2 de julio de 2013

Crítica de cine: Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta

Hannah Arendt (1906-1975) es una referencia ineludible en filosofía, antropología, ciencias políticas e historia. Obras como Los orígenes del totalitarismo (1951), Sobre la revolución (1963) Sobre la violencia (1970) y, para el caso que nos toca, Eichmann en Jerusalén. Informe sobre la banalidad del mal (1963), entre otras, son libros esenciales y que conviene leer y dejar que el poso de la reflexión se asiente tras la lectura. Su biografía es apasionante, también: alumna (y algo más) de Martin Heidegger, huyó de Alemania cuuando los nazis llegaron al poder e intuyó que no iban a ser buenos tiempos para los judíos, como ella misma. Refugiada en Francia, cuando los alemanes invadieron el país fue internada en el campo de concentración de Gurs, hasta que pudo conseguir pasaportes y marcharse con su marido, Heinrich Blücher, a Estados Unidos. No lo tuvo fácil allí, pues tardó hasta 1951 en conseguir la nacionalidad estadounidense; hasta entonces fue considerada una apátrida (al haberle retirado los nazis la nacionalidad). Una vez instalada en Nueva York, colaboró con organizaciones sionistas, ayudando a judíos a escapar de Alemania y, más adelante, a instalarse en Israel. Profesora visitante y titular en diversas universidades y centros de estudios (Berkeley, Princeton, Yale, Chicago...) enfocaría sus estudios a la filosofía política. Y ya en 1961 viajaría a Jerusalén para asistir, como articulista para The New Yorker, al juicio de Adolf Eichmann. Este juicio y las repercusiones de los artículos/libro de Arendt son la base de la película de Margarethe von Trotta. 

Precisamente la película comienza con la captura de Eichmann en Argentina, cuando un comando del Mossad le secuestró y trasladó a Israel en 1960. Arendt ya es una mujer madura, profesora de universidad, pide a The New Yorker que la enviaran a Jerusalén para reportar el juicio de Eichmann. Un juicio polémico, dese el punto de vista del derecho internacional, por las implicaciones que supuso su captura en Argentina, violando la soberanía del país. El juicio, en 1961, fue un proceso largo, una plataforma de Israel al mundo entero, dejando claro que los crímenes contra la humanidad como los cometidos por Eichmann no iban a quedar impunes, al mismo tiempo que un espaldarazo al carisma político del primer ministro David ben Gurion. Para algunos fue una farsa jurídica, de principio a fin; para otros, una catarsis para el pueblo judío, que podía juzgar en Israel y sin interferencias a uno de los naziz que habían escapado. Arendt asisió a gran parte de las sesiones del juicio Eichmann y quedó asombrada: esperando encontrar a un monstruo, Eichmann era un tipo mediocre, lejos de constituir un paradigma de jerarca nazi; un burócrata que insistía una y otra vez en que él no era responsable de los actos de los que se acusaba, pues simplemente obedecía órdenes. Esa frialdad del personaje, ese carácter anodino, esa noción de que alguien prácticamente anónimo dentro del engranaje del Holocausto (como Eichmann insistía) turbaron a Arendt, que comenzó a reflexionar sobre la idea de que el mal no necesita de personas que piensan en loq ue están haciendo, de mentes criminales con grandes propósitos: simplemente (y simplificando mucho en sus ideas), el mal podían perpetrarlo personas corrientes, anodinas, personas que no pensaban (o que decían que no pensaban). La banalidad del mal, pues.

Arendt regresó a Estados Unidos y tardó en escribir los artículos para The New Yorker. A lo largo de la película vemos a Arendt (Barbara Sukowa) sentada o tumbada, pensando. Fumando sin cesar, pero sobre todo pensando. Desarrollando las ideas de lo que acabarán por convertirse en uno de los libros esenciales para comprender el funcionamiento del Holocausto. Arendt piensa, duda, reflexiona, escribe. Sus ideas surgen a partir de esa noción del hombre obediente y que es incapaz de pensar por sí mismo. Arendt reflexiona sobre ese concepto, sobre la Gedankenlosigkeit, sobre el ser que no piensa, una idea quie la obsesiona. Y escribe los artículos para la revista. Lo que no esperaba la filósofa es que se creara una controversia tal que acabaría con muchos amigos judíos que rompieron relaciones con ella; con la universidad donde daba clases exigiendo su dimisión; con un ataque furibundo de los medios de comunicación. Y no por la noción de la banalidad del mal, sino por la crítica de Arendt a los consejos judíos (Judenrat) y su papel de necesaria cadena de transmisión del engranaje genocida en las zonas ocupadas de Polonia: «Este papel de los dirigentes judíos en la destrucción de su propio pueblo es para los judíos sin duda el capítulo más oscuro en toda su oscura historia» (Eichmann en Jerusalén, p. 209). Sobre lo que en sí apenas era una sección de sus artículos, luego libro, se centraron los ataques furiosos de organizaciones sionistas y medios contra Arendt y su libro. La película muestra todo este proceso en el segundo tramo del metraje. Se tacha a Arendt de traidora, de simpatizante de Eichman, de defensora de de lo que hicieron los nazis. "Tratar de comprender no significa perdonar", insistirá, tratando de que la gente entienda que realiza un estudio de la banalidad del mal (algo en lo que nadie incidía, deploró), desde la filosofía. "Los hechos, no las opiniones", insistía una y otra vez. Pero no eran tiempos para que su postura, fría, demasiado fría, vista como una mujer prepotente y que (cierto es), no se ponía en el punto de vista de quienes consideraban que tales argumentos herían la susceptibilidad de los supervivientes y sus familiares. La película de Von Trotta no es una hagiografía de Hannah Arendt: el espectador percibe esa frialdad del personaje, esa insistencia suya en la racionalidad de los argumentos por encima de la visceralidad de quienes, aún demasiado pronto, no quieren ni pueden entenderla. Es pronto aún, apenas han pasado veinte años de los hechos; como comenta Peter Novick en Judíos, ¿vergüenza o victimismo?: el Holocausto en la vida americana (Marcial Pons, 2007), el genocidio nazi fue un tema tabú una vez acabada la guerra y hasta los años sesenta. El juicio a Eichmann y el libro de Hannah Arendt despertaron el miedo de los supervivientes y sus descendientes a recordar, a sobrellevar y sobreponerse a un trauma que nunca se superaría. Para muchos judíos, intelectuales y políticos, los artículos de Arendt eran una traición a Israel como nación surgida del dolor y el genocidio; para muchos, la antigua alumna de Heidegger era alguien que renunciaba a su condicición de judía y abrazaba la causa de su mentor nazi.


La película es un fiel retrato de una época, de unas actitudes y del modo en que se concibió el juicio a Eichmann. No hay un autor que interprete a Eichmann, sino que la directora opta por encadenar el material rodado con documentos audiovisuales del juicio, de modo que el espectador no pierde nunca de vista a Eichmann, mostrado como era, como el anodino y mediocre hombre ciya defensa se sostiene en una simple idea: la obediencia estricta de las órdenes recibidas y, en última instancia, del principio de la ley vigente. Von Trotta nos lleva también al círculo de amigos de Arendt: a su marido Heinrich Blücher (Axel Milberg), su secretaria y asistente Lotte Köhler (Julia Jentisch), su amiga Mary MacCarthy (Janet McTeer), los únicos que apoyaron siempre a Arendt en medio de la tormenta. A su editor, William Shawn (Nicholas Woodeson), que es consciente de la bomba de relojería que tienen esos artículos. A sus amigos judíos. Kurt Blumenfeld (Michael Degen), Hans Jonas (Ulrich Noethen), que no entendían cómo Arendt podía, desde su condición de judía, escribir aquellos artículos. Incluso a Martin Heidegger (Klaus Pohl), cuya figura y la relación que mantuvo con Arendt, se reconstruye a partir de diversos flashbacks en diversos momentos de la vida de ambos.

Asistimos, pues, a un caledoscópico retrato de unos personajes con puntos de vista divergentes. Y todo ello con un paso constante del inglés con un fuerte acento de Arendt al alemán que emplea con viveza con sus allegados; resulta imprescindible ver esta película en versión original subitulada para captar matices, para observar secuencias de incomprensión mutua entre los personajes. Y desde luego es una película recomendada para estudiantes de filosofía y ciencias políticas: las discusiones de Arendt con sus allegados y aquellos que la atacaban devienen una clase magistral constante. Quizá para aquellos que no conozcan el proceso a Eichmann y el libro de Arendt resulte un poco árida la trama. Von Trotta huye de dogmatismos y simplificaciones, nos ofrece el proceso de creación de una idea (la banalidad del mal) y de un libro. De un pedazo de Historia, se podría decir.

Está de más decir a estas alturas que es una gran película...

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