15 de noviembre de 2013

Reseña de 1914. De la paz a la guerra, de Margaret MacMillan

«Fue Guillermo [II] el culpable de la Gran Guerra? ¿Fue Tirpitz? ¿Grey? ¿Moltke? ¿Berchtold? ¿Poincaré? ¿O no hubo un culpable? ¿Hemos de volvernos más bien hacia las instituciones y las ideas? ¿Estados mayores demasiado poderosos, gobiernos absolutistas, darwinismo social, culto a la ofensiva, nacionalismo? Una vez más, las preguntas son tantas como las respuestas. Acaso a lo más que podamos aspirar sea a entender lo mejor posible a aquellos individuos que debieron decidir entre la guerra y la paz, así como sus fuerzas y sus debilidades, sus amores, sus odios, sus prejuicios. Para ello tenemos también que entender su mundo, los supuestos de la época. Hemos de recordar, como lo hicieron estos líderes, lo que había sucedido antes de la última crisis de 1914 y las lecciones que se sacaron de las crisis marroquíes, de la de Bosnia o de los sucesos de las primeras guerras balcánicas. El propio éxito de Europa al haber sobrevivido a esas crisis anteriores condujo paradójicamente a la peligrosa seguridad, en el verano de 1914, de que una vez más surgirían soluciones en el último momento y se lograría preservar la paz. Y si quisiéramos señalar culpas desde nuestra perspectiva del siglo XXI, podríamos acusar de dos cosas a quienes llevaron a Europa a la guerra. Primero, de falta de imaginación para ver cuán destructivo sería un conflicto semejante; y segundo, de falta de valor para enfrentarse a quienes decían que no quedaba otra opción que ir a la guerra. Siempre hay otras opciones» (p. 759).

Margaret MacMillan
Las lúcidas palabras con las que Margaret MacMillan (n. 1943) cierra su libro pueden servir al lector interesado en 1914. De la paz a la guerra (Turner, 2013) para saber qué se va a encontrar cuando lo hojeé en una librería –si es que el título original, The War That Ended Peace: The Road to 1914 no lo convence– y busque argumentos para decidirse entre este y otros libros que se han publicado y se publicarán en las vísperas del centenario de la Primera Guerra Mundial. La oferta es amplia: a los ya publicados por John Morrow, Michael Neiberg, Marc Ferro, Martin Gilbert o Adam Hochschild, Hew Strachan y otros tantos (y cito las obras de conjunto), llegan ahora obras más concretas en su contenido. El lector encontrará en estos días de noviembre dos títulos que comienzan con una fecha: 1914. El año de la catástrofe de Max Hastings (Crítica), que recoge los acontecimientos bélicos y políticos de finales de julio a diciembre de 1914, los primeros seis meses de guerra, y este libro de Margaret MacMillan, que justamente acaba con las declaraciones de guerra de principios de agosto de 1914. Pero, para llegar a los hechos que dieron paso a la Gran Guerra, la autora canadiense retrotrae la atención del lector a unos quince años atrás, comenzando con la situación de Europa en 1900, cuando se inaugura la Exposición Internacional de París: otro mundo, otras esperanzas finiseculares, en la óptica de quienes ya luchaban en las trincheras apenas tres lustros después. Y es a partir de ese momento que comienza un libro que hará las delicias de quienes ya disfrutaron del estilo de la autora en libros como París 1919: seis meses que cambiaron el mundo (Tusquets, 2005).

No es baladí la cita con la que he comenzado esta semana, por otro lado. Se habrá percatado el lector curioso en los nombres que aparecen, en protagonistas de la primera década y media del siglo XX. Pues tiene su razón pues este libro se nutre de un estilo plutarquiano, en el que la biografía de personajes como el káiser Guillermo y colaboradores alemanes como el general Moltke, el almirante Tirpitz, el canciller Bülow; el zar ruso Nicolás II y su ministro de defensa Sujómlinov; los primeros ministros británicos Salisbury y Asquith o ministros de asuntos de exteriores como Balfour o Grey; los franceses Poincaré, presidente de la República, o Delcassé, ministro de asuntos exteriores; los austrohúngaros, comenzando por el emperador Francisco José, su heredero el archiduque Francisco Fernando, o el jefe del estado mayor Conrad von Hötzendorf… la biografía de todos ellos, y de muchos más, cuenta y es esencial para comprender cómo lo que en 1900 era impensable, una guerra a escala europea cuando no mundial, acabó siendo la solución que se adoptó finalmente, descartando la baza de seguir manteniendo la paz. Pues esta es la pregunta –la pregunta de las preguntas– a la que MacMillan trata de dar una respuesta: ¿por qué en última instancia las potencias europeas apostaron en agosto de 1914 por la guerra? O, mejor dicho, ¿por qué no se mantuvo la paz que el káiser, el zar, el emperador austrohúngaro y los dirigentes políticos británicos y franceses preconizaron por encima de las crisis que desde 1905 se produjeron?

¿Fue el káiser Guillermo II el principal responsable del camino que conduciría a las trincheras de la Primera Guerra Mundial?

Mencionaba la biografía como el elemento que destaca en el estilo de Margaret MacMillan, y que el lector ya conoció en su otra obra magna. Es importante conocer qué pensaban estos y otros personajes, cómo concebían el mundo en 1900, cuando en los albores de un nuevo siglo nadie parecía imaginar que todo se hundiría en una guerra general y de resultados catastróficos. Ponerse en su piel, tratar de dilucidar cuál era su óptica de las relaciones internacionales y qué alianzas había que forjar (o evitar), de todo ello trata MacMillan en una primera parte del libro, en el que seguimos los avatares, domésticos y foráneos, de las cinco potencias europeas del momento: Reino Unido, Alemania, Rusia, Francia y el Imperio austrohúngaro; en otra esfera, secundaria en 1900 pero que será de vital importancia a medida que avancen los años, están el moribundo Imperio otomano, Italia y las naciones que surgen en la península balcánica: Bulgaria, Rumanía, Montenegro y, cómo no, Serbia. El canciller alemán Otto von Bismarck expuso en un momento dado: «si alguna vez hay otra guerra en Europa, será resultado de alguna maldita estupidez en los Balcanes». El tiempo le acabaría dando la razón, pero no por los motivos que él quizá imaginaba. La debilidad de las potencias europeas, la cobardía de algunas, la agresividad de otras, conjuntada con un juego de alianzas que no conoció el viejo Canciller de Hierro, todo ello dio pie a la guerra que acabaría con la paz. Alemania inició su plan de construcción naval como desafío al predominio del Reino Unido en los mares, mientras que Francia buscaba un aliado potente (¿Rusia o el Reino Unido?) de cara a una guerra que restañara la herida de 1870. Por otro lado, ¿cómo iban a establecer una alianza británicos y rusos, tan diferentes y tan a priori alejados de objetivos comunes? La supervivencia del Imperio austrohúngaro, a su vez, pasaba por la alianza a ultranza con una Alemania que se postulaba como la nación preponderante en el continente, velis nolis.

El águila austrohúngara se dispone a atacar a la gallina
serbia mientras el oso ruso acecha...
Y es en la segunda parte del libro, una vez conocida en la primera las alianzas que desde finales del siglo XIX se forjaron –y que conocemos bajo el nombre de triple alianza (Alemania, el Imperio austrohúngaro e Italia) y tripe entente (Reino Unido, Francia y Rusia), que a su vez fue la evolución a largo plazo de la entente cordiale entre Reino Unido y Francia, y la alianza financiero-militar entre Francia y Rusia–, y una vez el lector se adentra en los diversos planes de guerra que los estados mayores de países como Alemania, el Imperio austrohúngaro, Francia y Rusia (del plan Schlieffen al plan XVII francés y los mecanismos de movilización rusos)… es en la segunda parte del libro, decía, donde asistimos a la erosión de la paz en el continente europeo. Una erosión que comienza, después de episodios extraeuropeos como la guerra de los bóers en Sudáfrica o el tenso encuentro franco-británico en Fachoda, en una serie de crisis que pusieron a prueba las alianzas y la diplomacia de las grandes potencias: Marruecos en 1905-1906 (con una segunda parte en 1911), Bosnia en 1908 y las guerras balcánicas de 1912-1913. En estas crisis los soberanos, políticos y altos militares europeos pusieron a prueba el concierto de las naciones decimonónico y pusieron en marcha los mecanismos bélicos y diplomáticos en caso de una guerra que aunque nunca deseada de un modo u otro siempre estuvo en la retina de todos ellos desde que la guerra franco-prusiana de 1870 pusiera la puntilla al sistema surgido en el Congreso de Viena de 1815 y los avances tecnológicos en cuanto a la guerra hiciera ver que una guerra a escala general sería mucho más larga, intensa y destructiva que los conflictos de los cien años anteriores. En la crisis marroquí Alemania trató de poner una cuña entre Francia y el Reino Unido, mientras que la anexión austrohúngara de Bosnia prefiguró la escalada que llevaría a la guerra entre el viejo imperio habsbúrgico y la Rusia de los Románov. Las guerras balcánicas fueron el escenario en miniatura de lo que podía suceder cuando la diplomacia de las cinco potencias era puenteada por las ambiciones de las pequeñas pero ambiciosas nuevas naciones. La debilidad mostrada por Rusia en cuanto a la protección de Serbia o la timidez de Alemania respecto a un apoyo a gran escala del Imperio austrohúngaro (el «cheque en blanco» que posteriormente el káiser le daría al emperador) ya daban a entender que los motivos para sostener la paz eran cada vez menos asumidos, mientras que el recurso a la guerra como última instancia se convertía en un mecanismo cada vez más aceptable. Se podría decir que fue el hartazgo y la presión de la década anterior a 1914 lo que llevó a las cinco potencias a dejarse llevar en el juego de alianzas (convertidas en un corsé ineludible, cuando en 1900 eran más bien proyectos en marcha), y a dejar que el asesinato de alguien a quien casi nadie importó (el archiduque Francisco Fernando) se convirtiera en catalizador de una maquinaria que ya no se podría (o no se querría) detener; de hecho, el archiduque fue uno de los defensores de una paz general y su muerte sería el último obstáculo para preservarla.

La joven Bélgica no se arredra ante el poderoso alemán...
El libro de Margaret MacMillan trata numerosas cuestiones, buscando una respuesta a la pregunta de las preguntas, y se convierte en una lectura adictiva y apasionante. Quizá se pueda decir que no aporta nada aparentemente nuevo a lo que ya se ha estudiado desde hace un siglo (¿acaso lo hay?), siendo esta época rica en documentación de todo tipo (memorias, biografías, estudios militares y de relaciones internacionales, trabajos de economía y monografías de cariz social), pero desde luego ello no es óbice para estar interesados ante una obra que apasionará a los lectores que buscan en la biografía su ámbito y para aquellos otros que desean profundizar en el camino, la larga y ardua senda, que condujo a las declaraciones de guerra en función de las alianzas establecidas (si el Imperio austrohúngaro ataca a Serbia, Rusia le declarará la guerra, lo cual provocará que a su vez Alemania le declare la guerra; ello inducirá a Alemania a, mientras se inicia la movilización rusa, atacar a Francia, aliada de Rusia, para derrotarla lo antes posible antes de volverse al este; y es en el ataque sobre Francia, vulnerando la neutralidad de Bélgica, cuando el Reino Unido declara la guerra a Alemania como garante de los belgas y en función de su alianza con Francia…).

«Las luces se apagan en toda Europa; ya no volveremos a verlas encendidas en nuestros días», dijo el ministro británico de asuntos exteriores, Grey, cuando se produjeron las declaraciones de guerra. Algo debía de saber Grey en todo ello, pues como el resto de personajes de esta tragedia, él mismo contribuyó a que esas luces titilaran antes de apagarse.

3 comentarios:

Clodoveo11 dijo...

Joder, es que 40 euros son una pasada. Y más cuando te has leído Años de Vértigo o los de la abuelita Tuchman y tienes una idea más o menos clara de lo que pasó y el contexto en que se desarrolló.

Me gusta mucho el estilo de esta señora, como evidenció en 1919. Al final las decisiones que cambian la vida de millones de personas las toman gente de carne y hueso en puestos clave, y es algo que la corriente historiográfica, digamos de "Annales" había menospreciado precipitadamente. Quienes provocan las guerras tienen nombres, apellidos y potestad para cambiar las cosas si hubiesen querido, y más en aquellos tiempos más autocráticos que los actuales.

Gracias por la reseña, Oscar. Un libro muy interesante pero con un precio abusivo. Y los de Turner no suelen bajarse del burro ni aflorar en mercadillos... :-(

Oscar González dijo...

Ni la Tuchman ni Blom entran en los detalles del libro de MacMillan (ni lo pretenden) en cuanto a las alianzas, las crisis desde 1905 y el trasfondo de las declaraciones de guerra. El precio es caro, pero el libro vale los 40 € que pagas por él...

Alla Teper dijo...

Aunque el libro es muy interesante y como dices llega a ser adictivo, el libro adolece de cierto (o gran) sesgo hacia la justificación anglosajona. El estilo biográfico lo permite, los perfiles de figuras anglosajonas suelen ser retratados en positivo, mientras en los "rivales" continentales se destacan sus partes mas absurdas y negativas. Paradigmática es la descripción de las excentricidades de Salisbury como parte del genio propio de la aristocracia britanica, mientras las de Guillermo II son pintandas como payasadas de niñato inmaduro.

La autora oculta o enfatiza datos según su conveniencia y para muetra vale un botón. En el capitulo sobre la rivalidad naval anglo-alemana dice:
Lo que nunca fueron capaces de entender Tirpitz, Guillermo II y los suyos, entusiasmados como estaban con poseer un gran armada capaz de desafiar a la británica, fue la importancia vital de la Royal Navy para los británicos; y esa incapacidad les saldría muy cara a ellos y a Europa"
Es decir, nos dice que la responsabilidad de esta carrera armamentística recae definitivamente sobre los alemanes, mientras los británicos simplemente pretendían tener un nivel de fuerza equivalente a las fuerzas combinadas de las dos flotas más fuertes del mundo tras ellos, política que describe como la tradicional.
El caso es que la autora mientras describe detalladamente los planes de Tirpitz de 1897, 1900, 1903 y 1907, no hace mención alguna del Acta de Defensa Naval de 1989 de Lord Salisbury:
"el Acta de Defensa Naval, que facilitaría el gasto de veinte millones de libras extra en la marina durante los cuatro años siguientes. Esta fue la mayor expansión acometida nunca por la flota en tiempo de paz: diez nuevos acorazados, treinta y ocho nuevos cruceros, dieciocho nuevos torpederos y cuatro nuevas cañoneras rápidas. Tradicionalmente (al menos desde la Batalla de Trafalgar) el Reino Unido había tenido una flota una tercera parte mayor que la del país con la siguiente flota más poderosa, pero la Marina Real pretendía tener "un nivel de fuerza equivalente a las fuerzas combinadas de las dos flotas más fuertes del mundo tras ella" (Andrew Roberts, Salisbury: Victorian Titan (Phoenix, 2000), p. 501.)
Curioso olvido y hay muchos más, especialmente en torno a la historia de los Balcanes y de la influencia británica en la zona. Muy desfortunada la comparación de la Mano Negra con Al´Qaeda.