien traducido y además "con gracia"... y más en estos tiempos que corren en que se publican según qué traducciones.

¡Saludos!

Oscar González dijo...

En alemán, Lüttich, no en neerlandés. :-P

Javier Veramendi dijo...

Jeje.

Coincidirás conmigo, de todos modos, en que hay mas posibilidades de que el lector sepa donde esta Lieja, que que sepa donde está Malinas.

Un saludo.

Oscar González dijo...

Debería... aunque no pongo la mano en el fuego que sepa que Lieja y Mechelen están en el mismo país. :-P

¡Saludos!

Javier Veramendi dijo...

No me tires de la lengua, desde que un conocido colocó Albacete entre Santander y Cadiz... ¡pegadito a ambos! Ya me lo creo todo.

Oscar González dijo...

Jajajaja, sí, hay mucho peligro...